La Argentina, el mundo y la cuarta revolución industrial

Diana Mondino
Diana Mondino PARA LA NACION
Estamos ante la oportunidad de aprovechar los cambios que las nuevas tecnologías permiten, dejando de lado viejos preceptos económicos
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26 de septiembre de 2019  

Ya hay mucha gente trabajando en la llamada cuarta Revolución Industrial. La Argentina parece no haberse dado cuenta.

Se llamó Primera Revolución Industrial al proceso de transformación económica, social y tecnológica que se inició en la segunda mitad del siglo XVIII en el reino de Gran Bretaña, y se extendió rápidamente a gran parte de Europa occidental y América Anglosajona, y ya para 1840 todos esos países contaban con gran fortaleza industrial. Durante ese período se vivió un gigantesco conjunto de transformaciones económicas, tecnológicas y sociales, que desarrolló el paso desde una economía rural basada fundamentalmente en la agricultura y el comercio a una economía de carácter urbano e industrializada con un gran avance de la mecanización.

Se le llama revolución porque marca un punto de inflexión en la historia, modificando e influenciando todos los aspectos de la vida cotidiana, directa o indirectamente. Aunque se suele hablar solamente del vertiginoso crecimiento de lo que ahora llamamos industria, sólo fue posible porque la producción agrícola permitió lograr los excedentes para que la gente pudiera dedicarse a la industria y reducir los tiempos y costos de producción. Es decir: había bienes baratos que se podían comprar con los excedentes del agro. Cierto es que las condiciones de vida distaban de ser óptimas, pero eran mejores que las anteriores.

La Segunda Revolución Industrial -que los historiadores ubican aproximadamente entre 1870 hasta 1914- generó nuevamente una aceleración en los cambios económicos y sociales. El proceso de industrialización cambió su naturaleza: los cambios técnicos siguieron ocupando una posición central, junto a innovaciones técnicas tan variadas como nuevas fuentes de energía como el gas, el petróleo o la electricidad; nuevos materiales y nuevos sistemas de transporte (avión y automóvil) y comunicación (teléfono y radio). Estas novedades indujeron transformaciones en cadena que afectaron al factor trabajo y al sistema educativo y científico; al tamaño y gestión de las empresas, a la forma de organización del trabajo y muy especialmente al consumo. No tardó mucho en modificar también la política, sentando las bases para cambios en las monarquías y sus colonias.

Se produjo entonces la denominada segunda globalización, (la primera fue el imperio romano) que supuso una progresiva internacionalización de la economía, y que funcionaba de forma creciente a escala mundial por la revolución de los transportes. Las grandes potencias (Gran Bretaña, Alemania, Bélgica, Francia) sustituyeron a los primeros países con grandes colonias (España, Portugal). Ello condujo a su extensión a más territorios con la consiguiente impronta cultural y -en muchos casos- del sistema legal.

Hay menos acuerdos respecto a si hay o no una tercera revolución industrial, también llamada Revolución científico-tecnológica, Revolución de la inteligencia o tecnológica. Se refiere a una transformación económica surgida de la convergencia de nuevas tecnologías de comunicación (internet, Big Data, etc.) con los nuevos sistemas de generación energética. Gracias a internet y a las veloces y baratas formas de comunicación se han desarrollado otras formas de organización y gestión, descentralizando trabajo, difundiendo rápidamente información y permitiendo que se compartan recursos. Se suma a esto el veloz desarrollo de energías renovables, que modifican la importancia de algunos recursos naturales (petróleo y gas, acero, etc.). Asimismo, los límites entre los conocimientos digitales, biológicos y físicos empiezan a ser difusos, hablándose de inteligencia artificial, modificación de genomas o viajes a Marte.

Si no hay consenso sobre la Tercera Revolución Industrial, menos lo hay sobre si ya estamos inmersos en lo que ya se llama Cuarta Revolución Industrial, también conocida como Industria 4.0. El concepto fue presentado por Klaus Schwab en la reunión del Foro Económico Mundial 2016. Sostiene que si la tercera revolución industrial es la revolución digital que ha estado en vigor desde mediados del siglo XX, esta cuarta etapa estará marcada por avances tecnológicos emergentes en una serie de campos, incluyendo robótica, inteligencia artificial, blockchain, biotecnología, nanotecnología, computación cuántica, internet de las cosas, impresión 3D, autonomía de vehículos... pero, ¿cuán preparada está la Argentina para enfrentar estas realidades? Seguimos tristemente discutiendo entre agro e industria, sector rural o urbano, educación generalista o de oficios, subsidios o cerrar la economía.

Muchos directivos -y sobretodo los políticos- tienen una deprimente convicción de que la economía es un juego de suma cero. Es triste que alguien crea que sólo puede haber crecimiento a expensas de otro. Aún más preocupante es que se declame y grite que si algún sector tuviera ganancias está obligado a compartirlas ilimitadamente.

Es cierto que tenemos una reciente "Ley de conocimiento" para quienes exportan ampliando los sectores que pueden gozar de ciertos beneficios. No es suficiente si seguimos creyendo que el agro no agrega valor, que los dólares "son del gobierno", que la seguridad jurídica es innecesaria, que los argentinos no sufrimos si se cambian las reglas constantemente.

Estamos frente a una oportunidad más que interesante de subirnos al tren de estas oleadas de cambios. Las nuevas tecnologías permiten una notable descentralización y el talento puede estar en cualquier lugar. Introducir un gen en una semilla o tener una idea que terminará siendo un unicornio se puede lograr en cualquier lugar del mundo.

Saltemos etapas y dirijamos el esfuerzo en esa dirección en lugar de intentar mantener un mundo de manufacturas o servicios que ya no existen. Sea o no que lo logremos, tenemos la bendición de que los ciudadanos de otros países disponen de más recursos y pueden venir atraídos por la "industria sin chimeneas" que es el turismo. Eso sí, tengamos en cuenta que ningún sector o idea es suficiente por sí sola para mantener a 46 millones de habitantes. Cada pequeña idea o empresa es tan valiosa como cualquier otra.

Tengamos también en cuenta que todas estas revoluciones han mejorado sustancialmente la calidad de vida de los habitantes, pero nunca a todos por igual. La habilidad de las políticas de Estado está en permitir el desarrollo y evolución de una economía protegiendo a quienes no pueden subirse a ese tren, pero nunca impidiendo que otros se suban.

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