La Argentina enfrenta un 1999 con recesión y sin salida exportadora
A diferencia del tequila, cuando la caída del mercado interno ayudó en parte a convertir el rojo comercial en superávit, este año no mejorará la balanza porque las importaciones caerán tanto como las ventas al exterior
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El mecanismo mediante el cual el sector externo reacciona ante un corte en el financiamiento de la cuenta capital del balance de pagos parecía hasta ahora mostrar un único patrón de comportamiento, que consiste en la salida exportadora de los excedentes originados en la caída del consumo y en menores importaciones, generando de este modo fuertes superávit en la balanza comercial.
En los años 60 y 70, con mercados internacionales de capitales mucho menos desarrollados que los actuales, el problema habitual del ciclo económico era el estrangulamiento de divisas incubado en la etapa expansiva por el excesivo déficit de la cuenta corriente.
Esta restricción impulsaba finalmente a los gobiernos a devaluar la moneda, para así aumentar la competitividad de la economía, bajando los salarios reales y el consumo y dando lugar al aumento de los saldos exportables y la caída de importaciones, que permitía alcanzar nuevamente cierto equilibrio externo. Sin embargo, una vez producido el ajuste inicial, comenzaban las presiones para aumentar salarios, generando inflación de costos, lo que revaluaba nuevamente la divisa, volviendo al punto de partida. Este comportamiento de la economía fue modelizado y bautizado como stop and go .
En la década de los 80 la historia fue distinta: con una caída acumulada del producto del 1%, la balanza del comercio se tornó sistemáticamente positiva. En ese entonces, el fuerte aumento de las tasas de interés internacionales de principios de la década y la fuga de capitales asociada al escenario de incumplimiento en los servicios de la deuda iniciado en 1982 por México no permitió el simultáneo ajuste de la cuenta corriente, que siguió siendo deficitaria. Sin acceso a los mercados internacionales de capitales, el financiamiento se dio sistemáticamente por medio de la utilización de préstamos de organismos multilaterales (FMI, BID, BM) y de la salida de reservas del Banco Central.
En los años 90, el éxito del plan de convertibilidad en disminuir las tasas de inflación a menos de un dígito y la apertura simultánea del mercado de capitales abrieron nuevamente las puertas a los déficit de la balanza comercial, de la mano de un fuerte aumento en las importaciones -destinadas en gran parte a la inversión- y en menor medida de las exportaciones.
Desde 1991 hasta 1994 y a precios constantes, mientras que las primeras crecieron un 44% anual, las segundas lo hicieron al 26 por ciento. Luego, en 1995, con la crisis de México, el producto, que venía creciendo al 8,5%, cayó un 4,6%, y las importaciones lo hicieron al 11,6 % anual. Por otro lado, la demanda doméstica también sufrió un fuerte impacto ya que el consumo cayó un 6,1%, casi dos puntos más que el producto, y la inversión se derrumbó un 16,3 por ciento. Una vigorosa demanda externa, con exportaciones creciendo un 22,7%, motorizaba, entonces, el nuevo equilibrio.
El dinamismo del pasado
Además de las ganancias de productividad que la economía venía generando desde 1991, tres factores exógenos explicaron en su momento semejante dinamismo exportador.
En primer lugar, el dólar había perdido peso frente al yen y al marco. Conviene recordar que en abril de 1995, fecha de inicio de la recesión, un dólar se cambiaba por 85 yenes y por 1,36 marco alemán; hoy esa relación es de 116 yenes y 1,72 marco, respectivamente. De este modo, el tipo de cambio real deflactado por una canasta de monedas se había devaluado 8,7% en 1995, que se sumaba a una devaluación del 10% durante el año anterior.
En segundo lugar, los commodities con una alta participación en nuestra canasta de exportación mantenían precios elevados. A fines de 1995, nuestros precios de exportación eran un 6% más elevados que los vigentes un año atrás, y 12% mayores a los de 1998.
En tercer lugar, Brasil, nuestro principal socio comercial, había lanzado el plan real un año atrás, y su economía, que fue afectada menos que la nuestra con la devaluación del peso mexicano, continuó creciendo al 4%, convirtiéndose en un camino fértil para absorber los productos argentinos.
En ese año, a precios corrientes, nuestras exportaciones aumentaron un 32%, y las destinadas al mercado brasileño lo hicieron en nada menos que un 50 por ciento. Por su parte, las importaciones caían sólo un 7%, amortiguadas por el comportamiento de las compras de bienes intermedios -con una alta incidencia en nuestras exportaciones industriales- que mantuvieron una tasa de crecimiento del 16 por ciento. Asimismo, gracias al acuerdo de intercambio compensado, el déficit del sector automotor disminuyó de US$ 1887 millones en 1994 a US$ 1040 millones. De este modo, en 1995, la balanza comercial, que había sido deficitaria en US$ 5400 millones el año anterior, alcanzó un superávit de US$ 841 millones, del cual Brasil explicó US$ 1310 millones, y el déficit en la cuenta corriente bajó desde 4,2% hasta 1,9% sobre el PBI. Se trataba una vez más de un ajuste tradicional del sector externo.
Hoy, en la Argentina, luego de la crisis del plan real, la recesión no está generada por una caída de la demanda interna, sino principalmente de la demanda externa (la demanda interna de Brasil), es decir por la no salida exportadora, que coincide a su vez con un aumento en el riesgo país y un menor acceso al crédito internacional.
Asimismo, desde el punto de vista de las importaciones, si bien es probable una invasión de bienes de consumo desde Brasil, también es cierto que caerá el comercio compensado automotor -25% del comercio bilateral -, disminuyendo a la vez exportaciones e importaciones. También, y sin salida exportadora a la vista, las importaciones de bienes intermedios que representan un 33% del total deberían ahora caer dada su intensiva utilización en nuestra oferta exportable.
Nuevos efectos
Es necesario agregar a este cuadro dos nuevos efectos que son parte importante del paisaje económico actual.
Por un lado, la alta acumulación de stocks en el sistema productivo local que deben ser financiados a tasas de interés crecientes, generando una enorme presión para su "digestión" en los niveles normales.
Por el otro, el bajísimo precio de los commodities primarios e industriales, que no sólo hace caer los valores exportados, sino que también puede originar paradas de plantas y la disminución de la producción ante la eventualidad de que se generen rentabilidades negativas en las empresas de los sectores afectados.
Situación paradójica
De este modo podría esperarse para este año que tanto exportaciones como importaciones registren caídas respecto de un año atrás. Esto plantea una situación paradójica, ya que el modelo de ajuste habitual de la balanza comercial, en el cual, ante un shock externo con caída en el producto el déficit desaparece como consecuencia del aumento en las exportaciones y la caída en las importaciones, parecería no darse.
En este sentido, ante la presencia de un escenario de caída del producto para 1999 del 1% -si la situación en Brasil se estabiliza relativamente rápido-, o de una merma de 4 puntos en el caso de que se genere una debacle, la nota distintiva de la macroeconomía sería la falta de ajuste del sector externo y una caída cada vez mayor de las exportaciones a medida que el PBI cae.
El primero de estos escenarios coincide con un déficit de la balanza comercial y de la cuenta corriente de 1,2 y 4,3 puntos sobre el producto, respectivamente. El segundo presentaría déficit de 0,6% y 3,9% sobre el PBI. En ambos casos la reducción que en teoría debería ocurrir en los déficit es bajísima en relación con los rojos registrados en 1998 (1,6 y 4,4, respectivamente), cuando la economía crecía al 4,1% anual.
Los autores son economistas.





