En el freezer: el dilema del empleado congelado en el trabajo
Son trabajadores que se sienten apartados por sus jefes, y con tareas y responsabilidades reducidas
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Arturo sentía muchas ganas de volver a empezar. Con más de 55 años, cuando entró como ejecutivo de cuentas en una comercializadora de publicidad se sintió pleno, renovado.
Y al comienzo todo fluyó bien. Pero tras unos meses, su jefe -un familiar del dueño de la empresa- comenzó a fijarle "pautas y estilos" de trabajo que él consideraba "autoritarios".
Llegaron entonces los cruces. "Con el paso del tiempo comenzó a asignarme tareas de reportes y control de gestión muchas veces duplicadas en su propósito -relata Arturo-.
Nada, absolutamente, nada quedaba librado a mi criterio y resolución en función de mis años de experiencia profesional y laboral."
Durante los siguientes tres años le quitaron funciones y responsabilidades, lo cual –dice el ex ejecutivo– relegó sus posibilidades de desarrollo profesional y su remuneración. "La situación se agravó al extremo de prácticamente ignorar mi gestión y excluirme de cualquier proyecto."
Al final se rozaron algunos extremos. El jefe de Arturo le dijo que sus clientes pedían que no mandaran a un "viejo", sino a una "vendedora con buen físico". Arturo se fue. Pero antes le cuestionaron: "¿Cómo vas a conseguir trabajo a tu edad? A las empresas no les interesa gente como vos".
Sentirse en el freezer –una situación que muchas veces roza el mobbing o maltrato emocional– produce humillación, frustración y sufrimiento porque, dicen los expertos, afecta la dinámica del reconocimiento, un mediador central para darle sentido al esfuerzo que implica el trabajo.
No hay estadísticas sobre este fenómeno, pero algunos números que bordean el problema sirven de indicio. Según una encuesta de TNS, ocho de cada diez (79%) argentinos que trabajan afirmaban estar satisfechos con sus empleos en 2011. Pero en ese mismo relevamiento, un 46% declaraba que su trabajo no ofrecía buenas perspectivas de desarrollo.
"Solemos entender por el hecho de estar freezado, la creencia y la sensación de estar desconsiderado o castigado dentro de una estructura laboral -explica el psicólogo Eduardo Chaktoura-. Pero deberíamos considerar las particularidades de cada situación, causa o contexto".
En ese sentido podría considerarse que en el mundo del empleo hay distintos modos o modelos de freezer. "Una cosa es estar freezado porque la empresa está atravesando algún tipo de crisis, proceso de transición o porque está en temporada baja de producción. Pero otra muy distinta es sentirse castigado o excluido por mal desempeño o ensañamiento de un superior", afirma.
Según Chaktoura, resulta esencial para el empleado tener información precisa sobre los motivos reales del freezer. Todo lo que disminuya los niveles de incertidumbre facilitará la estrategia para afrontar la situación.
El congelamiento no es sólo propiedad privada. Nicolás es abogado y hace 14 años que trabaja en el Estado. Meses atrás se sentía contento porque sus jefes directos lo habían felicitado a pocos días de definirse un ascenso y él aparecía primero en el escalafón. Pero no avanzó. "Sentí bronca, impotencia y desánimo porque la persona a la que le dieron el puesto estaba décima. Esto es muy común en el Estado, donde hay mucho lobby", agrega el joven. Sin embargo, "la calentura" sólo le duró unos días y volvió al trabajo con todo, incentivado para pelearla de nuevo.
"Cajonearle la carrera, dejar de invitarlo a reuniones de las que participaba anteriormente, dejar de asignarle determinadas responsabilidades es lo que algunos llamaron el síndrome del placard", explica el doctorando en Psicología en la UBA y el CNAM (Francia) Patricio Nusshold.
Según el docente, se trata de acciones muy tóxicas para la salud mental del trabajador no sólo porque debe lidiar con poca carga de trabajo ante el retiro de funciones, sino sobre todo porque afecta el reconocimiento. "Sólo podemos creer que nuestro trabajo tiene sentido si lo que hacemos supone un desafío. El ir resolviendo problemas en la oficina es un mediador central en la construcción de nuestra identidad y de la confianza en nosotros mismos", describe el experto. "Sé cuánto valgo porque, entre otras cosas, gracias al trabajo pude probármelo resolviendo muchas situaciones complejas. Si nosotros podemos darle un sentido a lo que hacemos, o si los jefes o pares nos reconocen por ese esfuerzo, podemos creer en nosotros mismos. Por eso cuando nos cajonean se abre un riesgo para la posibilidad de creer en nosotros mismos."
