
Crónica desde el cubículo: qué hicimos mal en otra vida para merecer estas oficinas
De todas las pequeñas tragedias de la oficina moderna de las cuales se burla Scott Adams en la historieta humorística Dilbert, tal vez la más paradigmática sea la de la omnipresencia del "cubículo" como espacio de trabajo difundido para la vida corporativa en el último medio siglo.
Sólo en los Estados Unidos se calcula que seis de cada diez personas pasan su día en pequeños cubos de paredes blancas móviles y luces fluorescentes, y el 93% de ellos odian ese lugar. Entre todos los males que se le adjudican y que llevaron a que en la última década las empresas adopten cada vez más plantas abiertas, el cubículo desalienta la creatividad, la iniciativa y tiene todo tipo de efectos nocivos sobre el bienestar emocional.
La trama de este espacio está contada en forma magistral en un libro publicado el mes pasado en los Estados Unidos: Cubed: A Secret History of the Workplace (aún no traducido al castellano), que escribió Nikil Saval, un joven editor de la revista literaria n+1. Cubed pertenece a un género en ascenso: el de la "microhistoria", con libros que cuentan el devenir (y su impacto) poco conocido de algún elemento protagónico en los negocios o en la vida cotidiana, como el container que se usa en el comercio transatlántico o la sal.
Saval se dirige para atrás en el tiempo y rastrea distintos tipos de líneas inspiracionales para el espacio de trabajo de oficina. Desde Frederick Taylor, el primero en estudiar la eficiencia de los trabajadores, hasta Willis Carrier, el inventor del aire acondicionado. También narra el origen y desarrollo de otros actores en esta película: el cielorraso, los gabinetes verticales, los tubos fluorescentes, el ascensor, el departamento de recursos humanos, etcétera.
Pero es Robert Propst el que se lleva todo los aplausos en esta historia como la influencia más directa sobre la difusión del cubículo. En 1964, luego de seis años de estudio y miles de entrevistas con managers, empleados y psicólogos, Propst introdujo su prototipo de Action Office para la compañía de muebles Herman Miller, que pretendía ser un espacio flexible y liberador, diseñado para que los empleados alcanzaran su máximo potencial y se sintieran realizados.
Sin embargo, el ideal de Propst, un pionero de lo que luego fue la "ergonomía", nunca terminó de concretarse, según Saval: las empresas tomaron sólo la eficiencia de los lugares pequeños y homogéneos para maximizar su rentabilidad, a costa de la felicidad de los empleados.
Según el autor, más de la mitad de los trabajadores estadounidenses aseguran que los baños de sus casas son más grandes que los cubículos en los que pasan un tercio de su día. Saval se pregunta si la multiplicación de casas amplias en los suburbios, con sus baños inusualmente grandes, no es una reacción a espacios de trabajo que se fueron achicando más y más.
"El cubículo es una paradoja para el hombre y la mujer que trabajan: el hombre nació libre y trabaja en cubículos, que es lo contrario a la libertad y a la creación. Pero, claro, en algún lugar había que poner a los empleados: entre cuatro paredes, o boxes [cubículos] donde el jefe o supervisor de antaño [y muchos de ahora] miraba el trabajo de los empleados desde una oficina cerrada y ubicada estratégicamente para controlar todo", cuenta a LA NACION Andrés Hatum, profesor del IAE Business School y director del Centro RHUO de esa casa de estudios.
Atrapados en el sendero
¿Por qué, a pesar de todos los males que se le adjudican, el cubículo resistió tantas décadas? Buena parte de la explicación del libro de Saval tiene que ver con lo que los economistas que estudian procesos de innovación y tecnología llaman "dependencia del sendero" (path dependence). En la práctica, muy pocas cosas están construidas "desde cero", la mayoría de los inventos vienen condicionados por otros que ya existían. Con el paso del tiempo y su difusión en red, se hace difícil volver atrás, por más que aparezcan sustitutos mejores.
Un caso de estudio de libro sobre "dependencia del sendero" es el del sistema operativo Windows, de Microsoft, defectuoso y con alternativas mejores, que no pueden competir con su posición dominante de mercado. Otro es el del teclado Qwerty: ésas son las teclas que están en la fila superior, a la izquierda, en la disposición tradicional. Expertos en ergonomía, neurólogos y lingüistas han demostrado que el teclado Qwerty es altamente ineficiente. La disposición ideal, de hecho, varía según el idioma. Pero el teclado está tan difundido en dispositivos de todo tipo que es imposible volver atrás.
Uno de los ejemplos más divertidos de "dependencia del sendero" es el del tamaño del trasbordador espacial Shuttle. En la década del 90, a un economista especializado en el estudio de la tecnología se le ocurrió preguntarse por qué el shuttle tenía la capacidad que tenía.
Resultó que los ingenieros de la NASA debieron atenerse a una restricción: que los cohetes de combustible sólido que propulsaban la nave pudieran entrar en los túneles de los ferrocarriles que los transportaban. La trocha de los trenes en EE.UU mide un metro y cuarenta y un centímetros. ¿Por qué esta medida arbitraria? Resulta que los ingleses habían copiado la trocha de su propio país, construida en su momento sobre la base del ancho de los tranvías a caballo. Este tamaño, a su vez, se originó en los viejos caminos de carruajes, que copiaron en su momento el ancho de las vías romanas, que respetaban el espacio de dos caballos percherones. Es decir, la capacidad del Shuttle de la NASA dependió directamente de los caminos hechos para los percherones en la Antigua Roma.
Llega un momento, sin embargo, en el que los costos del esquema dominante son tan altos que todo se termina derrumbando. En Cubed, Savant finaliza con la decadencia del cubículo en favor de las plantas abiertas impuestas por las empresas de Silicon Valley desde fines de los 80 y con las alternativas de "empleo precario" (free lance) que hoy obligan a trabajar desde el hogar o desde terminales temporarias.
"La infraestructura abierta que permite interacción, diversión y creación ya no se limita a empresas emblemáticas como Google", dice Hatum.
Cuando visitó las oficinas de Rabobank en Utretch (Holanda), el profesor del IAE se encontró con un ambiente bien diferente para lo que uno está acostumbrado en un banco: una panadería, una galería de arte? y ninguna oficina. La directora que lo atendió le dijo: "Acá no vas a distinguir gerentes de empleados comunes. La idea es lograr integración y creatividad. Si las instituciones financieras no somos creativas, difícilmente sobrevivamos. Y encontramos que el ambiente donde uno trabaja es fundamental para lograrlo".
Reírse de los cubículos hoy ya es cosa vieja, y un nuevo Dilbert, en cambio, debería burlarse de los lugares comunes de la última década: el metegol en el trabajo, los poufs blancos, la comida orgánica y otros intentos por hacer de la oficina un lugar que genere felicidad.
La difícil misión de escapar
No al encierro
El 93% de quienes trabajan en pequeños espacios cerrados con paredes blancas y tubos fluorescentes dicen odiar ese lugar
Depender del pasado
El cambio se hace difícil y eso se debe, en parte, a la dependencia del camino que se transitó para que las cosas sean como son
Espacios abiertos
La tendencia, de todas formas, es ir hacia loslugares de trabajo con más libertad, que favorecen la interacción y la creatividad





