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Algo no salió bien

La curiosa historia del astrónomo con nariz de oro que murió por no animarse a ir al baño

Carlos Manzoni
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6 de mayo de 2019  • 00:21

La buena estrella de Tycho Brahe se apagó una noche de octubre de 1601. El hombre que fue considerado el más grande observador del cielo en la época previa al telescopio, que descubrió una supernova que pasó a llevar su nombre y que echó por tierra una teoría del mismísimo Aristóteles murió por "exceso de cortesía", al no animarse a ir al baño en medio de un banquete.

Brahe había nacido el 14 de diciembre de 1546, en Knudstrup, Escania, hoy Suecia , pero en el tiempo en que él nació era territorio del reino de Dinamarca . Había llegado al mundo en cuna de oro, porque era hijo del gobernador del castillo de Helsingborg; pero cuando tenía dos años fue secuestrado por su tío, Joergen, que fue el que lo crió, sin que a sus padres pareciera importarles demasiado.

Su tío le dio todos los gustos y una excelente educación. En 1559 comenzó sus estudios de Derecho y Filosofía en la Universidad de Copenhague, pero el 21 de agosto de 1560 vería algo que cambiaría su vida: observó un eclipse de sol y quedó admirado por el fenómeno.

Así fue cómo empezó a pasar más tiempo con profesores de ciencias, que le enseñaron el arte de la observación celeste sin más instrumentos que una esfera y un compás. Y para cuando su tío lo envió a Alemania , unos años después, ya hacía tiempo que Tycho había dejado de lado los libros de Derecho para enfrascarse en los de astronomía.

Columna Algo no salió bien, en Lo que el día se llevó

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Pronto efectuó mediciones astronómicas que resultaron más precisas que las de los propios libros. Pero el hombre también tenía su carácter, así que un día tuvo una discusión sobre matemáticas con un estudiante y se batió a duelo con él para dirimir la cuestión. Ahí quedó marcado para siempre: aunque resultó ganador, su oponente le cortó la nariz y él tuvo que sustituirla con una placa de oro y plata que llevó hasta su muerte.

Alejandro Gangui, astrofísico y autor del libro El big bang, cuenta que, como muchos en su tiempo, Tycho era un ferviente creyente en la astrología y fue eso lo que lo motivó aún más a observar el cielo. "Pero fue en 1563, al producirse una conjunción entre Saturno y Júpiter, algo que no había sido predicho por las tablas de movimientos planetarios de la época, cuando él comprendió que hacía falta construir nuevos instrumentos para hacer un mapeo más preciso del cielo", comenta el especialista.

Aunque su teoría sobre el movimiento de los planetas no era cierta (puesto que él sostenía que la Tierra no giraba alrededor del Sol), los datos que obtuvo durante toda su vida desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo de la descripción correcta del movimiento planetario. Creó todo tipo de instrumentos, entre ellos un cuadrante del tamaño de un edificio, para medir el ángulo de las estrellas.

El hombre de la nariz de oro
El hombre de la nariz de oro

Pero el año en que Brahe entraría en la historia por la puerta grande sería 1572, cuando descubrió una supernova en la constelación de Casiopea. Según explica Gangui, su descubrimiento fue un evento astronómico que sorprendió tanto a astrónomos como a gente del pueblo. "El brillo de esta nueva estrella igualaba al de Venus y permanecía visible durante todo el día; entonces, la pregunta que se hizo él fue si esta nueva estrella pertenecía al mundo de las estrellas que, según Aristóteles, no podía variar, o si en realidad pertenecía al mundo sublunar, que estaba compuesto por elementos imperfectos o variables", señala el astrofísico.

Una vez estudiado el caso, Brahe llega a la conclusión de que esta Nova, que empezó a llamarse Nova Tycho, se hallaba a una distancia mucho mayor que la luna y que por lo tanto debía ser un objeto luminoso efímero que pertenecía al mundo de las estrellas. "Entonces, lo que deduce es que, contrariamente a lo que sostenía la doctrina Aristotélica desde hacía casi 2000 años, sí existían cambios en el mundo etéreo supralunar. Y ese fue uno de sus más grandes descubrimientos", relata Gangui.

