
Roberto Rovea se convirtió en artesano de una herramienta del hombre de campo ligada a la historia de nuestro país.
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Para Roberto Rovea, hombre de ademanes calmos, los cuchillos criollos tienen toda la magia que un objeto debe poseer para que alguien decida repetirlo de mil maneras diferentes sin pensar en el hartazgo.
Habitante de San Nicolás, provincia de Buenos Aires, Rovea es uno de los tantos artesanos especializados en la hechura de objetos emparentados con el campo.
Como más de un colega, convirtió un hobby en oficio empujado, en su caso, por la inquietud que provoca ser despedido de una empresa en la que trabajó durante veinte años.
Según cuenta, la revolución productiva lo dejó fuera del circuito, pero mientras pensaba qué hacer tomando mate y mirando el campo, fue a su taller a terminar un cuchillo que estaba preparando para un amigo y decidió intentar ganarse la vida reproduciéndolos en una escala comercial.
"¿Después de todo se pregunta- quién no ama los cuchillos, quién no los usa aunque sea una vez por día? Hasta los astronautas, que se alimentan con píldoras, llevan uno cuando viajan al espacio".
Artesano por opción
El gusto por los cuchillos, según Rovea, lo llevamos en los genes. Es un instrumento que desde tiempos inmemoriales acompaña al hombre.
"No por casualidad dice sonriendo- se los consideraba el "sexto dedo del gaucho". Es decir, siempre habrá clientes, y a mí me causa mucho placer hacerlos. Ojalá hubiera descubierto este trabajo antes".
Egresado de la escuela industrial, "loco por la platería" y admirador del maestro Armando Ferreyra, Rovea fabrica, escuchando canciones del folklore nacional y blues, cuchillas, facones, puñales y dagas.
Cuenta que los grandes los hace a pedido porque lleva mucho tiempo fabricarlos, y porque no son tantos los compradores.
La mayor parte de las piezas que produce son de tamaño mediano, mercadería que ofrece en ferias artesanales como la del Sol -vende un promedio de 90 unidades por edición-, entre particulares y en algunos negocios de la Capital ya que, a su entender, "Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires".
"Mis clientes no sólo son hombres; también hay mujeres que si bien hoy no los llevan en la liga como solían hacerlo las damas criollas, los adquieren para uso cotidiano y personal", aclara señalando en una foto un pequeño cuchillo con mango de asta de ciervo e incrustaciones de plata, otro hecho con ébano y una vieja hoja de plata.
El único tipo de cuchillo criollo que Rovea no hace es, por lógica, el "mangorrero" porque estos "cuchillitos" rústicos, sin atractivos externos, se hacen sólo a medida que pasa el tiempo. Son los cuchillos que se ponen viejos y sus dueños van arreglándolos como pueden.
Coleccionista de armas y aficionado a la pesca, así como piensa con parsimonia el diseño que le dará al mango de madera o de hueso, selecciona con ojo clínico las hojas que usará.
"Además de utilizar los aceros modernos (vienen aleados con níquel, cromo y banadio), inoxidables, o no, como los de alto carbono, compro hojas de otras épocas en remates y ferias de objetos antiguos.
"Suelo encontrar maravillas. En el país hay una gran oferta: alemanas (Arbolito, de la fábrica Boker y WR. Kirschbaum conocidas como Casco); inglesas (Rodgers) y francesas (Dufour), entre otras", aclara el artesano.
Jornada laboral
Rovea pasa en el mundo de los cuchillos alrededor de doce horas diarias. Si bien trabaja durante el día, prefiere hacerlo de noche "cuando deja de sonar el teléfono y el timbre. La concentración es imprescindible en esta actividad, especialmente si uno está tallando o soldando. Si se dispara el foco de atención, se pierde la inspiración".
Su promedio de producción mensual va de 15 a 20 ejemplares y cada pieza es única.
"Suelo hacer también los estuches si el tiempo lo permite y el comprador quiere", acota, y aclara que no se sabe con seguridad de dónde deriva el cuchillo criollo.
"Algunos creen -explica- que viene de un cuchillo moro que pasó a Europa; otros comentan que aún hay un eslabón perdido en la historia. En verdad, yo no lo sé".
Objetos multipropósito, casi todos vienen con vainas protectoras, y si bien han dejado de ser armas blancas para integrarse al atuendo ciudadano, la fascinación que generan los cuchillos se observa en el constante crecimiento de la cantidad de coleccionistas.
"Ellos compran piezas antiguas, pero también aumentan los interesados en adquirir ejemplares nuevos, pensando que con el tiempo ganarán valor. "En el exterior gira un verdadero mundo alrededor de los cuchillos. Hay revistas especializadas en el tema, asociaciones de coleccionistas (en Florida, en el país del Norte, por ejemplo, está la de cuchillos artísticos), museos como el National Knife Museum de Chattanooga Tennessee, de los Estados Unidos, exposiciones, encuentros anuales de aficionados y hasta páginas de Internet".
Palabra de experto
Oficio de filo y forma, íntimamente ligado a la vida rural argentina, Rovea a modo de epílogo ofrece algunos consejos para elegir un buen cuchillo criollo.
"Optar por esa pieza que lo atrapó de entrada, probar si calza bien en la mano y, en lo posible, pensar en el uso que se le va a dar para no equivocarse en el tipo de hoja", comenta con la seguridad que da la experiencia, y aprovecha la oportunidad para derribar creencias que apuntan a los beneficios de frotar los cuchillos con grasa o a la inconveniencia de lavarlos.
Artesano de un objeto testigo de la historia, este hombre de hablar pausado y ademanes tranquilos aprendió escuchando a los que saben, leyendo uno que otro libro y, por cierto, equivocándose.
De a poco se convirtió en experto y armó un taller en el patio de su casa con lijadoras de madera y de hueso, piedras para rebajar hojas, sopletes de joyero, limas, extractores para evitar el olor que produce el metal recalentado y pequeñas herramientas.
Rovea, de oficio artesano, no lleva su cuchillo preferido sobre su cuerpo como lo hacían los gauchos con el filo hacia arriba para que, al decir de Martín Fierro: "Al salir, salga cortando", ni en la boca de la bota, ni en la sisa del chaleco, pero tiene varias piezas preferidas y a más de una no la cambia por todo el oro del mundo.
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