El crédito externo no siempre es negativo

Roberto Cortés Conde
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14 de septiembre de 2014  

Los Estados modernos se financian con impuestos que votan los representantes de los contribuyentes. Con ellos se pagan los bienes y servicios públicos, la justicia, la defensa, la seguridad, la educación, la salud y otros que así se consideran. En circunstancias extraordinarias, las guerras, en que se juega el destino de una nación, y otras en las que el gasto beneficiará a varias generaciones, se ha usado del crédito a largo plazo. Algunas administraciones han gastado para otros fines, clientismo político, mala gestión, financiándose, además, con préstamos forzosos, confiscaciones o emisión desmedida de dinero, lo que tuvo consecuencias muy gravosas. Cuando surgieron mercados de capitales, la deuda se dividió entre miles de ahorristas y se obtuvieron tasas más bajas. Ellas dependían de la confianza que se tuviera sobre el cumplimiento de los deudores.

Las Provincias del Plata en sus primeros diez años no tuvieron acceso a mercados de capitales ni tampoco al financiamiento con emisión de papel, ya que sólo circulaba la plata. Sus gastos militares fueron cubiertos con ingresos de Aduana y préstamos forzosos. Sin los recursos de la minería del Alto Perú, los de la Aduana no fueron suficientes. Disuelto el gobierno central en 1820, Buenos Aires trató de organizar el Crédito Público siguiendo la exitosa experiencia de Gran Bretaña y los Estados Unidos, pero la deuda de arrastre que se consolidó fue tan alta que la cotización de los títulos cayó de 60% a 20% en 1822 (un rendimiento de 30 %) lo que impidió un mercado con bajas tasas que hubiera beneficiado también al sector privado. Buscando ordenar las finanzas, en 1822 se fundó un banco que incorporó a la circulación el billete papel. El creciente comercio con el exterior requería de un puerto, para lo que se contrató con Baring un préstamo por un millón de libras, al 6% de interés y al 70% de su valor nominal. Mientras se construían las obras se usaron los fondos para descontar documentos comerciales. La guerra con el Brasil destruyó ese esquema. El bloqueo del único puerto de ultramar produjo en 1826 respecto de 1824 la caída de 67% de los ingresos de aduana y el Gobierno recurrió al banco para financiarse, el que aumentó la emisión causando una salida de reservas que condujo a la inconvertibilidad de los billetes que tuvieron curso forzoso. El Gobierno se quedó con activos en pesos devaluados y una deuda en oro mucho más cara. En 1822, la onza valía 16 pesos; en 1827, 52 pesos, con lo que en 1828 se incurrió en un default que continuó hasta 1857. Durante Rosas, los bloqueos llevaron a aumentar la emisión y a la depreciación del peso papel que, de uno a uno con el de plata, terminó valiendo cinco centavos. El rendimiento de los títulos estuvo alrededor del 20% en los años 20 y 30, mientras la tasa internacional era de un 3%, lo que incidió negativamente en la economía. En 1857 se pagó el préstamo original con un millón de libras de intereses más. En 1889 pasó a la Nación pagándose regularmente hasta su cancelación, en 1904. Esta fue una condición del acceso al mercado internacional de capitales.

En 1870 se obtuvo un préstamo para Obra Pública por 6 millones de libras, pero sus fondos debieron ser usados para pagar las guerras internas. Su imprudente depósito en los bancos oficiales produjo una expansión monetaria a la que siguió una salida de reservas que con la crisis internacional llevó, en 1876 ,a la devaluación del peso papel que hizo más costoso el pago de la deuda. Pese a ello Avellaneda la cumplió estrictamente.

En los 80 se apeló al crédito para obras de salubridad, ferrocarriles y otros. La expansión monetaria excesiva y mercados internacionales retraídos condujo en 1885 a una salida de reservas, y a la inconvertibilidad de los billetes. La depreciación se acentuó a partir de 1887 y afectó las cuentas fiscales porque la deuda era en oro. Entre 1885 y 90 hubo una expansión monetaria enorme, contrapartida de la de deuda interna nacional para los Bancos Garantidos, y de la provincial que con la garantía de aquella obtuvo créditos en el exterior para hacerse de bancos propios. Ello generó las condiciones para que se desatara una crisis. El descontrol fiscal y monetario y otras circunstancias llevaron a la caída de Juárez Celman y la asunción de Pellegrini, quien implementó un severo programa de austeridad al tiempo que trataba de obtener de Baring un préstamo puente que ésta no le concedió. Mientras Baring entró en liquidación, el gobierno argentino negoció con el Banco de Inglaterra a cargo de Baring un préstamo por el que recibió un Bono de 5 millones de libras de la banca Morgan para pagar sus acreencias.

Ese préstamo moratoria y la prohibición de emisión durante la década abrieron el camino para la recuperación. En 1893 se hizo un nuevo arreglo reemplazando los Bonos Morgan con pagos en efectivo con una reducción de la tasas de interés y finalmente, en 1905, se reconvirtió a una tasa menor, el 4,5%.

Esta vez el resultado fue positivo, ya que el interés había bajado del 22% en 1829 al 15% en 1864 y al 6% en 1910, lo que implicó no sólo un menor costo fiscal sino el acceso a capitales para el sector privado.

La deuda pública en 1887 era un 59% del PBI; en 1893, un 92%; en 1901 había bajado a 60%, y en 1913, al 22 %. Esto fue el resultado del fuerte aumento del producto que entre 1875 y 1913 fue del 6,8% anual.

No pareciera entonces que recurrir a créditos externos fue siempre negativo. Las guerras y gestiones financieras erradas impidieron hasta 1870 que los créditos se aplicaran a infraestructura, una vez pacificado el país desde 1880, los créditos se utilizaron mayormente para la construcción de obras públicas, salubridad, puertos y miles de kilómetros de ferrocarril que permitieron poblar el país y obtener riqueza del producto de sus tierras, lo que resultó en su notable progreso.

El autor es profesor emérito de la Universidad de San Andrés.

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