El Gobierno necesita una nueva narrativa macro y micro para despertar a los inversores
Hoy hay fallas tanto en la narrativa macro como en la narrativa micro del importante proceso de cambio en el que está sumergida la Argentina bajo la presidencia de Javier Milei; llegó el momento de transmitir más claramente el camino que tomará la política económica
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Mervyn King, ex gobernador del Banco de Inglaterra, se hizo más conocido en nuestro medio cuando, en el marco de una presentación de 2005, hizo una analogía entre el segundo gol de Diego Armando Maradona a la selección inglesa en el Mundial de 1986 y la conducta de los bancos centrales del mundo. En su “Maradona theory of interest rates”, King aseguraba que los bancos centrales muchas veces pueden manejar la inflación guiando las expectativas de tasas de interés más que cambiando las tasas de interés. Es decir, lo importante es que si el mercado cree que el banco central va a tomar las medidas necesarias, va a reaccionar adecuadamente, permitiendo al banco central lograr sus objetivos con pocos o ningún movimiento real en las tasas de interés. Algo parecido pasó con Maradona en ese épico gol; los defensores pensaban que él iba a ir hacia la izquierda o hacia la derecha y se posicionaban para esos movimientos esperados, cuando en realidad corrió en línea recta al arco. Más genéricamente, la idea de King es que los resultados no solo están dados por los movimientos, sino por las expectativas sobre los movimientos.
Hay un libro más reciente de King, escrito junto a John Kay, profesor de Oxford, que sigue esta línea pero que puede resultar más importante aún para entender la realidad argentina. En “Radical Uncertainty” (Incertidumbre radical), Kay y King argumentan que los humanos utilizamos narrativas para dar sentido a situaciones únicas y complejas, algo que los números por sí solos no pueden hacer. Las narrativas ayudan a aclarar el contexto, comunicar supuestos y construir un entendimiento compartido. El futuro es muy incierto y es imposible ponerlo en términos de probabilidades de distintos escenarios, por lo que debemos construir “narrativas”, historias estructuradas que nos permitan entender qué está pasando (el contexto), por qué está pasando (causas), quiénes son los actores más importantes (agencia), y qué podría razonablemente pasar en el futuro. Las narrativas no son proyecciones, son marcos para entender procesos.
Hoy hay, a mi entender, fallas tanto en la narrativa macro como en la narrativa micro del importante proceso de cambio en el que está sumergida la Argentina bajo la presidencia de Javier Milei. Y estas fallas están haciendo más difícil tanto la reducción del riesgo país y la inflación, como también limitando el crecimiento económico.
El “relato”, como decía Cristina Kirchner, del nuevo modelo económico está claro en términos generales. El “relato”, esa construcción narrativa y política del kirchnerismo para explicar su visión del país, basado en el fuerte rol del Estado y la expansión de “derechos” (“donde hay una necesidad nace un derecho”), busca ser reemplazado por un “relato” basado en la iniciativa privada y los valores de la Constitución Nacional tal como fue ideada por Juan Bautista Alberdi, con referencias a un pasado glorioso del país (Make Argentina Great Again). Es decir, la gran narrativa o, en términos de Kay y King, esa explicación general que nos permite entender cada nueva pieza de información, está claramente planteada por el Gobierno: la libertad va a crear prosperidad. Pero, si bien soy un fuerte creyente en la potencia de estos valores, parecería que no están siendo suficientes como para convencer totalmente a inversores financieros y no financieros de sus bondades. Falta despertar a los “animal spirits”, tanto empresarios (más allá de minería y petróleo y gas) y del mercado financiero.
La Argentina experimenta en los últimos meses un proceso de “estanflación”, con un aumento de la inflación y un estancamiento de la actividad, al tiempo que el riesgo país no termina de perforar los 500 puntos básicos (5%) y las tasas de interés domésticas permanecen extremadamente volátiles y muy elevadas en promedio. La bolsa argentina está quedando atrás del resto de las bolsas de Latinoamérica luego del rally post-electoral. El crédito está estancado y los préstamos con atraso e incobrables están volando. El salario real y los puestos de trabajo formales caen. El mercado laboral se está precarizando, pero el horizonte de los nuevos desempleados se ve cada vez más limitado. La caída en los precios de los deliveries muestra que hay mucha oferta en ese mercado, que quizás esté llegando a un nivel de saturación.
Las ventas de bienes de consumo masivo están muy débiles. Las expectativas del consumidor cayeron un 4,7% en febrero, y su subcomponente de “situación personal” declinó un 7,62%. Si bien el dato de actividad de diciembre resultó muy positivo, fue impulsado por el agro, Vaca Muerta y el sector financiero. El resto de los sectores de servicios languidecen, y la manufactura y la construcción no repuntan. Las noticias de cierres de fabricas se multiplican todas las semanas.
