
Ismael Palacios mostró al mundo las habilidades criollas
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Despedazada por la sequía, la geografía de La Pampa en los años 30 presagiaba una década de surcos agotados y puebleros y rurales emigrados por falta de trabajo. Por aquellos tiempos, Ismael Palacios, un criollo nacido en el partido bonaerense de Morón, oficiaba de "recibidor" de cereales en el ferrocarril de Realicó, mientras cuidaba los petisos de polo que el fundador del pueblo, Tomas Mullally, criaba y enviaba a Inglaterra.
Don Ismael contaba que en el 74 había conocido a Juan Moreira, a quien los caudillos y políticos habían convertido en gaucho arisco, y que en el 87, cuando regresaba del sur del río Colorado -"con mucha plata en el tirador"-en una pampa sin caminos ni alambrados, él y sus compañeros aparecieron en una toldería, que era de unos indios que habían intentado apoderarse del fortín de Puán.
Claro que los recuerdos que atesoraba el resero eran del 1800.
Fue capataz de una estancia de 200 leguas en el Curumalán. Ahí, con trecientos domadores, preparaba caballos y hacienda para mandar a países vecinos, Sudáfrica e Inglaterra. En 1891, don Eduardo Casey, el patrón, se encontró en Europa con el coronel William Cody, el gran Buffalo Bill, y se comprometió a enviarle para su circo una selección de los mejores domadores. Hacia allá partió al año siguiente el hombre que había recorrido toda la pampa salvaje. Y llegó a Londres.
Un día, un zaino moro que llevaban por una calle de la capital de la Gran Bretaña se asustó, cortó el cabestro y disparó hacia el puente de Westminster. Un policía quiso atajarlo y el caballo lo llevó por delante; entonces, uno de los domadores argentinos se apuró y a las tres cuadras consiguió enlazar al animal.
La hazaña fue tan comentada que la reina Victoria quiso conocer a los gauchos. Buffalo Bill los llevó al castillo de Windsor y el propio Ismael explicó el manejo del lazo. Cuando regresó "al pago" y le preguntaron cómo era la reina Victoria, la definió como "una señora bajita, gorda, que ni bien vestida andaba". Y subrayaba: "Nunca le vimos la corona".
Antes del retorno al país, visitaron en Southampton a una señora ya anciana que al verlos con la indumentaria criolla exclamó: "¡Mis gauchos! ¡Mis gauchos!", y al despedirlos les regaló una fotografía suya. Era Manuelita Rosas de Terrero, la hija de don Juan Manuel.
Siempre con Buffalo Bill, entre 1883 y 1884, Ismael recorrió los Estados Unidos, en especial Chicago, Nueva York y Filadelfia.
Después volvió a Buenos Aires y abandonó para siempre la vida trashumante, justamente por los años 30. Tuvo muchos hijos (algunos viven aún) y también nietos. Trabajó en su chacra de Pontevedra, en el conurbano bonaerense, hasta que falleció, a los 86 años, en 1942.
Los cines de los pueblos mostraban viejas cintas con las hazañas de Buffalo Bill y su circo, que exaltaba la destreza de los gauchos y de los cowboys por todo el mundo. Quién sabe cuántos de aquellos caballos habrán sido acariciados por las manos curtidas de Ismael Palacios y sus compañeros, y andarán, seguramente, con las crines al viento en la eternidad.