La consultora, docente e investigadora en Ergonomía Michelle Aslanides menciona la película El placard como un buen retrato que el cine hace de este fenómeno "potencialmente humillante, generador de frustraciones y sufrimiento".
"Lo que el ser humano pierde en estas situaciones es el reconocimiento por hacer su trabajo, la posibilidad de mostrar al otro que puede hacerlo bien y el placer que se produce al hacerlo bien", dice.
"En el freezer no se espera nada del trabajador, sólo su renuncia. Se le quita la posibilidad de socializarse, de compartir con sus colegas los logros y los fracasos, y esos colegas de pronto se comportan como desconocidos y cómplices forzados de la reorganización", explica.
Según la especialista, el trabajador pierde sobre todo el sentido de lo que ocurre y se cuestiona a sí mismo en su capacidad profesional. "Muchas veces las razones de su exclusión del sistema no son explícitas y ese silencio contribuye a una progresiva confusión. El trabajador comienza a creer que no es capaz de hacer su trabajo y siente que su lugar en el freezer o el placard está justificado. Las consecuencias de este tipo de mecanismos de gestión pueden llegar hasta el suicidio", advierte Aslanides.
¿Qué hacer con una persona que se siente freezada en el trabajo? El especialista en coaching y liderazgo del IAE Rodolfo Rivarola estima que el dilema está entre esforzarse por salir disruptivamente del freezer o dormirse en el frío laboral. "En un proceso de coaching buscaría identificar los recursos que tiene la persona para buscar una forma de desafiar el statu quo", opina Rivarola.
"Para eso propongo convertir el enojo por la injusticia en una pregunta desafiante hacia la autoridad, buscando comprender los motivos que subyacen al freezamiento y también para construir un camino para salir del mismo", agrega.
"La persona freezada debería poder recurrir a su autoestima para poder salir de dicho estado. Si permanece mucho tiempo congelado se irá enfriando y podrá ser juzgado de cómodo. Si decide salir de allí en forma explosiva podrá tener una reacción no recomendable y dar excusas para ser tildado de agresivo", cierra.
Perspectivas diferentes
El experto en biología molecular y consultor en diversas organizaciones Estanislao Bachrach propone un juego para los jefes. Usa un medidor de combustible para que cada uno indique cuál es el estatus de su relación con sus empleados.
"El objetivo de este ejercicio es que piensen en cada uno de sus colegas o personas a cargo para demostrar de forma visual cuánta importancia tiene esa persona y su tarea en la organización", explica. "Es clave como líder gestionar cuánta importancia se dedica en el trabajo a la gente y sus tareas. Es crucial mostrar que para uno cada tarea es muy importante sin distinguir si es la persona que limpia o el CEO", recomienda.
La filosofía suele darse el lujo de dar un paso atrás y mirar desde otra perspectiva. "El concepto de trabajo tiene varias acepciones", afirma Santiago Kovadloff. "La primera, como sentido vocacional, que produce identidad porque la persona se constituye como sujeto. Pero luego aparece el trabajo enajenado, como mercancía. Al hacerlo, el trabajador se irrealiza como sujeto", describe y agrega: "La mayoría de las personas están lejos de realizarse vocacionalmente. Trabajan para ganarse la vida, para no ser desocupados y perder identidad social."
No todo está perdido tanto para las personas con vocación que se sienten freezados como para aquellos que piensan el trabajo como un medio para un fin. Incluso ambas situaciones, piensa Kovadloff, pueden ser oportunidades para ganar tiempo y dedicarse a lo que uno disfruta.
Kovadloff recuerda una anécdota ilustrativa. "Fui a visitar a Sábato y me dijo: Mire, trate de no vivir de la literatura. Trabaje en un banco o en un taller, no importa. Trabaje de algo que le permita ganar tiempo para hacer lo que le importa." Así lo hizo Arturo, que creó su propia empresa y -ya descongelado- disfruta más a su familia.
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