
Durante mucho tiempo, la subsistencia y la riqueza se hicieron entre nosotros al tranco de estos animales
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Se hacen bueyes, todavía? Lo ignoro. Me han mostrado algunas veces, siendo niño, ciertos toros mitad remolones y mitad abstraídos, y se me dijo que eran bueyes, pero esto fue en una época en que tampoco me hallaba demasiado preparado para comprender -o para dar importancia- al significado de ciertas expresiones.
Pero ya entonces eran algo del pasado, al menos en la campaña porteña. Los caballos tiraban aún de carros, de arados, de rastras. Los bueyes, en cambio, constituían un notorio anacronismo, residuo reservado para armar una frase hecha, repetida sin demasiado entendimiento: "Nunca falta un buey corneta?" Estaban en el ocaso y poco y nada interesaban. Esto resultaba muy claro, pese a que el poeta hubiese dicho: "A nadie se le ha ocurrido/ hacerle una estatua al buey./ Y él fue quien tejió la patria/ antes que lo hiciera el riel".
Pues fue así: durante mucho tiempo la riqueza y la subsistencia se hicieron entre nosotros al compás cansino del tranco del buey. Amigo del hombre no menos que el flete y el perro, en pago de la terrible mutilación infligida, roturaba la tierra y arrastraba la pesada carreta. Sobre todo esto, porque ahí iban los bienes de los que, finalmente, todos obtendrían sustento y hasta opulencia.
Después vino el ferrocarril y cuando pasó el turno de éste, apareció el automotor. Todo cambia, por supuesto, y eso a veces entristece, pero a los melancólicos de siempre es bueno recordarles -siquiera a propósito de este caso puntual- que las máquinas no sufren ni se cansan.
"Güey", dijo el paisano
El buey se distinguía por su mansedumbre y porque conservaba la fuerza del toro entero. Manso del todo, tal como se necesitaba para las labores a que se lo destinaba y no como el retajo, que conservaba veleidades cerriles pese a habérsele quitado la capacidad de engendrar. Para eso se requería esperar que el vacuno fuese ya grande -"estuviese formado", diríamos-, como de unos cuatro años: sólo entonces se lo castraba.
El paisano lo llamó "güey", al adaptar la palabra a nuestras tendencias guturales. En cambio, los derivados sí los podía pronunciar sin dificultades. El boyero que -antes de ser un muy simpático pajarito- era el hombre que conducía la "boyada", que la "boyereaba" y que estimulaba el lento ritmo de la marcha con el acicate de la picana -otro término que trae desdichadas asociaciones-, caña tacuara con un aguijón en la punta, larga, por lo menos, como para alcanzar al buey delantero.
Esa función, demorada y rutinaria de conservar el rumbo en medio de la pampa interminable llamó siempre mucho la atención. Ese hombre -el carretero-, en tanto atisbaba el horizonte es posible que rumiase pensamientos, nostalgias, desconsuelos. Condenado a prolongadas ausencias, se lo suponía poeta y hasta filósofo, de lo que dan cuenta tantas canciones y relatos.
¿Y el "buey corneta"? El buey corneta es aquel al que le falta un cuerno y por eso se distingue fácilmente de los demás. En realidad, la expresión designa a quien se diferencia por su manera de ser o de pensar, pero más bien se la toma en el mal sentido y sirve para motejar al desleal, al indiscreto.
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