La polémica de CQC. El daño que hacen los que creen que saben

Lo que sucede en la TV se puede aplicar a la economía, donde a veces los que ocupan cargos gerenciales piensan que entienden a la "audiencia" y no dan lugar a las nuevas ideas creativas
Sebastián Campanario
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5 de mayo de 2019  

La pelea escaló pronto en varios programas de TV. Exintegrantes de CQC ( Caiga Quien Caiga) dieron sus distintas versiones sobre quién había sido el verdadero creativo detrás del ciclo que se emitió por primera vez en América TV entre 1995 y 1999. Una productora de La noticia rebelde, Teresa Ferrari, sostuvo que CQC no había inventado nada y que la idea de un noticiero de actualidad con tono irónico ya estaba presente en el programa de Abrevaya, Castelo, Guinzburg y compañía, sobre el cual el periodista Diego Igal editará un libro en junio. La noticia rebelde estaba inspirada en Semanario insólito, y así sucesivamente.

Más allá del debate, lo cierto es que a mediados de los 90 se abrió una ventana creativa inédita en un canal que por entonces estaba cuarto en rating. Además de CQC, Mario Pergolini y Diego Guebel produjeron El rayo, que comenzó a emitirse en 1995 también por América. Ambos productos saltaron luego a canales de más rating (Telefé y El Trece, respectivamente) y sus formatos fueron exportados a Europa. Cha Cha Cha, el legendario programa de humor absurdo con Alfredo Casero, Fabio Alberti y Diego Capusotto, salió al aire entre 1992 y 1997.

En diciembre, se cumplieron 20 años del debut de Televisión abierta, un ciclo que en 1998 permitió que cualquier persona saliera al aire diciendo lo que se le diera la gana, sin filtro. La gente llamaba a un número de teléfono que salía en pantalla y solicitaba una cámara a domicilio para contar por qué pensaba que había que derrocar al presidente, por ejemplo. Un camarógrafo se apersonaba a la hora acordada en una moto estilo delivery y documentaba el testimonio. Fue el primer reality show de la televisión mundial y además se adelantó siete años a YouTube. En su cenit, duplicó el rating promedio que tenía la emisora, aunque comercialmente no tuvo un éxito similar, porque las marcas no querían pegarse a una estética de vida real, con protagonistas sin maquillaje y paredes descascaradas.

¿Qué puede explicar esta "explosión cámbrica" de creatividad y pensamiento fuera de la caja en ese momento y en ese lugar? El responsable de uno de los programas mencionados le contó su hipótesis a LA NACION: "En los 90, en América TV había un gerente a cargo que no tenía la menor idea de cómo funcionaba la TV, pero que era consciente de su ignorancia. El problema con los canales de hoy -con todos- es que están manejados por ejecutivos que tampoco tienen noción de nada, pero que creen que saben". Según esta fuente, ninguna de las ideas de esa época atravesaría los filtros y vetos gerenciales actuales.

La reflexión se parece mucho a una explicación de cuatro minutos que circula en YouTube con la que el músico Frank Zappa cuenta el porqué de la decadencia del negocio de las discográficas. Citado en Twitter días atrás por el periodista de LA NACION Franco Varise, el testimonio de Zappa es una clase magistral sobre procesos creativos en organizaciones.

El músico destaca que en la edad dorada del rock, las discográficas no estaban manejadas por jóvenes hipsters a la moda, sino por ejecutivos maduros y panzones que no tenían la menor idea de lo que estaban escuchando, pero que decidían grabar de todos modos y así el éxito en ventas llegaba por carriles inesperados, con productos de altísima diversidad y calidad creativa. El problema, indica Zappa, fue que, con la lluvia de dinero generada, llegaron los gerentes jóvenes, cool y arrogantes, que estaban convencidos de que sabían y que se autopercibían como capaces de entender "lo que la audiencia realmente quiere". Y ahí se fue todo al diablo: el negocio y la explosión creativa. "Los jóvenes supuestamente descontracturados resultaron ser mucho más conservadores que sus antecesores", reflexiona Zappa.

El 4 de junio próximo llegará a las librerías en los Estados Unidos la obra póstuma de Alan Krueger, uno de los economistas más queridos y reconocidos por la academia estadounidense, que murió el 16 de marzo pasado, a los 58 años. Además de su actividad como investigador, Krueger fue el jefe del consejo de asesores en economía del entonces presidente Barack Obama entre 2011 y 2013.

Pero su nuevo y último libro no tiene que ver con economía tradicional. Se titulará, en inglés, Rockonomics: A Backstage Tour of What the Music Industry Can Teach Us About Economics And Life (un recorrido por el detrás de escena de lo que la industria de la música nos puede enseñar sobre la economía y la vida). Krueger era un fanático de la música y estudió el entramado de su negocio como nadie. El motivo principal era que estaba muy preocupado por su decadencia y quería ayudar al sector a mantenerse a flote. Armó un centro de investigaciones sobre el tema y accedió a números del sector que tradicionalmente no se difundían.

En Rockonomics, Krueger, quien entrevistó a varias celebridades, como Gloria Estefan, Steve Ferrone y Dan Wilson, hace énfasis en el concepto de "economía de superestrellas", acuñado por Sherwin Rosen en un estudio de 1981, que indica que en el negocio del espectáculo los principales artistas se quedan con una porción de los ingresos cada vez mayor. El 1% más exitoso, en 1982, acaparaba el 26% de la facturación, y ese porcentaje saltó al 60% en 2017. La misma dinámica se revela con las visitas a los videos online.

Todo ocurrió a pesar de la predicción de los tecnooptimistas de que internet democratizaría el campo de juego, al posibilitar consumos del extremo de la cola de distribución ( long tail). Sin embargo, pasó todo lo contrario. El consumo cultural no se volvió más heterogéneo con la multiplicación de la oferta, sino que se hizo más uniforme. Como en la canción de Abba, el ganador se queda con todo.

Para Krueger, el negocio de la música fue una metáfora y un precursor de lo que sucede con la economía global a nivel general, con una mayor concentración de la riqueza y una erosión de la clase media, a la cual se le dificulta cada vez más la pelea. Pasó primero con los artistas musicales, luego con el deporte, los medios y ahora con la economía de las plataformas y los gigantes tecnológicos.

A mediados de marzo tuvimos un intercambio de mensajes de WhatsApp con el economista Javier Finkman, profesor de la UBA y jefe de analistas para la región del banco HSBC. Fue un domingo y él estaba contento por las repercusiones de una columna que había escrito sobre Julio Olivera para este espacio. Le comenté que habían anunciado el nuevo libro de Krueger y le pregunté si tenía ganas de armar algún texto al respecto. Hicimos un par de chistes, nos reímos y quedamos en que mandaría una columna en algunas semanas.

Adorado por sus colegas, gran divulgador y curioso insaciable (como Krueger); talentoso, impecable a nivel técnico, humilde y enemigo de las certezas absolutas (como Zappa), Finkman, tal vez el mejor economista argentino de su generación, falleció hace tres semanas, el martes 16 de abril, a los 54 años. Javier nunca llegó a mandar su reseña de Rockonomics. Esta columna está dedicada a su memoria.

sebacampanario@gmail.com

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