Luego de este gran logro, Tycho se convirtió en lo más parecido a un rockstar que podía haber en esa época: empezaron a lloverle ofertas de puestos científicos en toda Europa . Para retenerlo, el rey de Dinamarca y Noruega Federico II, le ofreció todo lo necesario para que pudiera construir un observatorio astronómico de vanguardia en la isla de Ven (ubicada entre lo que hoy es Suecia y Dinamarca).

Tycho aceptó y el rey cumplió su promesa con creces: le dio el 1% de todo el presupuesto de Dinamarca, para que trabajara tranquilo y cumpliera todos sus caprichos. Más que un observatorio, construyó un verdadero castillo, donde vivió veinte años.

"Llamó a su creación Uraniborg (La ciudad del cielo) y empezó con la observación detallada del firmamento. Su perseverancia y la calidad de sus nuevos instrumentos, le permitieron confeccionar un catálogo moderno de unas 800 estrellas, con coordenadas más precisas que las que habían anotado Ptolomeo e Hiparco", relata Gangui.

Además de contemplar el cielo, el exitoso astrónomo se entregaba a todo tipo de excesos y extravagancias: tenía un alce como mascota y lo hacía tomar cerveza con él hasta emborracharse. Un día, emborrachó tanto al animal, llamado Rix, que éste cayó por las escaleras y se mató. También tenía al enano Jeep, que le hacía las veces de bufón personal y le adivinaba la suerte.

En 1597, enemistado con Cristian IV, el sucesor del fallecido Federico II, se fue a vivir a Bohemia, bajo el ala Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Si algo no le faltó nunca a Tycho fue dinero y mecenas: el monarca le entregó la suma de 3000 ducados y un feudo cerca de Praga, para que edificara un observatorio como el que tenía en Dinamarca. Se convirtió en el astrónomo imperial y en el profesor predilecto de cuanto estudiante rodara por Europa, uno de ellos fue Johannes Kepler.

Tycho Brahe
Tycho Brahe

Apenas pasados los 50 años, Tycho era considerado uno de los hombres más inteligentes del siglo XVI, había revolucionado la astronomía y sentado las bases para descubrimientos aún más extraordinarios. Era millonario, prestigioso y exitoso. Estaba en su mejor momento. Tocando el Cielo con las manos. Pero… siempre hay un "pincelazo" que lo arruina todo.

El sábado 13 de octubre de 1601, Tycho fue invitado a cenar a la mesa del barón Rosenberg, en Praga, donde estaría nada más ni nada menos que el canciller imperial. Como acostumbraba a hacer, comió y bebió en exceso. Tomó una copa tras otra, por lo cual en un rato empezó a tener ganas de ir al baño. Extrañamente, Brahe, un hombre acostumbrado a codearse con la nobleza, no se animó a levantarse por temor a incomodar a su ilustre anfitrión. Y esa fue su perdición.

Según dejó escrito su propio discípulo, Kepler, "retuvo las aguas más allá de lo que exige la cortesía". Luego de varias horas, cuando terminó el banquete y al fin pudo ir al baño, ya no pudo orinar. Por aguantarse había desatado una enfermedad súbita en la vejiga y una infección que lo llevó a la tumba en solo 11 días. En medio de su delirio, el mayor observador del cielo en la era previa al telescopio repitió varias veces: "Que no parezca que he vivido en vano".

* Si querés ver la columna en vivo, sintonizá los viernes a las 23 Lo que el día se llevó (lunes a viernes), por LN+: 715 y 1715 de DirecTV, Cablevisión 19 Digital y analógico/ 618 HD y Flow, Telecentro 705 Digital, TDA 25.3, Telered 18 digital y servicio básico y Antina 6 digital.

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