Javier Timerman: “Es difícil que los fondos inviertan en una economía con tanta discrecionalidad”
Estudió Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad de Tel Aviv. Luego realizó dos maestrías en Asuntos Internacionales con especialización en Finanzas y en Ciencias Políticas, en la Universidad de Columbia (Nueva York). Trabajó en Lehman Brothers y en Bear Stearns, y actualmente es director de la empresa financiera AdCap
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Javier Timerman finalizó el secundario en la Argentina y viajó a Israel a estudiar Ciencias Políticas. Luego de recibirse, en 1981, se radicó en Estados Unidos, donde cursó sus maestrías. Desde entonces, siempre vivió en Nueva York y se desempeñó como analista financiero especializado en mercados emergentes. Es hijo del periodista Jacobo Timerman y hermano del excanciller Héctor Timerman.
En una entrevista con LA NACION, indicó que la Argentina debe lograr consensos para llevar adelante las reformas que permitan atraer nuevamente a los inversores.
–Cómo se ve a la Argentina desde Nueva York?
–Desde que vivo fuera de la Argentina siempre me hacen la misma pregunta. A los argentinos en general les gusta saber cómo nos ven en el extranjero. Cada vez noto más que no nos entienden, porque los que conocen el país lo ven con un tremendo potencial. Pero, por otro lado, notan que las crisis son cada vez más agudas y que la Argentina se queda atrás a medida que el mundo crece. Hay una sensación de que algo no funciona para tener un país con tanto potencial, que ha tenido una historia exitosa, pero que pasa por estas crisis recurrentes.
–¿Qué explicación les da usted?
–Hace poco leí un reportaje a Rafael Di Tella, economista de la Universidad de Harvard, que dijo algo muy claro: la Argentina tiene un problema de organización económica, más que problemas económicos. Tenemos un nivel de conflictividad política que no permite consensuar medidas de largo plazo. Eso hace que cada vez cueste más salir adelante, porque los problemas se agrandan. La Argentina tiene un gasto alto, que no se puede financiar y encima es cada vez más ineficiente, porque no ayuda a combatir la pobreza o a solucionar los problemas. Cuando analizo los números de la Argentina, no me parecen tan graves, pero hay una parálisis política, hay una falta de capacidad para generar consensos básicos, y eso dificulta resolver los problemas de la economía.
Hay una falta de capacidad para generar consensos básicos”
–¿Cree que podría ayudar obtener un acuerdo con el FMI?
–Depende el tipo de acuerdo que se logre. El país necesita credibilidad para destapar el potencial que tiene. A veces miro los problemas desde el punto de vista financiero, más que económico. Los números no me dicen tanto, el déficit es relativo. ¿Cuánto se puede financiar de lo que necesitás gastar? ¿Cuánto cuesta atraer una inversión? Si un acuerdo con el Fondo implica solo patear para adelante ciertos vencimientos, entonces ayudará menos. Si, en cambio, es un programa mucho más detallado sobre diferentes reformas y llega con consensos políticos, permitirá generar más confianza. Por ejemplo, imaginemos que los cuatro o cinco posibles candidatos a presidente para 2023 deciden ir juntos a negociar un acuerdo con el Fondo, tendría un impacto muchísimo más grande y más amplio de lo que podría llegar a tener un acuerdo donde se fijen ciertas metas que después son mucho más fáciles de incumplir. Si tenemos la firma de toda la clase política argentina, ese acuerdo ayudaría más.

–Con relación a las obligaciones con acreedores privados, la Argentina ya pateó los vencimientos para más adelante. Sin embargo, el riesgo país sigue altísimo, lo que muestra que el mercado espera un nuevo default. ¿Por qué el país no logra generar esa confianza de que en cuatro años cumplirá con sus compromisos?
–Cuando uno reestructura deuda, generalmente lo hace para volver a acceder al mercado, no para terminar una relación. Del canje de la deuda, los acreedores tuvieron la sensación de que la Argentina decía “esto es lo que vamos a pagar y nuestra relación queda ahí”, cuando en realidad lo que el país necesita es volver a acceder al crédito y tentar a los inversores. Esta reestructuración no tentó a los inversores, por eso los bonos rinden así. Las tasas muestran la desconfianza que hay.
La conflictividad política no permite consensuar medidas”
–¿Y cómo se puede recuperar esa confianza?
–Hay que entender cómo funcionan las decisiones de inversión. Generalmente no se trata de un empresario, un fondo de pensión mirando los números macroeconómicos de la Argentina y diciendo que, si ajustan tanto por ciento el gasto, la tasa bajaría tanto. La discusión sobre la Argentina pasa por un modelo, por qué tipo de estructura económica y acuerdos políticos se pueden lograr para ir solucionando ciertos problemas y qué credibilidad tendrían esas soluciones. Si yo me planto y digo que la Argentina hará tales cosas, no sé hasta qué punto voy a lograr la credibilidad. Si todo esto está basado en un acuerdo entre la oposición y el Gobierno, ayudaría más. Por ejemplo, Israel, en los años 70, tenía problemas muy similares a la Argentina: tenía inflación alta, una economía muy estatizada y poca inversión. El cambio ocurrió a fines de los 80, cuando, por un tema electoral, Israel tuvo que hacer un gabinete de unidad nacional porque nadie tenía las mayorías necesarias para formar un gobierno. El ministro que logró los cambios estructurales que llevaron a Israel a ser una economía atractiva, dinámica y con productividad alta fue Shimon Peres, que era un político, no un economista. Este acuerdo de unidad nacional fue lo que le permitió enfocarse en políticas de largo plazo. Eso es un poco lo que el inversor siente que en la Argentina aún no estamos cerca de lograr: metas básicas de consenso. En un mundo muy globalizado, donde el capital se mueve muy rápido, es difícil que hoy en día los fondos decidan invertir en una economía que tiene tanta discrecionalidad. Tenemos control de capitales, bastante injerencia del Estado en la toma de decisiones y mucha volatilidad política: son señales de alerta. Si no logramos atraer la inversión, no vamos a crecer.
