
Por César Pradines Para LA NACION
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CABANA.- Un cielo como pocos nos recibe en esta zona cordobesa, al lado de Unquillo. Una casa espaciosa con galería y parque arbolado, perros, un atelier y un río que corre por detrás ponen un toque de bucolismo que, seguramente, enamoró al pintor Rubén Daltoé quien decidió en 1992 quedarse en esta bellísima zona.
Daltoé, de 83 años, está presentando actualmente, "Desde la Puna", en tres lugares de Unquillo: el Museo Spilimbergo, la Casa de la Cultura y el círculo de pintores Guido Buffo, lo que parece reflejar una suerte de reconocimiento a una de las épocas menos conocida de este artista, la de su contacto con el norte argentino en 1966 y 1976.
Sin embargo, este pintor, casado con Raquel Fux hace 59 años, no parece necesitar reconocimiento alguno. Saborea gustoso su modestia y feliz de su desapego habla de su larguísima carrera, que comenzó en los 40, como si fuese de otro. Más interesado en relatar anécdotas de su vida bohemia junto a su esposa por Europa y la Argentina que de detenerse a analizar su trabajo.
Cincuenta y nueve años de casados les dan una unicidad revelada a primera vista y con la cual conviviremos durante las horas que pasamos juntos. Primero en su living, tomando el té, y luego en su atelier. Terminada la secundaria, Daltoé entró en Bellas Artes, donde comenzó su noviazgo con Raquel. Al casarse, empezó a trabajar en la agencia de publicidad Eureka, haciendo planograf, hasta que ganó una beca del gobierno francés y juntos viajaron a París, donde estudió, entre otros, con André Loht, teórico del cubismo y de quién se inspiraron Horacio Butler y Héctor Basaldúa. Fue alumno por aquellos tiempos de Emilio Centurión y regresó a Buenos Aires en 1953 para "saber qué es lo que quería".
Daltoé hizo su primera exposición en 1950, en la galería L´Arco, de la calle Florida. "Tengo la sensación, ahora que todas las exposiciones fueron por iniciativa de otros. Jamás fue parte de la mía mostrar lo que hacía", dijo el pintor que, desde los 50, comenzó a buscar un lugar donde la inspiración y la serenidad le permitieran pintar tranquilo.
Estuvo en Gesell cuando no existía como balneario, también en Córdoba y hasta en Los Angeles, en la zona de Necochea, donde pasó un buen tiempo. A medida que iba contando su vida, de manera pormenorizada, bajo la atenta mirada de su esposa, sacó conclusiones como "no gané con la pintura, la viví".
Pasaron épocas que podrían definirse como de apremios que no quedaron como tales, si no más como experiencias necesarias en la pareja, como cuando vivieron en una pensión, a la vuelta de París, y en el cuarto no había espacio ni para un caballete. "Entonces volvimos a hacer planograf", afirmó el pintor.
"Fue un buen sistema para no morirnos de hambre", sonrió Daltoé y parecen tiempos lejanos cuando, hoy, a la ceremonia del té, la efectúan tarde a tarde en su cómoda casa de Cabana rodeado por su dos hijas y nietos.
Docencia
Después vendrá su tarea como docente, en la que logró transmitir su talento a varias generaciones. Mientras tanto, su esposa comenzaba con sus clases de gimnasia y de preparación psicofísica para el parto, una actividad que ayudó fuertemente a la economía doméstica.
Como docente, Daltoé, que en sus comienzos fue discípulo de Spilimbergo, trabajó en uno de los aspectos menos conocidos dentro de la formación de artistas plásticos: en el oficio."Siempre intenté despertar a los alumnos", dijo el pintor. "No fui muy paciente con quienes no mostraron contracción al trabajo", agregó.
Exposiciones en el Museo de Arte Moderno y una faceta muy inquieta como artista definen el andar de Daltoé, al que ni siquiera sus problemas de salud lo jubilan como pintor.
Tiene varios lienzos sin terminar, todos dedicados a esa mujer hermosa que es Cabana, a los que va retocando cuando lo asalta la inspiración. Daltoé, como el arte, no tiene apuro.
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