
El 68% de las exportaciones de frutas frescas del país parte del Alto Valle; las manzanas, un sello de calidad
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CIPOLLETTI. - Cuando el pensador francés Jean Baudrillard dijo que había viajado a la Patagonia para experimentar algo similar al fin del mundo, muchos se lo tomaron como una extravagancia más del autor. Sin duda, este territorio sugiere y asalta los sentidos. Alguien menos conocido pero igualmente observador, escribió también que su paisaje era como si un pintor enloquecido probara los colores sin encontrar el tono buscado. Así, han sido muchísimas las intenciones de definir al sur argentino.
De todos modos, cada mañana en Río Negro, umbral del territorio patagónico, se pone en funcionamiento un engranaje económico de singular potencial para la Argentina. El agua propone y dispone. Como la vena cava para el cuerpo humano, la provincia es regada por un tronco fluvial que nace en la cordillera y desemboca en el oceáno Atlántico.
El contraste resulta una condición de la geografía rionegrina. No obstante, en algunos lugares lo próximo y lo lejano se unen en una saludable hermandad. Por ejemplo, el árido suelo de la estepa del Alto Valle se ha transformado, gracias a la mano del hombre, en un vergel frutícola y hortícola. La franja andina, lindera con la cordillera hasta Chubut, poco a poco ha generado pequeños mundos privados repletos de sabores y colores que en Europa suelen llamarse delicatessen y que en nuestro país son productos regionales.
Estos centros productivos, con base en la ciudad turística de Bariloche o El Bolsón, se caracterizan por la producción de frutas especiales -frambuesas, frutillas, grosellas, cerezas, guindas, arándanos, etcétera- para la elaboración de dulces y conservas artesanales. El 80 por ciento de la frutas producidas en la denominada comarca andina, se destina a las agroindustrias.
Frutos del valle
Un laberinto de canales bordeados por filas de estoicos álamos divide la tierra en parcelas que forman un fecundo valle en el que se produce anualmente cerca de 1.200.000 toneladas de manzanas y 500.000 de peras. De allí sale el 68 por ciento del total de las exportaciones de frutas frescas de la Argentina.
Esta región del norte de la Patagonia se divide en tres: el Valle Inferior, el Valle Medio y el Alto Valle. Tanto Río Negro como Neuquén comparten las márgenes del río Neuquén a lo largo de 200 kilómetros, hasta que este mismo caudal se transforma en el río Colorado y luego en el río Negro.
Las plantaciones se agrupan dentro de los 15 kilómetros de las márgenes de los afluentes, porque más allá se abre una extensa estepa improductiva por la falta del preciado líquido, o sea, el agua.
Dicen que en primavera el aroma de millares de flores proveniente de los árboles frutales convierte a esta tierra en un lugar deslumbrante.
El modelo frutícola desarrollado desde principios de siglo se basa en explotaciones de tamaño inferior a las 100 hectáreas, con predominio de chacras que promedian las 40 ha. Existen, según un estudio realizado para la Cámara Argentina de Fruticultores Integrados, más de 10.000 productores dedicados a la fruticultura en todo el país y 6500 en el Alto Valle rionegrino. Además la estructura está montada con 354 galpones de empaques de frutas y 70 empresas exportadoras, de las cuales unas 20 envían sus productos a ultramar y las 50 restantes al Mercosur.
Para el sector exportador fue un buen año. Estamos recuperando mercados con exportaciones de un millón de cajas de frutas a los Estados Unidos y Rusia y la inserción de un 20% de la producción en la Unión Europea, señaló Miguel Miquel, presidente de la Cámara.
Para el productor, buena parte de los resultados es el beneficio de una reconversión necesaria de las plantaciones. Se sustituyeron los montes antiguos de 200 plantas por hectáreas, de la variedad Red Delicious, por 1000 plantas Royal Gala.
No queremos llegar a la situación de monocultivos, como ocurre con la caña de azúcar y las uvas, destacó Miquel y especificó que muchos chacareros han comenzado a apostar a la vitivinicultura de mesa, fruta de carozo y cultivos hortícolas.
Una de las cosas que más llama la atención de este sector es su nivel de integración. Como el aceite, que no se ve, pero que posibilita el trabajo de los engranajes de un mecanismo, la colaboración entre productores ha derivado en una notable eficiencia y dinámica productora y comercial.
Hace muchos años que venimos observando, comentó Miquel, lo que ocurre con la economía global y nos percatamos de la necesidad de tener empresas de magnitud. La integración era uno de los secretos para tener presencia competitiva.
Tanto es así que el aparato creado por los productores cubre también el aspecto sanitario. Mantienen con fondos propios una oficina del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) para certificar que las partidas no posean insectos perjudiciales.
Esa dependencia nos cuesta 500.000 dólares al año y entre la barrera y los programas sanitarios tenemos trabajando unas 300 personas, comentó Miquel.
En Cipolletti, Gilberto Oses cuenta con 12 hectáreas en las que cultiva manzanas y peras. Su chacra se encuentra a la vera de la ruta, a poco kilómetros de la localidad de Allen. La cosecha comienza el 15 de enero y termina el 15 de febrero. En ese momento la fiebre por recoger las manzanas y peras llega a niveles insospechados: con jornadas de trabajo de sol a sol. Sucede que si la fruta se pasa de madura por un día, el mercado castiga con bajas de precios. En total logra unas tres toneladas. Cada kilo se lo pagan en el mercado 24 centavos y busca en el futuro llegar a las seis toneladas.
Hemos planificado una reconversión de dos años. Invertimos a largo plazo en 6000 plantas, sostuvo el productor. Y agregó que durante el momento intenso de la recolección trabajan once personas que vienen de otras regiones del país y de Chile.
Antes, con una chacra como esta se vivía muy bien. Ahora, con no menos de 40 hectáreas apenas alcanza, reflexionó Oses con respecto del problema de la falta de escala: una limitante que padecen muchos productores de la zona.
Para el coordinador regional de la Secretaría de Fruticultura, Ricardo Sánchez, las ventajas comparativas de las manzanas rionegrinas debería trasladarse a una ventaja competitiva. La oferta varietal hoy resulta muy acotada para los gustos del consumidor. Añadió además que en los últimos años la tasa de reconversión en el mundo fue del 8 por ciento, muy superior a la de nuestro país. El productor debe recuperar ahora el tiempo perdido.
Hoy por hoy, erradicar un monte tradicional y sembrar nuevas variedades tiene un costo de 14.000 pesos. Si el productor pone plantas que empiezan a darle frutos sólo a los 8 años se funde. Por ello, toda la tecnología actual apunta a lograr una mayor precocidad de los cultivos, detalló.
Consultado acerca de si una chacra pequeña podía ser rentable, Sánchez respondió que con una estructura de acuerdo con el mercado y una conducción adecuada, no cabe ninguna duda de ello.
El empuje del sector privado en la región es clave. Aquí está la infraestructura para todo el desarrollo de la producción, finalizó Sánchez.