En este entorno macro, y producto de nuestra historia de fracasos y reversiones de política económica, se corre el riesgo de que los eventos lleven a la población a suponer que la narrativa en la que estamos sumergidos no es la del gobierno, sino una de destrucción de empresas y desempleo. Las narrativas actúan por analogía. Un esfuerzo de estabilización macroeconómico que conjuga un tipo de cambio atrasado con un parate económico y problemas de empleo puede ser igualado en la mente de los argentinos a otros experimentos similares fracasados. Si es así y actúan en consecuencia, no se animarán a invertir en nuevas empresas, o a comprar bonos o acciones argentinas. Si bien es cierto el argumento del Gobierno de que este proceso tiene una gran diferencia con los anteriores porque hay superávit primario, es casi inocuo para la narrativa, porque es una variable inobservable para la población, que solo ve si tiene empleo o no, y si llega a fin de mes o no. Hay entonces que recalibrar los aspectos operacionales de la narrativa macro y micro del Gobierno.
En el aspecto macro, el equipo económico se mueve como si tuviese en su posesión una formula económica secreta, inaccesible para el resto de los mortales, incluyendo a los economistas locales (“econochantas”), economistas de prestigio internacional como Maurice Obstfeld entre muchos otros, el FMI y hasta el propio Wall Street. Esto los lleva a repetir exageraciones como que el tipo de cambio se iba a ir al piso de la banda (no se fue), que la base monetaria no crecía (crecía fuertemente, y tuvieron que inventar un concepto que no existe en ningún libro de texto de economía de la Galaxia, la “base monetaria amplia”), que la inflación “tiene fecha de defunción” (subió ininterrumpidamente desde mayo de 2025 a enero de 2026), que no necesitaban comprar reservas (terminaron comprando), que no necesitan emitir deuda en el mercado internacional (todos los países lo hacen, y la Argentina enfrenta una montaña de vencimientos, con lo cual va a tener que terminar emitiendo), y muchos otros más. Dicha fórmula secreta no debe ser explicitada, y el equipo económico siente que debe tener “las cartas cerca del pecho”. Prefiere la discrecionalidad a las reglas.
El problema es que estas fanfarronadas afectan la credibilidad del mensaje y, como dicen Kay y King, la credibilidad es parte importante de una buena narrativa porque es lo que permite convencer a la gente de tomar un cierto camino. Tengo que creerte para poder seguirte. El problema se agrava porque los inversores ya conocen bien a los argentinos y en particular al equipo económico, con quienes no tuvieron una experiencia muy feliz durante el gobierno de Mauricio Macri. Es más, saben que al final de cuentas la Argentina tuvo que recibir dos salvatajes multibillonarios en 2025, uno del FMI y otro del Tesoro de los Estados Unidos. Así, el riesgo país no termina de caer como debería, la bolsa no sube, y los depósitos y los créditos en pesos caen en términos reales.
Una narrativa macro mucho más creíble consistiría en partir de las impresionantes fortalezas de este programa, el orden fiscal y las reformas micro –incluida ahora una reforma laboral sin precedentes en democracia—y adoptar senderos más homologables con experiencias exitosas de desinflación, como las de Israel, Chile o Perú. Llegó el momento de transmitir más claramente el camino que tomará la política económica, que debe terminar con un banco central independiente, reservas más elevadas, un Indec autárquico, un esquema de metas de inflación, sin controles de capitales, con tipo de cambio flotante y con un programa estándar de emisión de deuda en el mercado local e internacional. En su lugar, las autoridades están apostando a la reactivación de la economía vía el blanqueo de dólares, la emisión de bonos de cortísimo plazo en el mercado doméstico para hacer frente a los vencimientos de deuda y otros artilugios criollos que no funcionan en ningún otro lugar del mundo.
La narrativa micro también debe ser recalibrada. Si un extraterrestre cayera hoy a la Argentina, se llevaría la impresión que el objetivo del Gobierno es convertirnos en un país exportador de petróleo, gas y (algo) de productos agrícolas, y que el resto de la economía le importa poco y nada. A veces hasta parece que quiere que muchas empresas quiebren, como muestran los ataques permanentes a empresarios industriales. En una transformación productiva como la que encara el Gobierno, hay naturalmente un proceso de destrucción creativa. Hay sectores que mueren y son reemplazados por otros. El problema es que falta una visión de qué es lo que va a reemplazar (más allá de Vaca Muerta y la minería) lo que muere. Ante un escenario así, conjugado con la falta de demanda y las tasas elevadas, es difícil que muchos se animen a invertir en nuevos sectores.
No se trata de elegir sectores, pero sí de brindar una visión de qué puede hacer la Argentina más allá de Vaca Muerta y la minería. Por ejemplo, el impresionante crecimiento de los servicios que vimos durante la presidencia de Menem está ausente en el proceso actual. Obviamente que la mayor parte de esta deficiencia de inversión no se debe al Gobierno, sino a nuestra historia, pero la narrativa micro debe ofrecer una visión que inspire a los animal spirits a invertir en distintos sectores y geografías dadas las restricciones reales tanto políticas como económicas que enfrentamos. Confrontar con los mismos empresarios que podrían estar liderando iniciativas en muchos sectores no es la mejor fórmula para salir del atolladero. Sería mejor sentarse con ellos para ayudar al sector productivo a reconvertirse y adaptarse a una economía abierta al mundo.
El Presidente, en su discurso de apertura de las sesiones del Congreso, tiene hoy una oportunidad importante de avanzar en recalibrar la narrativa macro y la micro para despertar la inversión financiera y real. Así, la Argentina podría comenzar a crecer fuertemente y crear empleo de calidad a lo largo y lo ancho de la República, cementando el camino a una economía abierta al mundo.
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