
El cuchillo siempre estuvo presente, para la defensa, pero también para el trabajo
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El origen y la historia del cuchillo que desde siempre usa el gaucho tienen un camino corto en su definición. Si bien estas líneas no alcanzan para un minucioso y académico tratado, sí adquieren el carácter de peculiaridad en su significado. Sin entrar en la consulta de muchos de los estudiosos, hacen que podamos aceptar que "cuchillo" -como se le dice habitualmente en el lenguaje corriente- tanto es la antigua "faca" de raíz portuguesa como el "facón" criollo. En fin, un arma blanca corta en sentido lato, emparentada según sus dimensiones y características del filo y corte con la "daga", la "bayoneta", el "estilete", el "puñal".
Mi curiosidad se detiene en el cuchillo. Está no solamente la descripción de un complemento de su vestimenta, sino también en su condición de útil de trabajo y eventual arma de defensa. Lo lleva calzado en su cintura, a la mano. No es imaginable un gaucho sin su cuchillo, que adquiere distintas calidades: facón es la más ajustada a su naturaleza.
Lleva también, y únicamente en ocasiones de sus múltiples tareas, el "verijero", que en los últimos tiempos ha tomado cariz de lujo. Tenemos estos ejemplares en versiones de excelente artesanía. Suelen ser piezas de obsequio y prendas de colección. Es de hoja corta, de un solo filo y se calza a un costado, en la "verija".
El facón y su leyenda
Las diferenciaciones del cuchillo son categóricas. No es lo mismo el facón del gaucho que el cuchillo malevo de taita orillero. El facón tiene donaire, es una expresión de dignidad, de coraje sereno. En cambio, el cuchillo matón tiene el resabio de la esquina tenebrosa, del antiguo prostíbulo y del también antiguo comité. Se desenvaina para "cortar" del asador, sacar tientos para un trenzado, carnear y cuerear a campo, cortar una rama de árbol y los tantos usos si se quiere domésticos propios de la vida en el campo. La diferencia con el puñal de compadrón de la ciudad, de "funyi" requintado y baja el ala del sombrero, saco encorcelado, pantalón bombilla y botín enterizo, es fundamental.
El cuchillo del gaucho también tiene su leyenda de desgracia, de sangre y de muerte. Aquello del Martín Fierro, si bien en los ladinos consejos del Viejo Vizcacha, las armas son necesarias, pero naides sabe cuándo, es aplicable al sentido de la prevención en un medio no siempre pacífico o amable. Existen momentos en la vida en que la hombría es exigible sustentarla con el coraje armado. Con el respaldo de un arma noble como es el cuchillo se lava el honor ofendido. El auténtico gaucho tiene entre sus códigos terminar un duelo "a primera sangre", no va más allá del tajo.
La memoria no me ayuda a recordar al autor de la definición diciendo que "el cuchillo es la prolongación del brazo en el quehacer del gaucho". El cuchillo gaucho es así, con esa aplicación. Siempre está a mano. Y así caracteriza una de sus singulares costumbres: hacer del trabajo también una fiesta. Viste "de domingo" -jamás dice "de fiesta"- con el infaltable facón terciado en la cintura, puede ser el de trabajo como el "de lujo". No ofende ni intimida. Es como las espuelas para paquetear: no son para maltratar al caballo. El facón no es para disuadir de un posible ataque, es un símbolo del temperamento de quien lo usa. Sí he visto y he sabido que, en esos momentos donde sobran las palabras, se suele "echar mano"; esto es, disponerse a desenvainar para el duelo entre pares. Es el lance caballeresco y allí están desnudando el acero y aprontando el poncho como escudo. Allí se cruzarán los facones en la danza acaso mortal de los hombres de honor.
La literatura argentina ha recogido estos encuentros donde la nobleza del gaucho, digamos "en armas", aparece como héroe y no como sanguinario ejecutor de muertes "a balazos". Las primeras lanzas patricias fueron cañas tacuara con el cuchillo del gaucho soldado atado con tientos en su extremo. El facón "caronero" también fue el arma auxiliar del milico de frontera. El gaucho Martín Fierro no menciona el fusil o la tercerola en el largo reclutamiento del "Fortín". Daban entonces las armas / Pa defender los cantones, / Que eran lanzas y latones / Con ataduras de tiento / Las de juego no las cuento/ Porque no había municiones. En "Don Segundo Sombra", Ricardo GŸiraldes incluye dos encuentros con cuchillos en acción. El primero es el encuentro con el Tape Burgos en La Blanqueada. Allí es atacado a traición por el "mamao", a quien esquiva con destreza con solamente una cuchillita de trabajo, mientras que el facón del agresor se quiebra contra la pared. Don Segundo contesta el criminal intento entregándole los restos del facón al Tape con la hidalga frase: Tome amigo y hágalo componer, que así tal vez no le sirva ni pa carniar borregos.
En el mismo libro relata el duelo entre Antenor y el forastero que lo provoca. El encuentro es rápido. Es herido de muerte este último, que había provocado la pelea. Ya en los estertores de la muerte, reconoce haber sido el causante y dice con un resto de voz: Aura va a venir la policía a buscarlo a ese hombre. Ustedes son testigos todos que yo le he provocao.
Noble instrumento
Estos dos episodios recordados al azar dan razón a la tradición del gaucho y sus códigos. En la guerra y en la paz usó su cuchillo como arma de defensa y como útil de trabajo. El fogonazo de la pólvora y el plomo de la bala están ausentes. El caballo, las boleadoras, el lazo, y finalmente el cuchillo, fueron no solamente herramientas de su existencia, sino también garantía de su honor.
Las supo emplear con destreza y lucir como testimonio de su identidad de raza. Todos estos componentes hacen más a la personalidad del arquetipo que a la costumbre misma. Hemos mostrado el cuchillo como componente singular de uno de los capítulos de este hombre de calidad emblemática que conservamos los argentinos.
El autor es presidente fundador de la Confederación Gaucha Argentina



