
Aun a 54 años de su desaparición, los entrerrianos no olvidan las hazañas del baqueano que fue caballerizo de Urquiza y vivió más de 100 años
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PEHUAJO, Entre Ríos.- Tenía "la pata como pala ancha", de caminar los campos siempre descalzo. Recorría kilómetros por las estancias y los sembrados de esta zona de Gualeguaychú, en busca de algún conchabo temporario, de chiripá y chambergo, y no se callaba su orgullo de haber sido "caballerizo del general Urquiza".
Ramón Taboada engarzó la segunda mitad del siglo XIX con la primera mitad del XX, y anduvo tantos años en las tareas rurales que aún hoy, a 54 años de su desaparición, mentan sus hazañas los vecinos de Pehuajó, Irazusta, Talitas, Parera, Almada, Palavecino; en las orillas de los arroyo Gualeyán o en cercanías del río Gualeguay.
Su juventud coincidió con el crecimiento abrupto de las poblaciones de Entre Ríos, particularmente tras el arribo de los inmigrantes, de 1870 a 1920, colonos y arrendatarios en su mayoría. Gauchos como él, seguramente con alguna abuela aborigen, transmitieron sus experiencias a los recién llegados que luego quedaron de peones.
Pero Taboada vivió tantos años (más de cien, dicen en la zona) que también fue testigo del éxodo rural consumado después, masivamente, en la segunda mitad del siglo XX.
Las faenas del campo, que suelen registrarse más como estadísticas, generaban entonces una enorme variedad de espacios para el trabajo manual en donde debía usarse la inteligencia, la habilidad y en muchos casos, también la fuerza. Pero las máquinas, sin desconocer sus ventajas, desplazaron los brazos del hombre, provocaron una pérdida de destrezas y conocimientos transmitidos de generación en generación, y además erosionaron la relación social alimentada por aquellas tareas masivas.
Como testigos del cambio, aquellas estancias que cobijaban a decenas de obreros dedicados al ganado y las cosechas, y que Ramón Taboada recorría en su destino nómade, hoy son taperas en Pehuajó o, en el mejor de los casos, quedaron aisladas, con poca gente.
Recuerdo emocionado
Miguel Ignacio Mosqueira va a cumplir 80 años y vive en su establecimiento El Trébol, a 25 kilómetros de Larroque, la ciudad más cercana. Este nieto de orientales ha dejado toda su vida en las estancias de Pehuajó, y conoció como pocos las historias de Ramón Taboada.
De bombacha, faja y alpargatas, recibió a LA NACION en el patio de tierra de su vieja casa. "¡Cómo no lo voy a conocer a don Taboada!", respondió, y debió esperar algunos segundos para reponerse de la emoción.
"El decía que había sido caballerizo de Urquiza, y ha de haber sido nomás. Y Dios me libre que lo molestaran contra Urquiza. A algunos no los quería porque lo embromaban, pobre viejo, y se enojaba: "Oh, si viviera mi general ya hubiera degollao toda esta manga de perros", decía, en el fogón, conversando, y usaba una cuchilla de cabo negro atravesada así, envuelta en una lona. "¡Y yo nomás los via degollar!", amenazaba, y se armaba el desparramo".
Nunca fue violento, y era querido en todas las estancias por su sencillez, su dedicación, su respeto, su oficio en el trato de los yeguarizos, su sentido del humor y hasta por los consejos de hombre experimentado. "El mismo se burlaba de sus rasgos gruesos: ¡no te vas a tragar alguno Miguelacho!, decía después de una carcajada", como que su boca amplia de labios generosos fuera en verdad del interlocutor.
Como buen gaucho, no pedía un cigarro así nomás, en forma directa. Su estilo era: "Cumpa, qué lindo aroma tiene ese tabaco".
La chamarrita, una pasión
Los viejos del pago cuentan que en un tiempo las danzas habituales eran el pericón y el minué, pero a Taboada no lo emocionaba otra cosa que no fuera la chamarrita. Y este dato es una revelación, porque ese ritmo, que llegó de las islas Azores y se difundió en Rio Grande do Sul, Uruguay y Entre Ríos, finalmente se extinguió en estos suelos, hasta que algunos estudiosos lo rescataron. Sin embargo, la pasión de Taboada por la chamarrita es una evidencia de su arraigo popular.
Cuando tomaba algunos vinos "salía haciendo unos homenajes a los palos, a los árboles, saltando para allá". "¡Y por qué no me dijiste que estabas tocando esta chamarrita!", decía, y daba unas vueltas, relató Mosqueira.
"Una noche bailó la chamarrita con otro paisano, un tal Merlo. Así, suelto. Trotaban para aquí, para allá, y miraban una cosa y otra, y ese otro Merlo, que sabía bastante de eso, después comentó que Taboada le había errado una sola mudanza."
Los viejos del pago lo recuerdan, lo quieren, y hasta han escrito alguna canción en su memoria, en la que hablan de "el indio Ramón Taboada". Pero son interminables los cuentos sobre sus proezas, ya sea en sus tiempos de domador, y hasta en alguna incursión política que él comentaba y que causaba risa por los problemas que había ocasionado.
Las anécdotas sobre Taboada pintan una época, y muestran un gaucho de carne y hueso, más allá de los estereotipos. "Era un hombre para los trabajos rudos. Para apretar terneros era un bárbaro, se prendía y no largaba más, y por ahí a socorrerlo a don Taboada que iba a la rastra, panza para arriba abrazado con el ternero. Hasta con los dientes se le prendía. Y después venía a las carcajadas: «¡El viejo es como la iguana, ande se prende hasta que no truena no larga más!», gritaba".
Mosqueira lo recuerda como un hombre muy fuerte, al que no le duraban los cabos de horquilla. "Recuerdo que trabajaba en una máquina de Chiara Díaz. El patrón le hizo una horquilla con cabo de hierro para que no lo quebrara y por ahí lo dobló. Lo enderezaron, y a la otra lo quebró nomás", contó y relató cómo una vez Taboada le pidió que lo ayudara con "una espinita en el talón", y terminó sacándole una tachuela a fuerza de tenaza.
"Si usted salía con barro lo conocía facilísimo por la pisada, tenía el pie tipo pala ancha. Y después con los caminos polvorientos en la tierra suelta ahí quedaba la pata marcada de don Taboada", recordó.
Los cuentos son incansables. ¿Qué edad tiene usted, don Taboada?, le preguntaban los gurises. "Y, tengo años como carculando", respondía, o contaba su vida no por años, sino por días.
"El número de Taboada era cuarenta, todo cuarenta. Había estado (una semana) cavando a pala una quinta en la estancia 9 de Julio; «de a ratos», decía. Y anotaba en una chapa con un carbón: una raya larga era un rato, otra corta medio rato, y otra más cortita era un cuarto rato", señaló Mosqueira, que no dejó de expresar su admiración por su amigo viejo.
"Por ahí no podía sacar la cuenta, entonces lo habló a otro para que lo ayudara. Y se puso el otro, el vasco Santamarina, flor de bandido: «Mire compañero, usted ha echado 40 días para cavar esa quinta». «¡Eso mismo es lo que yo carculaba, ve, cuarenta días!»".
Con más de 100 años, Ramón Taboada terminó sus días desorientado y en un asilo. En la comarca algunos creen que este personaje bien representa al último gaucho entrerriano nómade y de a pie.
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