Esta celebración, en la que se marca la hacienda, también es ocasión propicia para la práctica criolla de la pialada
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SANSINENA.- Durante el otoño, las explotaciones ganaderas se preparan para una auténtica fiesta de nuestra tradición: la yerra.
La celebración tiene un fundamento comercial, que es marcar a fuego la hacienda nueva para identificarla con el establecimiento al que pertenecen, y de esta forma evitar el cuatrerismo y las pérdidas. También se aprovecha la ocasión para castrar los terneros machos y convertirlos en novillos que lograrán los engordes eficientes, característicos de la pampa húmeda.
El novillo, a diferencia del animal entero o toro, produce carne tierna y logra desarrollarse dentro de los requerimientos del mercado.
Pero la yerra es también el marco donde se practica una destreza puramente criolla: la pialada. Pialar era esencial para el gaucho primitivo, ya que cada vez que debía hacerse de un potro, tenía que atraparlo de alguna forma. Provisto de un lazo, que es una soga de cuero trenzada de unos diez metros, lograba detener un animal que superaba los 400 kilos, a la carrera, atando sus manos para inmovilizarlo.
Esta era una práctica habitual del habitante de las pampas, heredada de los colonizadores y no de los aborígenes, que utilizaban las boleadoras para el mismo fin.
Actualmente, el hombre de campo piala para voltear terneros en la yerra, mientras que sus compañeros lo capan y marcan a fuego, como es costumbre decir en la pampa. La fiesta suele organizarse en días feriados, ya que en general insume todo el día y se trata de una de las labores más duras del gaucho.
Despunta la jornada
Los invitados llegan al alba y mientras las mujeres se ocupan del asado y abastecen de mate, vino y ginebra a los hombres, en los corrales empiezan a armarse los pialadores con sus lazos. Las marcas de hierro se calientan al fuego. Los terneros esperan, apretujados por el frío.
La habilidad se adquiere con la experiencia y esto es lo que le sobra a Abel Pallero. Gaucho por herencia y elección, Abel es, desde hace 9 años, capataz de una estancia cercana a Sansinena, al oeste de la provincia de Buenos Aires. Su padre fue capataz y él se crió rodeado de hacienda, ayudando en las tareas del campo. "La yerra es un trabajo duro y siempre hace falta más gente de la que hay en la estancia para hacerlo; por eso, el patrón, para premiar al gaucho por el esfuerzo, lo dejaba armar un festejo y así todos terminaban contentos".
Abel tiene las manos curtidas por el lazo y lo maneja con maestría. "Aprendí de chico. Mi papá me enseñó a preparar el lazo, a enjabonarlo y estirarlo. Primero practicaba con un poste, después les tiraba a mis hermanos y, por último, probé con terneros de pocos kilos."
Existe entre los gauchos la creencia de que el buen pialador es un artesano. Es inevitable encontrar semejanzas con las corridas de toros españolas, con la diferencia de que aquí hay menos sangre y muertes.
Como toda disciplina, tiene sus secretos: "Es importante abrir el lazo la medida justa, revolearlo manteniéndolo abierto y dándole un golpe de muñeca en cada vuelta para tirarlo cuando el animal está por levantar las manos; así se lo lleva por delante", explica Pallero, mientras manipula su lazo de ocho tientos (el más pesado y resistente).
Dos hombres se encargan de echar los terneros al corral de los pialadores. Los animales entran a toda velocidad, enojados, largando vapor por el hocico. Abel revolea su lazo tranquilo. Se aproxima al ternero, luego se aleja, mide la distancia y, como si golpeara el piso, arroja la cuerda. El animal sorprendido, salta. En el aire, el lazo se cierra y por el impulso de la corrida el ternero da media vuelta en el aire y cae aturdido. Cinco hombres corren desde los alambrados. Dos de ellos se arrojan sobre el animal para sostenerlo, el tercero se arrima por atrás y, con un berijero afilado (cuchillo pequeño), completa la castración. El cuarto hombre lleva un tarro donde van a parar los testículos y el quinto marca con el hierro caliente uno de los cuartos traseros del animal que, tras titubear unos segundos, se incorpora y sale al trote hacia el potrero. Toda la operación dura dos minutos.
Descanso y comida
Agotados, al finalizar la jornada, los participantes se sientan alrededor del fuego, mientras las criadillas (testículos) se doran sobre un disco de arado viejo. Las mujeres las preparan con pan y se comen a cuchillo, cortando bocado a bocado y tironeando con los dientes. ¿El sabor? Similar al de la molleja.
La fiesta se mantiene desde que los primeros gauchos la practicaron y constituye un testimonio cultural incuestionable.
Pocas imágenes reflejan el esfuerzo del gaucho como la vuelta pa´las casas, con el sol coloreando el poniente y la hacienda rumbeando para el lote, tras un día de yerra.



