
Ética en el trabajo: hacia un mundo cada vez mejor
Al fin y al cabo, a la gente se la contrata para que haga cosas, sean manuales o intelectuales, no importa. Es una definición sencilla, corta, sintética, que a primera vista lo explica todo. Estamos tan acostumbrados a entender el mundo a través de eslóganes que, con sorprendente naturalidad, ingresamos al mundo de la sabiduría rápidamente, sin pérdidas de tiempo. Ya sabemos los porqués y los para qué. ¿Qué sentido tiene complicarlo? Esta sería la primera objeción de los lectores regulares de las recetas del management. Los eslóganes tienen la contundencia de los silogismos, como el más conocido de Aristóteles: "Todos los hombres son mortales, Sócrates es hombre, Sócrates es mortal". La rigurosidad de esta lógica, aunque cuestionada, no da margen de duda.
Avanzar algún paso más tiene el riesgo de la descalificación. Suele confundirse pragmatismo con frivolidad, la acción se privilegia sobre el pensar y cualquier cuestionamiento cae en desgracia porque no se le encuentra, al pensar, utilidad alguna.
Pero siempre aparece alguien que arruina la fiesta, como es el caso del conocido filósofo Fernando Savater, de quien rescatamos un párrafo de un reportaje realizado en la revista EnCubierta, sobre su reciente libro Ética de urgencia: "La ética no es más que una reflexión sobre los motivos de nuestras acciones. No es un código. Se dice hemos perdido la ética, pero la ética no es algo que se pierde, sino que es una reflexión sobre los motivos que tenemos para actuar, para utilizar nuestra libertad en relación con una serie de valores que queremos alcanzar. Porque cuando hacemos cosas es porque queremos obtener algo a través de ellas. Y esa reflexión sobre cuáles son los objetivos y valores que estamos defendiendo es la ética".
Esto es lo que puede llamarse poner piedras en el camino. Cualquier decisión, según Savater, puede juzgarse éticamente a partir de los resultados que queremos alcanzar y esta afirmación hace impacto sobre el reino de las decisiones que son, entre otros, las empresas, según la literatura vigente. Para poner unos pocos ejemplos, veamos cómo se traduce en la práctica.
Si se presiona al personal para que incremente su productividad, aun poniendo en riesgo la salud y la estabilidad psicológica —conocido como el burn out—, lo que queremos obtener es mayor rentabilidad por encima de otros valores como la adecuación del trabajo a la dimensión humana, con sus posibilidades y limitaciones. Una reflexión sobre los verdaderos resultados esperados podría implicar dar unos pasos atrás y buscar otros medios, preservando al personal de cualquier posible daño. Pero no simplifiquemos nuevamente: habrá períodos de presión necesaria, pero no puede ser permanente. Si fuera así, algo anda mal en el diseño organizacional.
Otro caso, difícil de encuadrar, son las empresas que se dedican a fabricar armas de guerra. Aceptado socialmente que las guerras siempre fueron una lacra en la historia de la humanidad, cabe preguntarse cómo se puede dormir en paz sabiendo que se participa de la construcción de artefactos mortales. A mí me pagan para esto, habrá de declararse, pero nuevamente surge Savater, apuntando que la ética se basa en los motivos que tenemos para actuar. En este caso, un arraigado individualismo.
Podrán encontrarse cientos de miles de ejemplos y cada uno podrá enfrentarlos tan sólo mirando alrededor o a partir de sus experiencias. Las piedras de la reflexión sobre el camino de las decisiones apuntan, ni más ni menos, a lograr un mundo mejor.





