El siglo de la sustentabilidad
Por Carlos Merenson Para LA NACION
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Muchos coinciden en afirmar que no se puede alcanzar el desarrollo social sin crecimiento económico, y también muchos afirman que el crecimiento económico no puede mantenerse sin un desarrollo social basado en la justicia y la equidad. Pero no son tantos los que perciben que el crecimiento económico y el desarrollo social no se podrán sustentar sin proteger sus bases físicas: la diversidad biológica, los recursos naturales y el ambiente.
El vertiginoso desarrollo de la ciencia y el acelerado crecimiento económico registrados en las últimas décadas han posibilitado adelantos en los niveles de vida que nuestros antepasados no habrían podido imaginar, pero también han dañado los sistemas naturales de forma casi irreversible.
En un escenario en el que la existencia de una crisis ambiental ya no es materia de discusión, lo nuevo resulta percibir que se ha iniciado una fase en la que es el denominado modelo económico occidental el que se encuentra en peligro, ya que la economía no podrá crecer si los ecosistemas que le dan sustento siguen deteriorándose. Se requiere en consecuencia, construir una "nueva economía" para este "nuevo siglo".
No se trata de un cambio menor o de aplicar recetas económicas más o menos ortodoxas, se trata de un cambio sustancial de conductas, de forma de vida, de relación con el mundo natural. Estamos dejando atrás el "siglo del crecimiento"; pero al mismo tiempo debemos dejar atrás el que fue el "siglo del agotamiento" de los recursos de la Tierra.
La configuración de una nueva economía resulta entonces el mayor desafío del siglo XXI que, a no dudarlo, será el "siglo de la sustentabilidad", y sus consecuencias se podrán constatar tanto por acción como por omisión. Quienes así no lo comprendan descubrirán, aunque tardíamente, que el deterioro de los sistemas de soporte ambiental de sus producciones los habrán conducido a la decadencia económica y social.
Por otra parte, convertir la economía del siglo XX en otra que sea sustentable representa la mayor oportunidad de inversión que registra la historia y se convertirá en una fuente casi ilimitada de beneficios.
La idea de reconvertir a la sustentabilidad nuestros campos y fábricas, nuestro comercio, nuestras oficinas y hogares, además de impulsar nuestros sistemas científico-técnicos, generará una poderosa actividad económica, muchas veces basada en trabajo intensivo, en un mundo donde falta empleo rentado y en el cual crear trabajo resulta esencial para luchar contra la pobreza.
Pero para que ello ocurra se deberá superar la concepción según la cual la economía es capaz de evolucionar en forma independiente del ecosistema de la Tierra. Urge que se entienda que la mayor amenaza para el progreso ya no es el número de barcos de pesca disponibles, sino la disminución de las reservas de peces; ya no es la potencia de las bombas, sino el agotamiento de los acuíferos; ya no es el número de motosierras, sino la desaparición de los bosques, y, en definitiva, que lo que está limitando el desarrollo no son las materias primas estratégicas, sino la vida misma y los ecosistemas que le dan sustento.
Nos toca vivir un período de transición que nos aproxima día tras día al nacimiento de una nueva economía, más eficiente en el uso de los materiales y la energía y que permitirá liberar recursos para resolver los problemas sociales y para empezar a restaurar nuestro hogar común: la Tierra. Para que ello ocurra, además de la modificación de las estructuras sociales y productivas de todo el mundo, se requiere un cambio profundo en cada uno de nosotros. Se requiere una verdadera revolución mental, ya que, tal como lo indicó Einstein: "Los problemas no se pueden resolver dentro del marco mental que los creó".
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