
Histórico dibujo ligado a la Asociación de Criadores de Caballos Criollos
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Los que conciben, diseñan y lanzan un logotipo tienen un solo objetivo: provocar un fuerte impacto y lograr que la imagen se grabe en la memoria de los destinatarios.
Tal vez porque no fue concebida con sentido comercial una espléndida cabeza equina que refleja el vigor de una raza de crianza natural fue elegida como símbolo de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos y ganó aceptación en el público masivo.
El fino trazo de Eleodoro Marenco plasmó el dibujo en 1952, con inusitada rigidez zootécnica. El trabajo superó los tiempos y los embates, las discusiones y los reemplazos. Con su guapeza galopó años y años hasta alcanzar la meta. Pero no fue fácil.
La historia empezó en una tarde otoñal de 1940, en los corrales de La Sarita, de don Augusto Schmalemberger, enclavada en Pozo del Molle, Córdoba.
Después de los mates de rigor, para despuntar el vicio de hablar de caballos, mi padre reinició la sistemática tarea de bucear en biotipos raciales, documentar manadas, acumular información y fotografías...
Entre los padrillos se destacaba un gateado recto, de tipo oriental, algo liviano abajo, pero con una cabeza expresiva y bonita. Se llamaba Yanquetruz, apenas la cría número 11 de la cabaña. Su sangre tenía orígenes puros de Córdoba y San Luis.
El retrato de aquel animal quedó para la historia.
En 1945, y a partir de la transformación de los viejos "Anales" en "Raza Criolla" como publicación oficial de la Asociación de Criollos, surgió, con la apariencia de un logotipo de la raza, la instantánea de Yanquetruz enmarcada en un círculo. Con algunas intermitencias, la imagen se mantuvo hasta 1960, cuando se impusieron otros intentos de renovación gráfica.
Mientras tanto, el espléndido dibujo de Marenco protagonizó tímidas apariciones. En 1953 engalanó una publicación sobre temas internacionales de la raza -El caballo de las Américas- y apareció fugazmente en algunas tapas de la revista e ilustrando alguna nota interior.
Sin embargo, nadie se decidía. A todos les gustaba, pero identificar la raza con determinado animal o línea de sangre era harina de otro costal... Suele ser muy duro vencer prejuicios.
Otros intentos -paradójicamente esperanzados en la pluma del propio Marenco- nacieron por los años sesenta. Una cabeza menos "oriental" y más "europea", con una mirada frontal y un bozal que pretendía trasuntar mansedumbre -pero que le quitaba fuerza- comenzó a disputar el cetro del logo institucional.
Catálogos y revistas procuraron masificar su aceptación y proliferó el nuevo dibujo en cuanto se editaba.
Pero Marenco no logró destronarse a sí mismo, no encontró el modelo con aquella fuerza, con aquella expresión.
El vigor del mítico Yanquetruz lanzó un relincho de triunfo y, por fin, en marzo de 1978, la Asociación registró en Patentes y Marcas su imagen oficial, que "tirios y troyanos" se comprometieron a imponer como propia.
Sólo a partir de los años ochenta llegó la rotunda e inmediata aceptación masiva. Aunque pocos saben que, para que ello fuera posible, se conjugaron el espíritu amplio y generoso de un alemán más criollo que un zapallo y de un irlandés observador y metódico que supo bucear en las raíces del Criollo, un artista exquisito enamorado de la raza y un caballo de carne y hueso capaz de otear el futuro como ninguno.





