"El escandaloso final del hombre más rápido... para hacer trampa"
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Bastaron solo 9,79 segundos para que aquel chico menospreciado se convirtiera en el hombre más veloz del planeta y exorcizara todos los demonios que lo perseguían desde su infancia pobre en Jamaica y su adolescencia atribulada en Canadá: él, Ben Jonhson, había ganado los 100 metros llanos en los Juegos Olímpicos de Seúl y le mostraba la medalla de oro al mundo entero. Pero, apenas 48 horas después, la gloria lo abandonaría para siempre.
Benjamin Sinclair Johnson, tal su nombre completo, nació el 30 de diciembre de 1961, en Falmouth, Jamaica, pero a los 13 años, emigró junto con su madre y seis hermanos a Ontario, Canadá. Su padre, en cambio, había decidido quedarse en su país y continuar con su trabajo en un fondeadero de ron y azúcar.
Su adaptación en esa nueva tierra fue difícil para él, debido al cambio de clima, ya que pasó de las agradables temperaturas caribeñas al largo y frío invierno canadiense, con nieve incluida. Para peor, pasó su adolescencia sufriendo insultos y menosprecios racistas, algo que hizo que se encerrara en sí mismo y desarrollara una personalidad hosca y retraída.
Introvertido y tartamudo, pronto fue trasladado a un aula para niños con problemas de relacionamiento, en el Instituto Yorkdale. Fue allí donde su hermano mayor, Eddie, le presentó al hombre que le cambiaría la vida: Charlie Francis, excampeón canadiense en los 100 metros llanos y entrenador de corredores en ese momento. Él se convirtió en su mentor y se propuso hacer de Ben un velocista de elite.
Francis siempre recordó que la primera vez que lo vio, en 1976, Ben pesaba poco menos de 50 kilos y medía 1,65 metros, pero que en apenas dos años creció 13 centímetros y aumentó dieciocho kilos. Johnson estuvo a punto de abandonar el atletismo, debido a la dureza de los entrenamientos; de hecho, lo dejó durante una semana, pero Francis habló con su hermano y logró hacerlo volver.
Su progresión, se recuerda en Redolat 1, sitio web especializado en entrenamiento de corredores, fue rápida pero no prodigiosa. "Nadie vislumbraba en Johnson el talento de los grandes atletas. Un grupo de entrenadores opinaba que tenía las piernas demasiado débiles", se relata, en una extensa nota sobre la historia del velocista.

Durante los primeros años, su figura fue anecdótica dentro del circuito atlético. En 1980, sin embargo, fue seleccionado por el equipo canadiense que participaría en los Juegos Olímpicos de Moscú, pero el boicot que varios países occidentales le hicieron a la Unión Soviética (de los que formó parte Canadá), lo dejó sin esa posibilidad. De todos modos, Ben Johnson ya corría los 100 metros llanos en 10,05 y empezaba a pisar fuerte.
En los Juegos Olímpicos de los Ángeles 1984, obtuvo la medalla de bronce en los 100 metros llanos, detrás Carl Lewis, y Sam Graddy. Luego de la competencia, un periodista le preguntó a Carl Lewis por un tal Ben Johnson. "Ben, ¿qué?", respondió el campeón estadounidense. Esa contestación desató la furia y el deseo de venganza de Ben, que se propuso que algún día le haría morder el polvo al "Hijo del viento".
Ben acumuló algunos campeonatos, estuvo a punto de romper el récord de los 100 metros llanos y se obsesionó cada vez más con la idea de superar a Carl Lewis. En 1986, sus actuaciones sorprenderían al mundillo de la velocidad: corría cada vez más rápido y se convertía, ahora sí, en una seria amenaza para el reinado dorado del "Hijo del viento".
Según cuenta Carlos Gats, atleta argentino que llegó a correr contra Jonhson en 1991, la preparación del jamaiquino nacionalizado canadiense dejó su huella en el circuito: fue un antes y un después de él. "Por ejemplo, calentaba haciendo sentadillas con 300 kilos, algo que antes de él se creía que era contraproducente. Él introdujo un nuevo concepto", recuerda.
Es más, Gats señala que la técnica de largada explosiva que desarrolló Jonhson fue extraordinaria. "Él sabía que la única manera de ganarle a Carl Lewis era lograr mucha ventaja en la salida, porque así le sacaría una distancia que luego sería muy difícil de descontar por su oponente. Logró hacerlo casi a la perfección y, desde el punto de vista de la técnica, aportó mucho a su deporte", explica el atleta.

