El BCRA, menos autónomo
Por Julio Piekarz Para LA NACION
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Desde la remoción de su presidente en abril de 2001, la autonomía del Banco Central ingresó en un proceso de debilitamiento. La manifestación reciente más clara ha sido la creación de la Unidad de Reestructuración del Sistema Financiero (decreto 1262/03), que asigna a una comisión, con voto mayoritario del Ministerio de Economía durante su primer año, tanto el tema concreto de modificar y extender las condiciones de amortización de los redescuentos por parte de bancos en situaciones especiales como el tema más general de definir la estrategia de reestructuración del sistema. Está claro, sin embargo, que cualquier deliberación y coordinación del Banco Central con el Ministerio de Economía podía ser efectuada al margen de la creación de un ente competitivo.
La afectación de la autonomía tiene carácter formal, al establecerse un ente cuyas funciones podían y debían, en rigor, ser desarrolladas por el Banco Central. Pero también se han verificado afectaciones materiales de esa autonomía, que limitan seriamente la capacidad del Banco Central para regular la oferta de dinero en cumplimiento de su función primaria de preservar el valor de la moneda.
En primer término, aunque ya en proceso de parcial reversión, la emisión de cuasi monedas por parte de un número de Estados provinciales y por parte del mismo gobierno nacional (Lecop) no ha sido otra cosa que una fuente de emisión de cuasi base monetaria, cuando menos en que significó la creación de medios de pago competitivos, para muchos fines, del circulante en pesos, cuyo monopolio de emisión corresponde al Estado nacional a través del Banco Central. El desenlace termina siendo el efectivo canje de esas cuasi monedas por base monetaria del BCRA, con el corolario de que este aumentará la tenencia de títulos de un Estado en default. La creación de esa base monetaria cuasi sustituta no fue decisión del Banco Central.
Tampoco es decisión de la autoridad monetaria la entrega de adelantos transitorios al gobierno nacional y la consecuente expansión monetaria, en el marco de las facultades de financiamiento espurio al sector público no financiero que se ampliaron significativamente a comienzos de 2002. Establecida la norma, el rol del Banco Central es también en este caso pasivo, cuando menos hasta el límite de financiamiento previsto. Y se incrementará en el contexto de la nueva reforma de su Carta Orgánica, que agrega un financiamiento adicional para el caso de pagos de obligaciones del Tesoro Nacional a organismos multilaterales de crédito. El argumento de que en tal caso no se produce efecto monetario sólo atiende al hecho de que no se expande la base monetaria, pero ciertamente aumenta el crédito interno -que sustituye a las reservas internacionales-, deteriorando la calidad del respaldo del dinero emitido por el Banco Central.
Por otra parte, está claro que la política monetaria está fuertemente influida por el sostenimiento de hecho del tipo de cambio que, en un mercado ofrecido en el corto y mediano plazo, se traduce en recurrentes compras de divisas por parte del Banco Central. Diversos miembros del Gobierno favorecen esa política, mientras que la precariedad de la situación fiscal traba la reducción de las retenciones de modo de poder permitir un mayor equilibrio en el mercado cambiario.
Es en el segundo gran componente del crédito interno, los redescuentos, donde el Banco Central aparece gozando de su mayor poder de decisión. Y durante el corriente año se han verificado cancelaciones netas modestas pero permanentes de la deuda de los bancos. Sin embargo, aunque el Banco Central goza hoy de la autonomía para, dentro de normas, acordar o no redescuentos, no goza -régimen de "matching" mediante- de la capacidad de acelerar el ritmo de cancelación del importante saldo pendiente.
Y ésta es una limitación no menor. Por una parte, el poder para acelerar ese cobro habría dado el Banco Central la capacidad para controlar más adecuadamente el crédito interno total y la base monetaria.
Pero además, si los redescuentos fueron otorgados para que las entidades receptoras atendieran la salida de depósitos en el marco de una crisis sistémica de liquidez, la expectativa razonable es que si los depósitos se recuperan -como ha ocurrido desde agosto-septiembre de 2002- esa liquidez se dirija a devolver los redescuentos. De otro modo, las entidades que recibieron redescuentos contarían, vueltos sus depósitos, con un doble financiamiento, a diferencia de las entidades que no recibieron redescuentos. Y también contarían, en comparación con estas últimas entidades, con una ventaja en términos de menor descalce de plazos en relación con las exposiciones de largo plazo al sector público a que el propio Gobierno sometió a todas.
Riesgos por venir
Ultimamente se han concentrado las discusiones monetarias alrededor de las virtudes y posibilidades del modelo de "metas de inflación" (inflation targeting), pero hemos dedicado poco tiempo a describir el modelo de política monetaria efectivamente vigente, probablemente porque presenta características poscrisis que desafían toda descripción sencilla. Del mismo modo, hoy la inflación no es una preocupación inminente, ni en el plano de la economía internacional ni en el de la doméstica. Pero la estabilidad de precios e incluso algunos atisbos de deflación son una manifestación de la etapa del ciclo, que es finito en duración. Cuando eventualmente cambie, un Banco Central con una autonomía deteriorada, si este proceso no se revierte, mostrará con toda su fuerza sus limitaciones.






