
La desesperación, un mercado
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"Para mí, venir a la Argentina era un sueño. Era el futuro para mis hijos."
Segundo Alburquerque, un peruano de 35 años, tirita en la esquina de Cobo y Curapaligüe, en el Bajo Flores. Son las 8 de la mañana y el termómetro marca 3 grados.
Desde hace tres años, para Albuquerque esto es la rutina, y cada mañana se llega hasta allí para buscar changas que debe disputarse con otros trescientos como él.
Además de éste, en la ciudad de Buenos Aires hay por lo menos otros cuatro centros de reclutamiento de mano de obra barata: en San Telmo, Once, Constitución y Liniers.
Generalmente se trata de casas tomadas o asentamientos ilegales, según informó la Oficina de Control Migratorio del Ministerio del Interior. Los que van a buscar trabajo son, en su mayoría, inmigrantes ilegales sin más pretensión que un jornal. Se agrupan por oficios: los que se ofrecen como albañiles, por un lado; las que quieren ser mucamas, por otro; los pintores de brocha gorda, por otro.
Cotizaciones
La esquina de Cobo y Curapaligüe es el mercado ilegal de trabajo más grande de Buenos Aires. De lunes a sábados, gente de todas las edades se reúne allí a la espera del milagro: que un empresario coreano o argentino los reclute por un sueldo miserable.
La cotización es la siguiente: las tareas de albañilería y pintura se pagan 25 pesos por día y por el trabajo de descarga, 15 pesos.
"Conseguir una changa acá no es tan difícil. Cuando pasa algún auto ofreciendo trabajo, nos tiramos todos encima para ver si conseguimos algo", comenta Alburquerque.
Y es así: cada vez que la cronista de La Nación se acercó para conversar con alguno de ellos, lo primero que preguntaban era qué tipo de trabajo podía ofrecerles.
Los que siguen son testimonios de algunos que esperan el milagro.
Verónica tiene 15 años. Es boliviana y hace unos seis meses que llegó a la Argentina. Vive en Parque Patricios, con su tía. Trabaja en un taller de costura con máquinas de overlock propiedad de un empresario coreano.
"Hago pantalones, sacos y pulloveres. El horario de trabajo es de 7 de la mañana a 12 de la noche. Al mediodía nos permiten parar media hora para comer. Nos dan arroz con tuco, siempre lo mismo. Dormimos todas juntas en un galpón y nos dejan salir los domingos. Por ese trabajo nos pagan 300 pesos al mes", enumera una rutina que se le ha hecho carne.
Sol no tiene documentos argentinos. Es boliviana, entró en el país como turista y se quedó. "Quería estudiar. Vine hace tres meses con mi hermana, pero a ella no le gustó la Argentina y se volvió. Yo me quedo porque necesito volver con algo de plata, por lo menos para justificar el viaje", argumenta.
Dice que en Bolivia se cuentan cosas fantásticas sobre la Argentina y que eso impulsa a muchos a lanzarse a la aventura. "Pero venís acá y ves la realidad y te caés de espaldas. Yo pensaba que iba a poder estudiar y trabajar dignamente, pero no es así. Estoy muy decepcionada; acá no tenemos trabajo y a los extranjeros nos tratan muy mal."
Un largo viaje en micro
"Yo había estado trabajando en Manaos. De ahí me tomé un micro y terminé en Retiro", cuenta Mario Benito Fernández, un boliviano de 52 años que está sin trabajo desde hace un mes.
Fernández exhibe orgulloso el trofeo que supo conseguir: un documento de radicación legal en la Argentina. Llegó en 1989, conoció a una mujer coterránea, se casaron y tuvieron dos hijos.
"Quería volver a Bolivia con un título argentino de decorador, que allá vale mucho, pero tenía que trabajar y las cosas se pusieron difíciles. La Argentina no es lo que me imaginaba. Por el mismo trabajo de albañilería que antes cobraba 40 pesos, hoy, si lo consigo, no me pagan más que 20", se queja.
La Argentina que trajo en sus sueños desde Perú Segundo Alburquerque, a esta altura se ha estrellado contra la realidad.
"Cuando vine había mucho trabajo, pero ahora no se consigue nada. Cada mañana esperamos que llegue alguien y nos ofrezca algo, lo que sea", casi suplica. "Nosotros competimos con los argentinos -continúa-, porque les costamos más baratos."
Educación y salud
Según sus rápidos cálculos, aprendidos en tantas mañanas frías, por pintar una casa durante tres semanas, le pagan 350 pesos, contra 1500 de un pintor argentino. "Pero no me quejo: por lo menos, acá, mis hijos van al colegio y tienen salud", se consuela.





