
Importado por los conquistadores españoles, su presencia en el Río de la Plata se remonta al año 1527
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Uno de los alimentos que más extrañaron los españoles venidos al Nuevo Mundo en el siglo XVI fue el pan de harina de trigo; por eso, cuando Colón emprendió su segundo viaje decidido a poblar el suelo dominicano, en su cargamento incluyó semillas de ese cereal.
Lamentablemente, cuando llegaron a destino, estaban en mal estado y aunque los colonos sembraron las pocas que quedaban sanas, las lluvias del trópico estropearon las plantas antes de que llegaran a la granazón.
Fernando el Católico, promotor de la introducción, en América, de especies animales y vegetales útiles al hombre, creyó hallar una solución al problema enviando remesas de trigo tremés o trementés, pensando que al ser una variedad de rápido crecimiento tendría tiempo de alcanzar la maduración durante la estación seca, pero no sucedió así y la prueba fracasó.
Durante treinta años se repitió el fracaso toda vez que se intentó aclimatar el cereal a cada nuevo territorio conquistado, todos ellos en la región caribeña. Ocurría que el cereal se enfrentaba con un enemigo contra el cual carecía de defensas: la humedad excesiva.
Esta primero lo atacaba con la humedad marina, durante el cruce del océano Atlántico y, después, con el clima lluvioso y cálido del Caribe. El problema se superó sólo cuando la conquista se extendió a territorios de diferente clima que probaron ser aptos para el cultivo del cereal. También, como en todas las cosas, influyeron el esfuerzo tesonero ayudado por la casualidad o suerte.
Era 1521. Hernán Cortés acababa de conquistar México y señoreaba sus fértiles tierras altas. Juan Garrido, esclavo suyo, tenía tres semillas de trigo e intuyendo que el clima moderado del lugar les sería propicio, las sembró. Dos germinaron y una de ellas dio 180 granos que los españoles contaron como si se tratara de diamantes.
Con ellos hicieron sucesivas siembras hasta tener suficiente cantidad de granos como para sembrar y también hacer harina. Lo que importa es que desde entonces, aunque el trigo continuó siendo un bien escaso, había comenzado a arraigar en América propagándose por el territorio conquistado como símbolo de la presencia española.
Granos criollos
La primera siembra de trigo en nuestro país se hizo en 1527, en el fuerte de Sancti Spiritu, con 50 granos rescatados del naufragio de la nave capitana de Sebastián Gaboto, pero pronto el fuerte desapareció, arrasado por los indios y, con él, el primer trigal.
También trajo trigo Pedro de Mendoza, pero evidentemente no prosperó, lo mismo que la primera Buenos Aires.
El primer trigo que se sembró con éxito en la actual Argentina fue el que introdujo la corriente conquistadora peruano-chilena, en el Norte, conocido entonces como el Tucumán.
En él existía una sola ciudad que, además, durante ocho años fue la única hispana en todo el territorio argentino: Santiago del Estero.
Urgida por la necesidad de diversificar su producción agrícola, cinco de sus vecinos cruzaron la Cordillera de los Andes, en 1556, rumbo a La Serena y regresaron trayendo árboles frutales, olivo, vid, algodón, cebada y trigo.
Todo prosperó admirablemente en los campos de Santiago y luego de San Miguel de Tucumán, y cuando años después se fundaron Córdoba, Santa Fe, Salta, La Rioja y Jujuy, carretas cargadas con producciones de sus jurisdicciones contribuyeron a sostener esas nuevas ciudades hasta que pudieran autoabastecerse.
Entre esas producciones estaba el trigo descendiente de los dos puñados que Inés Suárez rescató del incendio de Santiago de Chile, descendiente, a su vez, del cultivado por María de Escobar, por Inés Muñoz y por el esclavo Juan Garrido en la lejana México.






