
Este texto obtuvo el tercer premio en el Concurso Rincón Gaucho en la Escuela, por el nivel secundario
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Desde muy chica me gustaban los caballos. Vivía en una zona rural, a pocos kilómetros de un pueblo. Mi papá trabajaba en el campo y el caballo era su medio de transporte. El domaba sus caballos y siempre nos prestaba alguno. Mi hermana y yo íbamos a caballo hasta la escuela, que nos quedaba lejos de casa. Desde entonces empecé a valorar la importancia de estos animales.
Los días pasaron hasta que en uno de mis cumpleaños recibí una sorpresa inesperada. Mi tío, que llegaba a mi casa a caballo, traía con él un hermoso caballito gris. Nunca imaginé que me diría: "Tomá, sobrina, éste es mi regalo de cumpleaños. Cuidalo mucho y no lo vendas por nada. Ponele un nombre porque no tiene". Y con una felicidad inmensa lo tomé y lo agradecí. Decidí llamarlo Regalito. Mi papá lo amansó.
Cuando creció me llevaba a la escuela, aunque por poco tiempo porque me faltaba poco para terminar la primaria.
En una ciudad cercana organizaban desfiles criollos y jineteadas. Mi papá quiso participar y un mes antes empezó a prepararse. Yo tenía ganas de sumarme junto con Regalito. Le pregunté a mi papá y me dijo que podía acompañarlo. Preparamos todo y esperamos que un camión viniera a buscar nuestros animales. Al llegar a la fiesta recuerdo que a Regalito le tenían que poner las herraduras y me enojé porque no quería que dañaran a mi amigo.
Ya en la calle nos aplaudían al pasar. Regalito y yo, felices por estar allí. Todos vestidos de gauchos, hombres, mujeres y niños. Fue una experiencia que no voy a olvidar.
Más adelante, vinieron a casa unos conocidos de la familia y pidieron hablar con mi papá. Le preguntaron a cuánto vendía ese caballo moro. El les dijo que era mío y que yo decidiría si lo iba a vender o no. Me ofertaron un montón de plata, pero les dije que por nada del mundo me desprendería de él.
Regalito nunca me tiró al piso. Fue el único caballo con el que no me caí. Confiaba mucho en él y sabía que no me lastimaría. Todo el que lo veía pasar quedaba encantado por su belleza, por lo que cada tanto recibía ofertas. Yo me mantenía fiel a Regalito.
Llegó el día de irnos del campo para vivir en el pueblo. Allí lo ataba cerca de la casa porque tenía miedo de que lo robaran.
Compartí un montón de situaciones con mi caballo hasta que llegó el día más triste de mi vida. Me había levantado con un fuerte dolor en la espalda. Mis padres me llevaron al médico y luego de algunos estudios les dijeron que tenía un quiste en el pulmón y que debían trasladarme a Buenos Aires para ser operada.
Cuando llegué a esa enorme ciudad no sabía con qué me encontraría. Además, estaba alejada de mi caballo. Ahí había sólo autos y edificios. Lo extrañaba mucho.
Al llegar al hospital me hicieron más estudios por los cuales detectaron no uno, sino dos quistes, a los que llamaban hidatidosis, y fui sometida a una operación, por lo cual estaba muy triste. Gracias a Dios todo salió bien. Estuve un mes en la ciudad.
Cuando regresé, ahí estaba él, esperándome. Corrí a saludarlo y parecía contento de verme bien. Pero la mala suerte no terminó ahí. A mí hermana también le hicieron estudios. Era de no creer... a ella también le habían encontrado el mismo problema que a mí, pero en el hígado. Fue espantoso enterarse de eso: mi hermana Martina sólo tenía dos años.
Ella también tendría que enfrentar una terrible operación, pero se necesitaba mucha plata y no teníamos la suficiente en ese momento.
Y, ¿qué creen? Un día mi papá se acercó a mí y me dijo que tendríamos que vender a Regalito para poder ayudar a mi hermana. Estaba entre la espada y la pared. Era muy triste todo. Recordaba las palabras de mi tío: "No lo vendas por nada del mundo". Pero era la salud de mi hermana la que estaba en riesgo. Así que me acerqué a Regalito y le dije: "Amigo, te quiero con el alma, pero nos vamos a tener que separar. Mi hermana necesita nuestra ayuda. Voy a tener que venderte aunque me duela. Quiero que sepas que siempre estarás en mi corazón. Sabés que te quiero y que no te voy a olvidar".
Llorando desconsoladamente le di un beso enorme y él, con sus ojos tristes me miraba como diciéndome: "No me dejes. No dejes que me lleven". Pero no había otra opción.
Lo vinieron a buscar con un trailer que estacionaron frente a casa y decidí entregárselo a mi papá.
Al verme tan triste el comprador de Regalito se acercó y me dijo: "Quedate tranquila. Lo voy a cuidar muy bien. No dejaré que nada malo le suceda y seguramente mis hijos estarán felices de tenerlo. Además, tu gesto tiene gran valor porque lo hacés por el bien de tu hermana". Me dio un beso y se fue. Me quedé mirando cómo se lo llevaban mientras pensaba que no volvería a verlo nunca más.
La autora es alumna del tercer año en la Escuela Provincial de Nivel Medio N° 200 Mariano Moreno, de Gilbert, Entre Ríos






