
Carne, planes y contradicciones
En la obra de Jorge Luis Borges conviven la admiración por los hombres de acción y la decepción por la futilidad de los esfuerzos humanos, vencidos siempre por el destino. En "Límites" el autor se dice sometido "a quien prefija omnipotentes normas". Su recreación de Judá León, en El Golem, se pregunta angustiado: "por qué la inacción dejé, que es la cordura".
Kirchner no parece ser de los que eligen contemplar o, al menos hasta ahora, está lejos de reflexionar, como Laprida en el Poema Conjetural, que hasta donde está lo llevó el laberinto múltiple de pasos que sus días tejieron desde un día de la niñez.
Como Judá León, que buscaba descifrar la clave que le permitiera, como Dios, dar vida, Kirchner intenta lo que no pudieron sus antecesores. El rabino de Praga quería descifrar el Santo Nombre, perdido por la herrumbre del pecado original. El primer mandatario intenta que por primera vez en la historia del país los acuerdos de precios tengan éxito.
Otros presidentes y ministros hicieron experiencias similares que lograron creaciones más o menos mostrencas, que, como El Golem, que su creador quería que fuera un hombre, eran algo parecido a lo que buscaban ser, aunque con defectos insalvables. Según Borges, con gran empeño, el pobre Judá León logró "al cabo de años" que su creación "barriera bien o mal la sinagoga".
Hasta ahora, Kirchner apenas consigue, con gran esfuerzo, que la inflación sea de "sólo" el uno por ciento mensual.
Para Judá León el primer síntoma de que algo andaba mal fue que "a pesar de tan alta hechicería" su creación no logró hablar. Para el Gobierno, el primer indicio de que sus planes tienen problemas es el precio de la carne, que se niega a moverse según sus dictados.
Fue Felisa Miceli quien se encargó la semana última de anunciar el perfeccionamiento de lo que sería, siguiendo a Borges, la "alta hechicería": una limitación a la posibilidad de exportar carnes, mediante la recreación de los registros de vendedores al exterior, de triste recuerdo en la Argentina de la inflación altísima de los 80.
La declaración de principios de Miceli es sencilla: no puede ser que el precio que los argentinos deban pagar por la carne esté determinado por el precio internacional. Pero ya que, como Judá León, el Gobierno parece ser indetenible en su tarea de controlar lo incontrolable, convendría entonces colaborar con su éxito y lograr un perfeccionamiento del plan.
Por cierto ¿por qué los argentinos deberían pagar "sólo" la carne a precios inferiores a los internacionales? Es cierto que ya abonan la energía eléctrica, el gas y los combustibles líquidos a valores más bajos que los de los mercados. ¿Pero por qué no agrandar la lista?
Por ejemplo, ¿por qué no exigir que otros alimentos sufran la misma evolución? La ministra se quejó de que la carne subió 165% desde la devaluación, mientras que la inflación global no pasó del 75%. Dejemos de lado que la inflación general no es mayor porque incluso usando subsidios el Gobierno frenó los servicios públicos. Pero es curioso que no parezca estar tan preocupada porque el aceite mezcla se encareció en el mismo período casi el 115%, el aceite de maíz el 284%, la harina de trigo el 88% y el arroz el 131 por ciento.
¿Por qué estos artículos no están tan desenganchados del precio internacional como el Gobierno quiere que lo esté la carne? ¿Por qué no pretender que otros también lo estén?
Con la carne vacuna el Gobierno parece querer hacer lo que ha hecho con el gas, al limitar las exportaciones a Chile. Dice Kirchner que primero los productores deben abastecer el mercado interno a un precio inferior al internacional, que les resulta más ventajoso. Si sobra algo, entonces pueden exportar a Chile.
No sólo lo que sale por la hornalla y permite calentar la sartén estará bajo el precio internacional ahora. También el bife que se coloca encima.
¿Por qué no pedir más? ¿Por qué las terminales locales no abastecen el mercado interno de autos a los precios que los magros salarios en dólares de la Argentina permiten, para exportar sólo una vez que se haya satisfecho la demanda? ¿Por qué las hosterías de las inmediaciones del bellísimo glaciar Perito Moreno no dan prioridad a los argentinos cobrándoles 30% de sus actuales tarifas para recibir a europeos que paguen lo que ahora sólo cuando no quede ningún argentino demandando?
Podrá decirse que es una propuesta ridícula. Pero no es más que la extensión a otras áreas del pensamiento de la ministra.
Contradicciones
Por cierto, si el Gobierno cree que la oferta de carne es insuficiente para abastecer la actual demanda externa e interna y privilegia esta última, ¿por qué por medio del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina se hicieron hasta hace días misiones a países limítrofes para buscar allí nuevos consumidores?
Pero si los argentinos se merecen consumir carne y energía, hasta ahora, debajo de los precios internacionales, ¿por qué deben pagar otros artículos más caro que lo que podrían? Porque eso significa, por ejemplo, limitar la oferta de bienes importados de Brasil. Se podrá decir que es para proteger la industria nacional. ¿No hay que proteger también la ganadería argentina?
¿Y por qué pagar bienes que aquí no se producen más caros en dólares que en países más ricos? Cámaras fotográficas, de video, juguetes y unos cuantos electrónicos, por decir lo menos. Y automóviles importados, por ir a lo más grueso. ¿Por qué el Gobierno decide gravarlos para encarecerlos?
Se podrá decir que es un impuesto al lujo, pero es que también se aplican impuestos al lujo, además de los aranceles. De modo que los argentinos, en promedio muchísimo más pobres que sus pares de Nueva York, deben sacar más dólares que los habitantes de la Gran Manzana para pagar los mismos bienes.
Y el tema de los impuestos no es menor en otros rubros. Por ejemplo, el de la carne. La ministra Miceli, al hablar el viernes, se refirió a la ganadería como si los únicos determinantes de sus costos fueran el dólar y las retenciones. Nada dijo del impuestazo al campo lanzado por Felipe Solá, de los abusos con la tasa de abasto de muchas municipalidades, del impacto de la prohibición de actualizar los balances por inflación en el impuesto a las ganancias.
Kirchner no está convencido, como Judá León, de que la inacción es la cordura y no quiere, ni por asomo, dejar actuar a los mercados sin su intervención.
Podría decirse que si la rentabilidad ganadera aumenta mucho, habrá también muchos interesados en volcarse a la actividad, crecerá la oferta de animales y caerán los precios, luego de un período de valores altos. Kirchner ni piensa en dejar que eso ocurra. Hay quienes creen que gracias a su intervención la carne terminará siendo escasa y cara. Borges se preguntaba qué habrá sentido Dios al ver los conmovedores esfuerzos de Judá León por imitarlo.





