
Con los maestros de posta y los postillones se perdió el testimonio de los viajes por el desierto
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La palabra posta deriva del latín posita, que significa "puesta" o "colocada". Ya se hacía uso de ellas en la Persia antigua. Carlomagno organizó un servicio de correos sobre la base de postas que, siglos más tarde, se propagaron por toda Europa.
En 1771, debido a las gestiones del visitador don Alonso Carrió de la Vandera, se establecieron las primeras postas en el camino del Norte, hacia Córdoba.
Las ordenanzas de correos dictadas por la corona española establecían, entre otras cosas, que el cargo de "maestre de posta" debería ser desempeñado por un vecino honrado. El cargo podía pasar, a la muerte del titular, a sus hijos o yernos.
Los maestros de posta podían nombrar y remover a los postillones, de los que se valdrían para el desempeño de sus cargos. Además de muchos otros privilegios acordados a ellos, como el llevar armas y poseerlas, el de no poder ser desalojados de las casas que habitaran ni ser detenidos por nadie, ni siquiera por la Justicia, en el camino que debían recorrer para el desempeño de su cometido.
Los caballos de las postas también gozaban de impunidad. Podían pastar en todos los terrenos baldíos y terrenos de las comunas, siempre que no perjudicaran los labrantíos vedados o cercados.
Al disponer la Primera Junta Previsional de Gobierno, el 17 de octubre de 1810, el establecimiento de una carrera de postas a la Ensenada de Barragán, señalaba que cada una de ellas debía tener "una pieza", que se construiría a 25 varas de la casa principal, "debiendo tener 10 varas de largo por 5 de ancho, un corredor a la puerta, 4 catres, una mesa y 4 sillas, 1 tinaja con un jarro, estando blanqueada por dentro y por fuera". Además debía haber en cada posta "vino, aguardiente, aceite, vinagre y legumbres".
El maestro de posta era comúnmente el hombre más pudiente y mejor conceptuado del lugar. Algunas veces sabía leer y, con mayor frecuencia, poner únicamente la firma en los pasaportes del correo. No pasaba de estos límites su instrucción, y de algún ganado, todas sus riquezas. Las exenciones y privilegios que por la naturaleza de sus funciones gozaba, y que se extendían hasta las personas de su servicio, lo rodeaban de cierto prestigio y consideración, especialmente en la época de la Independencia.
Nacido y desenvuelto en la campaña, poseía la rusticidad, la fortaleza, el abandono y la calma que engendran la vida del campo. Personalmente ejecutaba los trabajos de su hacienda, y como estos se limitaban a vigilar la conservación y multiplicación del ganado, aparte de estos cuidados, llevaba una existencia ociosa y vegetativa, sin necesidades ni ambiciones. Cultivaba la tierra en la extensión suficiente para garantizar el consumo familiar. La casa le abrigaba apenas de la intemperie. Dormía sobre su propio recado, como si siempre anduviera errante, y al canto del gallo abandonaba su lecho de ponchos y caronas. Despertaba a los peones de servicio, encendía el fuego, ordeñaba las vacas, echaba las majadas a pastoreo y encerraba la tropilla.
A esa hora, cuando todavía el sol no se alzaba en el horizonte, todos estaban prontos para que el viajero, después de frugal desayuno, continuara su camino. Las provisiones del maestro de posta, siempre escasas cuando algunas existían, hallábanse a disposición de sus huéspedes. Aquél les abrigaba en su hogar y dividía con ellos la sal de su mesa.
En cuanto al postillón, ofrecía un testimonio de la excepcional resistencia de la gente de nuestra campaña. Ordinariamente era un niño que, sin reparar en el tiempo, cruzaba sin descanso ni recelo las distancias desiertas. Fiel compañero de viaje, auxilio y apoyo en todo momento, era la hermana de caridad del caminante. Regresaba de una jornada, y con frecuencia sucedía que apenas mudaba de caballo tenía que emprenderla de nuevo, y así, según el movimiento de pasajeros, marchaba a caballo toda la vida, sin pesares ni cansancio, alegre y feliz, cantando los aires del lugar.
Lo que borró el progreso
Ramón J. Cárcano decía alrededor de 1893: "Los caminos de fierro fueron modificando estos cuadros de viaje. Lo que se ha adelantado en progreso y cultura se ha perdido en colorido local. El jefe regimentado de estación, dando a hora militar la señal de partida, y el maquinista sucio de carbón, no reemplazan como pintura al maestro de posta y al postillón, cuyas deficiencias peculiares no amenguan la gratitud y el cariño que han conquistado por haber sido los primeros servidores de la civilización en el desierto".
Hasta el advenimiento del ferrocarril, se viajaba poco hacia el interior. El traslado era difícil, caro, largo, incómodo y peligroso. No se viajaba, sino cediendo a necesidades supremas de negocios, de causas familiares o de política, porque nadie, fuera de los casos más imprescindibles, ofrecía la vida, el honor o la libertad a las manos de una horda vengativa de salvajes.
La matrona, el niño, el comerciante y el diputado hasta debían testar, disponerse a morir como cristianos, si lo eran, y dar el último adiós a las cosas y a los seres amados. Lo más probable era morir o caer en la pavorosa cautividad.
Las mensajerías, desaseadas y estrechas sujetaban a los viajeros a prolongados martirios, entre una nube de tierra en el verano, salpicados de lodo en el invierno, sin elementos de higiene y de reposo en las postas y con grandes zozobras y cómicos incidentes en el paso de cada río y aun de cada arroyo.
Era un viaje de éstos comparable a la penosa campaña, en que alternaban las alegrías fugaces del fogón con las interminables penas de la marcha y de la lucha. Cada viajero recordaba una anécdota horrible que había oído narrar a una de las víctimas milagrosamente escapada. El mayoral y los postillones concurrían a la excitación de los viajeros, refiriéndose en los altos para arreglar las cinchas y en las postas las escenas que habían presenciado en las etapas de la ruta, porque a cada árbol, a cada arroyo, a cada loma, y a cada piedra de este desierto, se ligaba una historia de sangre, de muerte o de cautividad.
Fragmento del texto que leyó el autor al ingresar en la Academia Argentina de la Historia.
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