En China empiezan a evaluar la moral
El nuevo sistema de calificación del desempeño apunta a la ética de los trabajadores
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Hace pocos días, el viceministro de Recursos Humanos y Seguridad Social de China, Yang Shiqiu, anunció una reforma del sistema de evaluación de desempeño anual de los funcionarios, en la que participarán también los consumidores de servicios gubernamentales a través de cuestionarios, simposios y entrevistas personales. Los resultados influirán sobre la formación, los ascensos, las recompensas y los castigos. Hasta aquí no hay mayor novedad respecto de las prácticas occidentales, en particular aquella que se denomina Feedback 360, cuya alusión gráfica, los grados totales que componen un círculo, no es arbitraria. Consiste en la intervención del superior, pares, clientes y hasta familiares o amigos que manifiestan su opinión sobre el evaluado. La suma de todos los puntos de vista termina dando un resultado que implica mejorar o continuar actuando de la forma en la que viene desempeñando sus tareas.
El Partido Comunista Chino definió, a fines de octubre último, que "un mejor sistema de evaluación es vital para el desarrollo científico del país", pero lo que se rescata y sorprende de las declaraciones del viceministro Yang es su afirmación acerca de las intenciones del nuevo instrumento. Según define: "Las evaluaciones deben centrarse más en las calidades morales de los funcionarios que en su rendimiento en el trabajo".
Nos topamos así con una novedad llegada del Lejano Oriente, más allá de que China adhiera a un sistema político diferente al que estamos involucrados. No se puede saber bien si lo que se plantea pertenece a la historia o al sistema, pero la pregunta surge, inevitable: ¿es posible introducir en nuestro pensamiento la supremacía de lo moral por sobre el rendimiento?
La invitación a pensar sobre estas cosas incluye, en primer lugar, a los funcionarios públicos, pero no por esto debería ser ajena a cualquier situación de liderazgo en las organizaciones privadas. Sería, en términos imaginarios, un escenario inarmónico. Habría funcionarios rectos y dirigentes eximidos de toda obligación moral. ¿O tal vez sea el principio de una recomposición ética?
La moral por encima del rendimiento. Acosan, a partir de esta definición, las imágenes guerreras con las que se intenta definir el liderazgo, con cierto apego a la competitividad sin límites. Pero en el revoltijo, en medio de la afanosa búsqueda de las claves de un liderazgo eficaz, puede haberse omitido esta posibilidad de que un comportamiento ético sea el fundamento de cualquier relación sana y, por lo tanto, eficaz, entre supervisores y supervisados.
El comportamiento ético no tiene nada que ver con santos ni santurrones. Tampoco con la ingenuidad, la candidez o la inexperiencia. Está enclavado en el centro mismo de la toma de decisiones, una habilidad necesaria, fundamental, para un dirigente de cualquier nivel en las escalas jerárquicas. Es el momento de la acción. Al decir de Fernando Savater: "El ser activo no sólo obra a causa de la realidad, sino que activa la realidad misma, la pone en marcha de un modo en que sin él nunca hubiera llegado a ocurrir". Este es el punto en el que se abren caminos y hay que elegir. Qué se premia y qué se castiga en una evaluación de desempeño dará paso a las conductas esperadas, donde primará la moral sobre la eficacia o viceversa. Así se construye también la sociedad: en cada puesto de trabajo.
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