La economía de la felicidad, una quimera
Un gobierno debe resolver los problemas concretos del pueblo, no idear fórmulas que lo hagan “feliz”, dicen Okun y Scitovsky
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Desde que el mundo es mundo, los gobiernos afirman que se proponen lograr la felicidad del pueblo. La novedad es que algunos de ellos (Francia, hace algún tiempo; Inglaterra, más recientemente) pretenden darle contenido operativo al concepto felicidad, para poder evaluar a las autoridades de turno.
Para saber más sobre esto entrevisté al norteamericano Arthur Melvin Okun (1928-1980), profesor en Yale, quien entre 1968 y 1969 presidió el Consejo de Asesores Económicos del presidente Lyndon Baines Johnson; y al húngaro Tibor Scitovsky (1910-2002), profesor en Stanford, Berkeley y Yale, asesor del Banco Mundial y autor de La economía sin alegría , publicado en 1976.
-La "felicidad del pueblo" es un concepto muy abstracto como meta de la acción de gobierno. ¿Qué variables concretas se plantean como objetivos de las políticas económicas?
Okun: -El crecimiento del PBI, una alta (o plena) ocupación de la mano de obra y una baja tasa de inflación; además, la disminución de la brecha entre los ingresos de los ricos y los de los pobres. Algunos utilizaron la evolución de bienes específicos, como "señal" de comportamiento económico general (el consumo de acero por habitante, el desarrollismo, la producción y venta de autos, Walt Whitman Rostow).
-¿Cómo se combinan los distintos objetivos?
Okun: -Propuse que los gobiernos redujeran al máximo posible el "índice de miseria", que suma las tasas de desocupación e inflación. Posteriormente, Robert Barro lo extendió y agregó la tasa de interés y (restando) la tasa de crecimiento del PBI.
-En La economía sin alegría se diferencia entre placer y confort.
Scitovsky: -Distinción importantísima. Comer produce placer, haber comido confort; reformar la casa donde uno vive produce placer, sentarse en un sillón luego de terminada la reforma produce confort.
-Pero en su libro usted dice algo más.
Scitovsky: -Afirmo que la felicidad está mucho más relacionada con el placer que con el confort, por lo cual me genera grandes reservas la teoría microeconómica basada en que el individuo busca su felicidad personal como si estuviese maximizando una función de utilidad, que depende de las cantidades consumidas de cada uno de los bienes, sujeta a las posibilidades de compra que posibilita el ingreso.
-Diferentes gobiernos buscan ahora expresar la felicidad a través de indicadores específicos, y por consiguiente sujetos a verificación.
Okun: -Los economistas hemos recorrido un largo trecho proponiendo guías para orientar la acción pública, desde el planteo original de Jeremy Bentham, quien postulando que las personas tenían las mismas preferencias y que la utilidad marginal era decreciente, concluyó que la mejor situación posible implicaba la igualación absoluta de todos los ingresos; Vilfredo Pareto, quien se fue al otro extremo, al cuestionar la posibilidad de realizar comparaciones interpersonales de bienestar; la denominada economía del bienestar, que se desarrolló a mitad del siglo XX, el replanteo realizado por Amartya Sen, etcétera.
-¿Y entonces?
Scitovsky: -Lo que Arthur dice, y yo comparto, es que una cosa es que diferentes economistas, y aun instituciones como el Banco Mundial o alguna universidad, sigan analizando la cuestión y hasta realicen propuestas, y otra que algunos gobiernos inventen y aprueben la "fórmula oficial para el logro de la felicidad" (y, peor aún, la incluyan en la Constitución). En Estados Unidos es una entidad privada (el National Bureau of Economic Research), y no el Estado, quien fecha el comienzo y la finalización de cada una de las etapas de los ciclos económicos. Más allá de los méritos que puede tener la denominada "economía de la felicidad", la profesión está lejos de formular alguna apreciación sensata al respecto. De manera que les recomendaría a los gobiernos que no se distraigan, que bastante tienen con solucionar problemas concretos de la gente, sobre la base de criterios y procedimientos conocidos y probados.
-Señores, muchas gracias.
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