
La boina, compañera del tambero en las duras jornadas invernales
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Asociada con la vestimenta del hombre de campo, la boina, quizás el más representativo signo de la comunidad universal vasca, constituye otro de nuestros íconos, que llegó con las corrientes inmigratorias y ancló por aquí.
–Boinas, ¡pero boinas boinas!, ofrecían a sus clientes, hace unas cuatro décadas, los dueños de la tienda Los Vascos, una antigua casa de ropa de campo bonaerense, exitosa y precursora antes del advenimiento de la era del franchising. Esta gorra sin visera, redonda y chata, de lana y generalmente de una sola pieza -terminada en un cabito-, se remonta a casi cuatro mil años antes de nuestra era.
Definición
Juan Carlos Ricobom, vinculado con la fábrica de boinas La Argentina y nieto de su fundador, señala que “la boina nace en Europa central por la necesidad ante el frío”.
“Es muy común en Alemania, Checoslovaquia, Polonia, norte de Italia, además del País Vasco. A los argentinos nos llega desde España, que las comenzó a fabricar en 1700.”
Ni bien llegaron a suelo rioplatense fueron un artículo más en los exhibidores de los almacenes de ramos generales.
Con el tiempo los colores de las boinas marcaron diferencias ideológicas definidas por las “coloradas” de los conservadores, las blancas radicales y las color negro -apolíticas- para el trabajo.
El “boina colorada”, hasta la década del ochenta, era el órgano del Partido Conservador de la provincia de Buenos Aires.
Famosas
Boinas lisas, tejidas, pampas y multicolores visten aún los paisanos en las jineteadas o en las fiestas criollas.
“Presunta desviación del fetz moro”- según advierte Ricobom- ha sido popularizada por la imagen de Ernesto “Che” Guevara, difundida por Groucho Marx y usada por Picasso.
Hasta John Wayne la usó al personificar un típico “boina verde”.
Pocos poetas, sin embargo, dedican generosas estrofas a esta humilde prenda, compañera inseparable del tambero en los fríos y duros días invernales. Ideal, también, para juntar huevos de una nidada medio perdida.
En “El Once”, poema escrito en 1936 por Baldomero Fernández Moreno, se hace referencia a esta prenda tan popular en el campo argentino:“El Once huele a un vaso grande de leche fresca,/ se adivina el Oeste de boina y alpargata./ A veces se alza el brazo nervudo de la gresca/ y abre la borrachera su roja catarata”.





