
En software, la piratería es una industria
Cada año, los productores del sector pierden en la Argentina cerca de U$S 200 millones
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Cuando la explosión de la informática parecía sólo una fantasía, copiar un programa de computación que un amigo a la vez había recibido de otro amigo sonaba como un engañoso desafío a los gigantes que desarrollaban software y lo cobraban carísimo.
Los más populares programas de Microsoft, WordPerfect, Novell, Autodesk, Corel y Quark -y ni qué hablar de los juegos- se propagaban sin que esas empresas percibieran un centavo de regalía por el uso de su licencia. Y con cada reproducción, el beneficiario no dejaba de exhalar cierto goce con la sensación de haber "burlado" a los poderosos.
"Antes se decía que los altos precios lo justificaban, pero hoy, cuando se pueden comprar paquetes de cuatro o cinco u ocho programas por lo que hace uno o dos años costaba un programa, ese argumento ya no sirve", dice Federico Gagliardo, el gerente de licenciamiento de Microsoft de Argentina SA y un símbolo de los cazapiratas del software.
Hay mil motivos por los cuales se roba un software, desde los psicológicos, culturales o ideológicos hasta los más obvios, o sea, los económicos. Y el efecto final es siempre el mismo: el daño patrimonial a las empresas y los profesionales que desarrollan estos productos.
Cosa de emergentes
La piratería -si se busca un pobre atenuante- es un fenómeno mundial, aunque según Jorge Walpen, gerente de la división software de IBM para la Argentina, Chile, Perú y Uruguay, "el problema está muy asociado con mercados emergentes, como los de América latina y Asia".
El software -una industria donde la principal materia prima es el cerebro- es uno de los negocios más exitosos de la actualidad, con un mercado mundial de U$S 77.000 millones en 1994 y una actividad de piratería que en 1995 provocó pérdidas globales por aproximadamente U$S 15.200 millones, según la Business Software Alliance (BSA), una asociación antipiratería creada por la industria.
Aunque China es un caso aparte, para la BSA América latina quema las manos, ya que es la región con el más alto índice de piratería: el 79% de los programas instalados tiene origen ilegal.
Como América latina
El más reciente relevamiento anual de la BSA indica que en 1995 la piratería latinoamericana -contando 16 países- ocasionó a los desarrolladores de software pérdidas del orden de los U$S 1400 millones, con márgenes de ilegalidad del 71% al 99%, según los mercados.
La Argentina parece estar justo en el promedio: el 79%, según la asociación Software Legal, el capítulo local de la BSA, motorizado por Microsoft, Sy-mantec, SCO, Adobe Systems y Autodesk.
La Cámara de Informática y Comunicaciones de la República Argentina (Cicomra) calcula que las inversiones en informática llegan a los U$S 1185 millones anuales, de los cuales U$S 495 millones corresponden a hardware (equipos), U$S 225 millones a software y U$S 485 millones a servicios vinculados.
Pues bien, el robo anual de programas informáticos -según investigaciones de Software Legal- representó para los productores pérdidas por U$S 208 millones en 1994 y por U$S 185 millones en 1995. Y con esto la Argentina se ganó un lugar entre los 8 países que hoy están en la "lista de observación de prioridad", la segunda más grave del acta especial 301 de la ley de comercio de los Estados Unidos, por la falta de protección a la propiedad intelectual informática.
Avivada que causa más atraso tecnológico
El pirateo de software (programas de computadora) tiene tantas caras que el que intenta analizar el fenómeno termina, tarde o temprano, profundamente desconcertado.
Por ejemplo: la copia ilegal de un programa funciona igual de bien que la copia legal, al revés que la fotocopia de un libro, que es una burla de la edición que se vende en las librerías. Este es el desafío con el que los fabricantes de software vienen desayunándose cada mañana desde los inicios de la informática abierta: en computación, copia y original son, a los efectos prácticos, idénticos.
Al principio, los programas comerciales venían protegidos contra copia, lo que evitaba su duplicación. Pero este método fue tan resistido por el público que al poco tiempo los fabricantes dejaron de proteger sus diskettes; de hecho, la no protección contra copia se convirtió en un efectivo argumento de venta.
Más de diez años después, la copia ilegal de software no sólo es un serio problema para las grandes corporaciones, sino uno de los principales motivos por los que una compañía naciente termina quebrando. Imagínese iniciar un negocio sabiendo que el 80% de sus ventas las hará el pirata.Para el país, el pirateo metódico, sistemático, diríamos insolente, es el pasaporte a un nuevo atraso tecnológico.
El software, una industria cerebro intensiva que no sólo requiere inversiones relativamente pequeñas, sino que es además una ventana al futuro, está siendo literalmente aplastada por el pirateo.
Llaves electrónicas o palabras clave, ningún método ha conseguido hacer mella en el pirateo de software en Argentina. Lo que ocurre, simplemente, es que el pirateo es un buen negocio.
En los países de origen (Estados Unidos, mayormente), los programas son más baratos y la oferta más amplia y diversa.
Basta entrar en un negocio de software de Nueva York o de Miami para darse cuenta por qué el pirata argentino corre con ventaja.
Ofrece de todo y lo más nuevo, no paga impuestos y no debe rendirle cuentas al fabricante. No invierte un centavo en el desarrollo de los programas que vende, ni en su promoción. Lo compra una vez y lo vende mil veces. ¿Qué tal? Pero el pirata sabe que está cometiendo un delito, lo mismo que la empresa, organismo o institución que instala copias ilegales para recortar costos operativos.
El individuo, en cambio, está solo y sin ayuda. No es justo (y es potencialmente peligroso para la lucha contra el pirateo) ponerlo en la misma bolsa con los piratas y las empresas que usan copias ilegítimas. En la Argentina, con su repentino y explosivo crecimiento informático, la cultura del software original prácticamente no existe.
Como consecuencia, la gente ignora que la copia trucha es, a la larga, más cara que la legal.
No porque se queden sin manuales o soporte técnico (que es deficiente en todo el mundo, no sólo en la Argentina), sino porque gastarían mucho menos dinero usando programas legales más económicos (comerciales o de shareware, los hay excelentes) que se adaptan mejor a las necesidades del usuario individual. Al final, terminan comprando una copia pirata de una costosa hoja de cálculo para llevar la economía casera.
Gastos innecesarios
La gente cree que gana algo al comprarle al pirata, sin darse cuenta que el programa trucho los obligará a gastar innecesariamente una fortuna en hardware para poder ejecutarlo. Mientras tanto, cientos de soberbios y accesibles programas comerciales, shareware (usted lo prueba antes de comprarlo) y freeware (gratuitos) duermen el sueño de los justos en las bateas y en los boletines electrónicos.
La campaña contra el pirateo destaca las pérdidas de las grandes corporaciones de software, los peligros para la industria local y los monstruosos costos impositivos para el país. Todo esto es cierto, pero no alcanza. El pirateo va a empezar a ceder el día que el usuario final se dé cuenta de que la copia ilegal también lesiona sus propios intereses.





