
Por Eduardo Manciana Para LA NACION
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Era de esperar, y algunos lo habíamos advertido. La serie de desaciertos, uno tras otro, que ha tenido el Gobierno con el sector agropecuario, está dando lugar a las acciones de gobierno más desarticuladas e inarmónicas que se tengan noticias en los últimos cincuenta años.
Queda claro que la búsqueda de resultados detrás de la escena está vinculada a la contención de los precios internos de los alimentos ante mejoras en los mercados internacionales. Valen las presiones, las marcha atrás en medidas supuestamente puestas en marcha con el mismo fin que la contramarcha, la listas de precios y otras yerbas. Lo dicho, un parche sobre otro lleva inexorablemente a que se descosa la bolsa y se derrame la mercadería.
La reducción del peso de faena busca lo mismo que buscó el aumento del año pasado: que haya carne abundante en los momentos de necesidades políticas. El año pasado se dispuso el aumento del peso de faena a partir del 1° de noviembre, días después de las elecciones que fueron beneficiadas con los apuros en vender de aquellos engordadores que no llegaban con sus animales al umbral de peso para la fecha limite. Ahora se busca lo mismo: aumentar la oferta de carne para que la inflación no llegue a los dos dígitos a fin de año.
¿Y qué del stock vacuno? Y qué de los incentivos a la producción? ¿Y qué de buscar una estructura permanente que permita un sendero cierto de desarrollo productivo? Nada. Lo mismo puede decirse de las medidas sobre granos y oleaginosas.
No tengo interés en descalificar a nadie personalmente ni a estructuras publicas en general pero, ¿para qué sirve una Secretaría del área si no es para tratar de poner "sentido" a las acciones de gobierno vinculadas al sector cualquiera sea la orientación que este tenga? No es posible que un secretario y toda la estructura del área queden pegados a un discurso, y a acciones, tan definidamente "urbano": "el campo es solo un proveedor de bienes salario, divisas y dinero para solventar el gasto publico".
No es así. El sector es el motor de la economía Argentina. El pivote de su progreso. En su espacio vive el 30% de la población del país y soporta el 40% de su actividad económica. Deberíamos tener en cuenta que, al igual que el medio ambiente, debemos todos, preocuparnos y cuidarlo.
Tampoco soy un exégeta del tradicional discurso rural lleno en muchos casos de los mismos defectos que el actual discurso publico, pero en el sentido inverso.
Hay que acabar con la antinomia Campo-Ciudad. Que los discursos ideologizados se queden en eso, en discursos. Abstractos.
Es hora de proponer un nuevo pacto entre los actores sociales que dan sentido al "espacio rural" y el resto de la sociedad. Y ese pacto debería consagrarse en una Ley Marco, que contenga las obligaciones y los derechos de las partes. Que delimite con precisión a lo que se aspira y con que instrumentos.
Existen muchos ejemplos en el mundo de estas pretensiones, como el Farm Bill americano o la PAC europea. El 50% de lo presupuestado en la ley norteamericana esta destinado a la alimentación y no al subsidio a productores.
Una ley de esta naturaleza debería buscar disminuir los actuales niveles de incertidumbre: climática, la de mercados y fundamentalmente la política. Debería además incluir capítulos vinculados al cuidado de los recursos, suelo, agua, tecnología y el mas importante: el humano.
Acabemos con las palabras y las acciones sin sentido.
El autor es ex subsecretario de Agricultura.