El país necesita credibilidad para destapar su potencial”
–¿Cómo ve la política argentina? Hace mucho tiempo que no había una elección sin que los candidatos sean Cristina Kirchner y Mauricio Macri. ¿Cree que se puede ir hacia una mayor moderación en la conducción?
–Soy optimista, porque viví en una Argentina donde teníamos alto grado de violencia, en los años 70, y se logró consolidar una democracia, que todavía tiene muchísimos problemas, pero no existe la violencia física. A medida que más políticos se concienticen de que un país no es viable con 50% de pobres, ni con una tasa de inversión tan baja, sin desarrollar su capacidad exportadora, más políticos van a darse cuenta de que tienen que dialogar y consensuar, porque, en realidad, los grandes cambios en los países que tuvieron políticas de Estado se hicieron con consensos. Estaba leyendo un libro extraordinario de Pablo Gerchunoff, que dice que construir un país es como un tratado de paz: para que sea perdurable, el ganador debe ocuparse también de los problemas del perdedor. Cuando miro a Estados Unidos, en 1986 hubo una reforma tributaria muy importante, que se logró con Ronald Reagan de presidente, que tenía mucho poder, pero tras una negociación con los demócratas que duró años. A esta altura, es muy difícil, a mi juicio, resolver ciertos problemas que ya son estructurales en la Argentina, como un gasto demasiado alto para el producto que tenemos, que encima es ineficiente. Si tuviéramos el mismo porcentaje de gasto sobre PBI, pero tal vez sea de una calidad más alta, que impulse el trabajo formal o que tenga subsidios a ciertas industrias en las cuales tenemos ventajas comparativas, nadie lo discutiría. Volviendo al caso de Israel, ¿cómo puede ser que se haya convertido en un centro tecnológico tan importante? Hay una cantidad impresionante de empresas israelíes que cotizan en la Bolsa de Nueva York. Eso fue porque se vio que eran competitivos en servicios tecnológicos y se les dio un impulso fiscal. En la Argentina también somos competitivos en ese sector, pero no tenemos una política de Estado que impulse el desarrollo. Hoy, los inversores buscan mínimos acuerdos de convivencia y mínimos objetivos. Hay que ir de a poco, no querer solucionar las cosas de un día para el otro. El inversor no quiere esa solución, medidas tipo la convertibilidad o que el Banco Central no pueda financiar al Tesoro, porque saben que no podrán ser cumplidas.
–¿Cómo ve a la economía estadounidense?
–Estados Unidos constantemente aumenta su productividad, por eso las crisis, que han habido muchas en los últimos tiempos, siempre duran menos, porque la economía es muy dinámica y se adapta a los cambios, ya sea por mejoras tecnológicas o de la productividad. Esta semana salió un dato que me sorprendió. El Departamento de Comercio publicó que la deuda de los hogares estadounidenses está en el nivel más alto en 14 años, en US$15 billones. El hogar americano está tomando deuda porque es muy barata y hay oportunidades. Los planes de infraestructura están llegando a vastos sectores de la población y aumentando de forma sostenida el crecimiento. Después de una pandemia, puede pasar que los números fiscales o de inflación sean un poco volátiles, pero confío en la senda de crecimiento sostenido que tiene Estados Unidos, con un Banco Central [la Fed] que está determinado a controlar el valor de la moneda y la tasa de inflación.
Tenemos que atraer capitales dándoles más previsibilidad económica”
–Esta semana se confirmó que el FMI repartirá US$650.000 millones entre todos sus países miembros. ¿Cree posible que los países más ricos puedan reasignar el dinero que no necesitan a los de ingresos medios y bajos? ¿Y entraría la Argentina en este último grupo?
–Será un debate muy duro. Si llega a haber algún tipo de acuerdo, la Argentina queda un poco alejada de eso, porque hay países que están en una situación mucho más débil que la nuestra en términos de los ingresos de los ciudadanos. Lo que demuestra este financiamiento del Fondo es que las políticas de Joe Biden son más internacionalistas de lo que eran las políticas de Donald Trump. Eso es positivo para la Argentina, porque van a tener un rol más importante los organismos multilaterales, con los que el país tiene muy buena relación, como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). También demuestra que los US$4400 millones que le llegarán a la Argentina por este reparto, en este mundo globalizado y tan líquido, es relativamente poco. El país está en condiciones de atraer capital por mucho más que eso, porque tenemos industrias dinámicas, tenemos un capital humano muy bueno, pero necesitamos decidir que queremos atraer ese capital y buscar la forma que nos permita hacer las reformas necesarias como para darle previsibilidad a un inversor que está acostumbrado a escuchar que la Argentina es un país volátil. Nosotros tenemos que atraer los capitales dándoles más previsibilidad a nuestra forma de manejar los asuntos económicos, y yo creo que eso depende mucho más de la política que de la economía.
Tenemos un nivel de conflictividad política que no permite consensuar medidas de largo plazo”
¿Cuáles son sus tres líderes preferidos?
Raúl Alfonsin. Por ser nuestro padre de la democracia y entender como nadie nuestro deseo de Nunca Más.
Shimon Peres. Porque fue el gran estratega civil de la defensa de Israel, y luego dedicó su vida a buscar la paz y a modernizar el país.
Bill Clinton. Porque sus políticas nos dieron una gran expansión económica, sin descuidar a los más vulnerables, poniendo foco en la educación y los derechos de todos.
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