
El culto a Nuestra Señora Gaucha del Mate revela la creciente religiosidad en las costumbres criollas
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Con lujo de detalles informa el número 27 de la revista TodoMaría, de febrero último, sobre una historia que anda por ahí sin que nadie sepa bien de qué se trata: hay una advocación a la Virgen como Nuestra Señora Gaucha del Mate, formalmente reconocida aunque -hasta donde yo sé- todavía sin lugares propios de culto.
Una virgencita de delantal, trenzas y con el mate en las manos recorre ese entrecruzamiento de ríos e historias que constituyen el núcleo de la cuenca del Plata y que modernamente se asimila a la crema y nata del Mercosur.
Juan Pablo II tuvo noticia de ella en 1993 y bajo su auspicio pronunció una bendición especial para los creyentes de bombilla en ristre.
Fue entronizada la imagen en exposiciones celebradas aquí y en Paraguay, y llegó ya a varias provincias y hasta a algún país ajeno a nuestra comunidad, sin duda llevada a modo de grata penitencia por impenitentes materos.
TodoMaría trae la foto de una de esas imágenes más el dibujo de otra versión de factura casi infantil, o primitiva, pero con el añadido de la pava y el braserito, y también otro impecable dibujo en que una moza muy linda y que se adivina silenciosa y distante, a la sombra de un árbol ceba con la mano derecha el mate que sostiene con la izquierda.
Para quien no sigue demasiado de cerca las novedades eclesiásticas, ésta es de bulto.
Cuidado con esta virgencita porque -según nos entera la publicación- ya unos diplomáticos de fuste pidieron que se la declare patrona del Mercosur; el padre Domingo Lancellotti versifica de la siguiente manera: "Cómo gustar siquiera,/ un mate cebado por vos,/ paisanita de mi tierra,/ guainita María, del Tata Dios..."
Es interesante la referencia, en tanto constituye un elemento para juzgar sobre la expansión de la religiosidad en las costumbres criollas, bastante patente por otra parte desde que éstas se convirtieron en cosas dignas de conservar, es decir, desde que se mezclaron con la tradición y dieron de bruces con las creencias, también ellas partícipes del complejo cultural heredado...
De hecho, la gente ecuestre y danzarina que se viste a lo gaucho siempre está a un tris de la procesión, la entronización, la peregrinación y la misa de campaña, y nos parece hasta absurdo que no fuese así. Lo que registra la consumación de un giro copernicano en cuanto a lo que el conocimiento prescribe en la materia; porque, en principio, si hubo un descreído en el mundo, era el gaucho, bajo su natural corteza supersticiosa.
Descreído por un lado, como buen latino -"incrédulo como un romano" es frase conocida-, hijo de los países del sol, y por otro despreocupado, a modo de paria crecido (valga el juego de palabras) "a la buena de Dios".
No había cura cerca ni lejos, sino como precarísimo confesor y casamentero itinerante; el mínimo de familia se traducía en un máximo de ignorancia religiosa, todo lo cual remachaba nuestra tendencia tan ajena a brujas y fantasmas.
Hudson adolescente se asustaba, con temor protestante, del descreimiento del gaucho sentencioso: "Cuando el cerebro envejece olvidamos todo, y si morimos, todo muere con nosotros..."
La comprensión del futuro escritor y naturalista estaba ciertamente obnubilada por los prejuicios anticatólicos, pero no hasta el punto de impedirle el asombro: "Hasta ese entonces había pensado que lo que nuestros amigos criollos tenían de malo era ser creyentes al extremo, y este hombre -este viejo gaucho, bueno y honrado, al que todos respetábamos- no creía en nada".
La disyuntiva fue clásica en aquella época: oponía al poblador nuevo, portador de las convenciones civilizadas, con el habitante anterior, rústico, alejado de las tradiciones que elabora la cultura.
Pasó el tiempo, el gringo erigió capillas y aprendió a tomar mate. Los criollos, sin dejar de serlo, renovaron su sangre y sus costumbres. Cambiaron, sin duda, pero al cambiar demostraron que no estaban muertos.





