
El país perdió posición relativa en el mundo y vivió cinco décadas de retrocesos con crisis muy fuertes
Por Manuel A. Solanet Para LA NACION
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La actual crisis, seguramente la más profunda que registre nuestra historia económica y social, se encuadra dentro de un más largo proceso de caída relativa de la Argentina en el concierto mundial. Habrá siempre discusión acerca del momento en que se inició este largo proceso y aún mucho más sobre las causas que lo determinaron. Cualquier análisis sobre el tema no puede prescindir de la ideología, la preferencia política e incluso del papel que cada uno ha tenido en acontecimientos relativamente recientes. Nuestra decadencia es historia contemporánea. Ha ocurrido en los últimos sesenta o a lo sumo setenta años.
Para muchos argentinos todavía perdura el recuerdo de una Argentina iluminada y potente, cuando nuestro Billiken era leído en toda Hispanoamérica. Eran los tiempos en que la Argentina exportaba su cine y sus libros. Cuando las colecciones privadas de arte no tenían por qué envidiar a las de muchos países europeos y nuestro ingreso por habitante superaba al de todos los países latinoamericanos y gran parte de los europeos. Era cuando nuestras universidades formaban médicos o ingenieros para los países vecinos o aun más lejanos, irradiando cultura y reconocimiento. Era el tiempo en que las principales naciones entraban en la Segunda Guerra Mundial mientras que las reservas en oro de nuestro Banco Central "impedían caminar por sus pasillos".
Pero ya en esos tiempos la postergación de la Argentina venía larvándose. La crisis de 1930 nos había golpeado fuerte al desplomarse los mercados externos y encontrarnos con una economía abierta y particularmente orientada hacia Europa.
Fue entonces cuando aparecieron las primeras manifestaciones intervencionistas y comenzaron a tomar espacio político las expresiones nacionalistas y antiimperialistas que se habían insinuado en la década del 20. El debate que siguió al Tratado Roca. Runcimann así como las acusaciones en relación con la cuestión de los frigoríficos, incorporaron emociones que redujeron los espacios de racionalidad para elaborar políticas mejor orientadas para los intereses del país.
El quiebre constitucional con la revolución de 1930 y la proscripción posterior redujeron la legitimidad de los gobiernos que siguieron, cualesquiera hubieran sido sus logros o resultados. Se acuñó la denominación de "década infame", calificativo que seguramente podrían recibir con más mérito las décadas que le sucedieron.
Se gestaron durante los años 30 los impulsos para las erradas políticas que se implementaron posteriormente y que fueron claramente determinantes de la decadencia de la Argentina a partir de los años 40. La tardía declaración de la guerra al Eje fue fiel reflejo de las ideas predominantes en la clase política y en las conducciones militares que asumieron el gobierno en junio de 1943. El corporativismo y el nacional socialismo generaban en la Argentina una adhesión que distaba de la observada en Brasil y otros países de la región. El capitalismo, la subsidiaridad del Estado o la apertura económica no estaban en el eje del debate, pero subyacía una resistencia a esos conceptos, que era consistente con las tendencias políticas.
El avance de Perón con las banderas de la independencia económica y la justicia social fue en rigor el de la eclosión de una política proteccionista con un alto grado de intervención estatal y el de un redistribucionismo basado en la desacumulación de reservas y otros activos públicos (por ejemplo, los fondos de las cajas de jubilaciones). Se estatizaron empresas de servicios públicos y comenzaron a crecer las burocracias del gobierno bajo fuertes impulsos clientelistas. La inversión pública decreció a pesar de la intensa publicidad que recibía cada obra. El déficit y la emisión desembocaron en inflación, un fenómeno que la Argentina no conocía. La corrupción encontró ambientes más propicios y, naturalmente, creció.
La organización sindical bajo el molde mussoliniano acompañó el diseño de una legislación laboral más favorable para los trabajadores, pero con rigideces e impacto sobre la competitividad. Esto se compensó con altas barreras arancelarias, cuotas o prohibiciones de importar. La economía argentina se cerró, las exportaciones se estancaron y se sentaron las bases de la prolongada posterior decadencia económica. El llamado modelo de sustitución de importaciones y la teoría de la dependencia recibieron el respaldo doctrinario de la Cepal y se extendieron, para perjuicio de la región, por gran parte de América latina.
Ni los posteriores gobiernos militares ni los constitucionales, sean radicales o peronistas, cambiaron significativamente las reglas esenciales. Hubo intentos de mayor apertura económica y de reformas pro mercado, pero que por carecer de cambios consistentes en las políticas fiscales o en desregulaciones pro competitivas terminaron frustrándose. La Argentina durante cinco décadas fue perdiendo posición relativa en el mundo, pasando por fuertes crisis y cortos períodos de recuperación. En los fracasos siempre surgieron corrientes políticas prevalecientes que adjudicaron la culpa al modelo neoliberal o capitalista, como si no tuvieran a la vista los ejemplos de las dos Alemanias, o las dos Coreas, o las dos Chinas.
Violencia y radicalización
Estos cuestionamientos, fuertemente ideologizados, tuvieron extremos de violencia y radicalización. El impulso del mayo francés y los intentos de exportación del castrismo potenciaron, desde fines de los años 60, la violencia y la contra violencia que azotaron a la Argentina de los años 70.
La experiencia menemista fue probablemente la de mayor profundidad en las reformas, aunque pecó de las mismas inconsistencias que luego continuaron en la gestión de De la Rúa. El final, que acumuló errores sobre errores, es la crónica de estos últimos meses. La corrección de las deformaciones y la reinserción en el mundo exigirán esfuerzo, pero por sobre todo la lucidez de elegir el camino acertado. Debemos hoy recordar las palabras de Ortega dichas cuando el comienzo de nuestra decadencia ya se insinuaba y él observaba nuestra dialéctica redundante: "Argentinos, a las cosas..."