En 1987, Jonhson plasmó esa técnica en la pista y asombró en el Mundial de Roma. "Big Ben", como ya lo apodaban, ejecutó una largada extraordinaria y logró la ventaja que había buscado en horas y horas de entrenamiento. Ese día fue un toro corriendo como un rayo: ganó y batió el récord mundial de velocidad al correr los 100 metros en 9,83 segundos. Minutos después, declaró que esa marca no duraría mucho, porque él mismo la rompería al año siguiente. Efectivamente, lo mejor estaba por venir.
El histórico 24 de septiembre de 1988, en los Juegos Olímpicos de Seúl, los dioses estarían con él. Ese día, en la prueba más atractiva del atletismo, no solo consiguió el oro en los 100 metros, sino que batió el récord mundial al marcar 9,79 segundos, se convirtió en el hombre más veloz del planeta y le hizo morder el polvo a un Carl Lewis.
Una vez más, su salida fue determinante. Johnson reaccionó en 132 milésimas de segundo, mientras que Lewis en 136, se detalla en la publicación de Redolat. La aceleración de Johnson de los 30 a los 60 metros superó todas las previsiones. Entre los 30 y los 40 metros hizo un parcial de 86 centésimas. Entre los 40 y los 50, de 84 centésimas, y entre los 50 y los 60 metros, de 83 centésimas. Pese a que los dos corrieron entre los 50 y los 60 metros a la misma velocidad (43’38 km/h), el norteamericano ya iba con 15 centésimas de retraso.
El plan de Jonhson había sido ejecutado a la perfección, ante 70.000 espectadores que no podían creer lo que habían presenciado: lo que sucedió ese mediodía en Seúl no tenía explicación racional alguna, estaba fuera de todo lo imaginado. Big Ben había pulverizado su propio récord y había pulverizado a sus rivales. Es más, poco antes de cruzar la meta, se había dado el gusto de levantar su brazo triunfal y mirar "sobradoramente" a su archirrival.
Aquel chico retraído y menospreciado se había convertido a sus 26 años en la superestrella del atletismo mundial, le llovían los contratos millonarios de marcas que ya se peleaban por él y tenía un futuro de gloria por delante. Estaba en su mejor momento, tocando el Cielo con las manos. Pero... siempre hay un "pincelazo" que hace desgarrar.

A las 22.30 del lunes 26 de septiembre de 1988, dos días después de la carrera, un diario local, "The Chosu Sun", publicó en su edición nocturna que el control antidoping de Big Ben había dado positivo. Y, efectivamente, al otro día se oficializó: su orina tenía stanozolol, una droga que potencia la masa muscular. Eso no fue todo. La investigación arrojó que el atleta tomaba esa sustancia desde hacía años.
Se le quitó la medalla de oro, se invalidaron sus récords y lo suspendieron por dos años. En Canadá, donde ya habían preparado su estatua, fueron más duros: lo suspendieron a perpetuidad. Luego se le suavizó la pena y pudo volver en 1991, pero ya nunca más fue el mismo e, incluso, volvió a dar positivo en un control antidoping dos años después.
Se terminó así la historia del hombre que alguna vez "fue el viento": todas sus marcas fueron borradas por completo y, si se revisan los registros oficiales para reconstruir cómo evolucionó la velocidad humana en los 100 metros llanos, nada se encontrará de un tal Ben Johnson ni de sus asombrosos 9,83 segundos de Roma o 9,79 segundos de Seúl. Solo la patente de su auto sostiene este último hito: en ella se puede leer todavía hoy "BEN979".
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