
El Gobierno, desubicado
Por Martín Kanenguiser Especial para lanacion.com
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Cuando ahora hasta las voces más liberales del pensamiento económico mundial aprueban (y casi hasta ruegan) que los países adopten una política fiscal expansiva para evitar que la incipiente recesión mundial se transforme en una depresión profunda, la Argentina aparece, una vez más, desubicada frente al resto.
Economistas ortodoxos han acercado posiciones a la fuerza hacia la heterodoxia, porque la situación de pánico lo amerita.
Por esa razón la reciclada consigna de fomentar el gasto público para estimular la economía global alicaída parece estar vigente para todas las naciones... menos para aquellas que ahora deberán ponerse a ahorrar porque gastaron mal (no de más: mal) en los últimos años.
Y ese límite parece valer tanto para Estados Unidos, a quien todos le piden que baje su nivel de consumo, como para la Argentina luego de un crecimiento del 9% anual desde 2003 que bajaría al 3 % en 2009.
China, en cambio, tiene margen y hasta el deber de transformarse en "locomotora" a partir de la expansión de su mercado interno, frente a un G-7 atontado y débil.
La gran diferencia entre Estados Unidos y la Argentina, claro está, reside en la denominada "sustentabilidad de la deuda": mientras todo el mundo sigue buscando refugio en los bonos del Tesoro de EE.UU., la cantidad de inversores dispuestos a comprar riesgo argentino son cada vez más escasos. Por esta razón, aunque la solución a la que apela EE.UU. con la actual inyección de hiperliquidez seguramente generará otra burbuja crediticia como advirtió ayer el ex presidente del BCRA Mario Blejer, la Argentina no tiene esa opción.
Para evitar una colisión, el Gobierno probó este año primero con las retenciones móviles y no pudo; ahora toma los fondos de las AFJP y confía en poder pagar sus compromisos. Pero nunca blanquea que tiene problemas, ni siquiera cuando tiene margen para echarle la culpa a la "crisis financiera mundial".
Por esta actitud de negación, cada vez son más los que dudan sobre la viabilidad de poder cumplir con los compromisos financieros en los próximos dos años, inclusive en las filas del propio gobierno, donde algunos funcionarios rezan para que se termine la obstinación matrimonial en contra del FMI frente a la flamante decisión del organismo multilateral de prestar dinero con pocas exigencias.






