Cristina sacó enseñanzas equivocadas del ciclo de Juan Vital Sourrouille
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Si Cristina Kirchner entendiera algo de economía, se hubiera dado cuenta de que las principales conclusiones que se pueden sacar del libro que le regaló al presidente Alberto Fernández para su cumpleaños, la interpelan a ella de una manera negativa. Según contó en el acto de conmemoración del 2 de abril, día del cumpleaños del Presidente, le obsequió el libro Diario de una temporada en el quinto piso, de Juan Carlos Torre. En este apasionante relato, el autor transcribe lo que fueron sus impresiones grabadas mientras formaba parte del equipo económico de Juan Vital Sourrouille, durante la presidencia de Raúl Alfonsín.
La conclusión más importante que uno puede sacar del libro es que la falta de compromiso político con el equilibrio fiscal fue la principal causa de muerte del Plan Austral. Este plan, lanzado en junio de 1985, cuando Sourrouille era ministro de Economía, combinaba elementos ‘ortodoxos’ de control fiscal con elementos ‘heterodoxos’ de medidas para coordinar expectativas inflacionarias. Fue, inicialmente, muy exitoso: bajó la inflación de un promedio mensual de 26,2% en el primer semestre de 1985, a 1,9% en el segundo semestre, al tiempo que la economía se expandió. El déficit fiscal, que había superado el 10% del PBI en 1984, bajó al 4,3% en 1986. Pero luego comenzó a subir y en 1987 se acercó al 6% del PBI.
El equipo de Sourrouille se topó con la limitación política, impuesta por el propio presidente, que indicaba evitar recetas ‘recesivas’ de ajuste fiscal. Durante la presidencia de Alfonsín, unas de las principales fuentes de déficit fiscal fueron las empresas públicas. Un fragmento del libro de Torre, producto de una grabación de Alfredo Canitrot, otro miembro del equipo económico, durante una negociación con el FMI previa al Plan Austral, podría perfectamente haber salido de los labios del ministro Martín Guzmán en 2022: “Antes de empezar… les dediqué varios párrafos hablando del encuadre político de nuestra misión. Así, dije que no queremos patear el tablero, pero tampoco queremos exponer al país a experimentos drásticos.”
Así, el gobierno de Alfonsín relegó un ajuste de las cuentas públicas más profundo, y esto terminó en un ajuste mucho más dañino para la economía y el tejido social aún, el de la inflación. Esta bajó de 688% en 1984 a 82% en 1986, pero escaló a 388% en 1988 y se convirtió en hiperinflación en 1989, con una suba de precios del 4924%.
Al gobierno de Alberto Fernández le pasa algo parecido. El número de empleados públicos no deja de subir. Se expandió en 136.000 puestos, un 4%, en los dos primeros años de este gobierno, mientras que el empleo privado se mantuvo estancado. Si se cumpliesen las metas fiscales fijadas con el FMI (que la inocencia me valga), el déficit fiscal consolidado, incluyendo al gobierno nacional, a las provincias y al Banco Central, sería superior al 8% del PBI por año, en promedio, durante su mandato, parecido al promedio del gobierno de Mauricio Macri. Solo que esta vez se espera que los resultados sean distintos a los de Alfonsín: la inflación proyectada para 2023 y 2024 en el programa con el FMI es del 34% al 42% y de 29% al 37%, respectivamente. Que la inocencia les valga.
“La conclusión más importante del libro de Torre es que la falta de compromiso político con el equilibrio fiscal fue causal de muerte del Plan Austral”
Una lectura un poco más detenida del libro de Torre le haría darse cuenta a Cristina Kirchner de otra coincidencia negativa entre sus gobiernos, incluido el actual, y el de Alfonsín. En ambos casos, los equipos económicos suscriben a una escuela de economía no homologable con el pensamiento mayoritario de la profesión en el mundo. Así lo cuenta Torre, refiriéndose a lo que unía a los economistas del equipo de Sourrouille, incluidos Canitrot, José Luis Machinea y otros: “Había entre ellos afinidades, ya que pertenecían al círculo de los que eran conocidos como economistas heterodoxos o estructuralistas.” Intercambiaban ideas, dice el libro, en el Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES), cuya figura de referencia era Aldo Ferrer, el autor del “vivir con lo nuestro”.
Una característica que sobresale del pensamiento estructuralista es su desapego a los incentivos económicos adecuados para que el sector privado se desarrolle. Con la idea de limitar el impacto en el bolsillo de los desequilibrios macro están dispuestos a implementar distorsiones económicas muy dañinas para el sector privado, tales como retenciones, control de precios y controles de capitales, entre otros, todo en el marco de una economía sobre protegida y, por tanto, con un fuerte sesgo antiexportador. Con esas medidas no hay posibilidad de generar un crecimiento sostenido.
Pero cada uno lee lo que quiere. Y lo que Cristina Kirchner leyó en el libro de Torre y quiso transmitir a Alberto Fernández es muy distinto. Ella se refería al error, según su visión, de aplicar recetas que vienen “empaquetadas” de afuera, y a la importancia de defender los “intereses nacionales”.
“Seguimos yendo al almacén a comprar con el manual del almacenero”, dijo la vicepresidenta. Quizás se refería a que, en su visión, el Gobierno habría cedido y adoptado un programa económico impuesto por el FMI. Más concretamente, impuesto por el principal accionista del FMI, Estados Unidos, que defiende sus “intereses nacionales”.
“Una característica del pensamiento estructuralista es su desapego a los incentivos adecuados para que el sector privado se desarrolle”
Es que la política, para la vicepresidenta, lo es todo en la economía. Quien mejor sintetiza esta visión es Augusto Costa, ministro de Producción de la provincia de Buenos Aires y ex secretario de Comercio de la Nación en 2014 y 2015, cuyo libro se titula Todo precio es político. Por algo no llama la atención que Máximo Kirchner lo esté impulsando para reemplazar a Martín Guzmán en el Ministerio de Economía, como mencionó Mariano Spezzapria en LA NACION el jueves último.
Quien mejor anticipa el pensamiento y las iniciativas del núcleo duro del kirchnerismo es Horacio Verbitsky. Dedicó gran parte de su columna en el medio digital El cohete a la Luna del 3 de abril, al análisis de los niveles de concentración en la oferta de los principales productos de consumo. Argumentó: “Es la estructura oligopólica de la producción y la comercialización de productos esenciales lo que permite y explica los incrementos muy por encima de cualquier otro indicador de la economía.” Lo que quiere el kirchnerismo, en síntesis, es alguien que imponga controles de precios más duros. Y para eso buscan un Guillermo Moreno con buenos modales, como Costa.
La refutación de esta verdadera ensalada teórica, que propone que la concentración de las cadenas de distribución impulsa la inflación, no surgió de un paper de una universidad norteamericana, sino de la verdulería de la esquina. En febrero, el aumento del precio de la lechuga (72,7%), del tomate (40,8%) y de la cebolla (30,8%) fueron los principales impulsores de la elevada inflación (4,7%). No existe mercado más desconcentrado y competitivo que el de las verduras frescas.
La desmedida emisión monetaria para financiar la campaña electoral de 2021, el aumento de las tarifas y otros precios regulados y, más recientemente, la aceleración de la depreciación del peso en el mercado oficial, siguen impulsando la inflación y las expectativas de inflación. La Argentina se enfrenta, como ya anticipamos en esta columna en octubre de 2021, a un salto inflacionario en 2022.
Los lectores del libro de Torre se encontrarán con otra similitud entre ese período y el actual: el recrudecimiento de los reclamos salariales sindicales (ahora, incluyendo también a los movimientos sociales). Una característica de los episodios de aceleración inflacionaria es que se hacen más frecuentes los ajustes de precios y salarios.
El Gobierno acaba de anticipar 26 paritarias, con el propósito de “frenar la escalada inflacionaria y evitar una mayor licuación salarial”, un verdadero oxímoron. Querrá, como pide Cristina, que salarios, tarifas y precios corran a la misma velocidad. Otro oxímoron en este contexto de tarifas atrasadas y una economía que está por entrar en recesión y, por lo tanto, en un ciclo de caída del salario real. Cuanto mayor sea el aumento de salarios nominales que logren los sindicatos, mayor será la tasa de inflación del año, porque a los empresarios no les quedará otra que traspasar esas subas a los precios. No discuten el salario real, discuten el nivel de inflación.
Es la reencarnación de la “puja distributiva”, tan bien descripta por una de las biblias de los economistas estructuralistas vernáculos, La política económica en una sociedad conflictiva: el caso argentino, de Richard Mallon y Juan Vital Sourrouille. Algunas de las recomendaciones de Mallon y Sourrouille eran mantener un tipo de cambio real “alto y estable”, lo contrario a lo que hizo el Gobierno en 2021, y no dejar atrasar las tarifas de servicios públicos. Una lástima que Cristina no se lo regaló al Presidente en abril de 2020.
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