La economía y su especial relación con las enfermedades y la medicina

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Pablo Mira
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9 de febrero de 2020  

La economía tiene una relación especial con las enfermedades. Los economistas hablamos de síntomas, de patologías, y presentamos recetas para intentar curar al paciente. Incluso se suele referir a una afección específica: la enfermedad holandesa, un trastorno económico que aparece cuando el descubrimiento de un recurso natural exportable provoca un atraso cambiario que afecta la competitividad de otros sectores. Fuera de la metáfora, la economía se ha metido de manera directa con las enfermedades de las personas, o de la sociedad. El pionero fue Gary Becker, un economista de Chicago que desembarcó con el herramental neoclásico en otras ciencias sociales.

Los trabajos de Becker han sido criticados. Y algunos, olvidados. Pero hace pocos años un polémico economista llamado Bryan Caplan partió de sus enseñanzas y dio un paso más allá. Propuso que las enfermedades pueden ser entendidas como puras elecciones económicas sujetas a una restricción presupuestaria. Para capturar su argumento, recordemos que la decisión de consumo depende de los ingresos y de las preferencias. Si unas vacaciones a Hawaii exceden el presupuesto, no habrá consumo. Con presupuesto suficiente, empiezan a jugar los deseos de cada persona (y la comparación de precios). Y así es como, en lugar de ir al cine, se prefiere ver en casa una película de Netflix.

Con las enfermedades, propone Caplan, ocurre algo similar. Las enfermedades físicas pueden ser interpretadas como "restricciones presupuestarias". Así como no alcanza la plata para vacacionar en Hawaii, tener una pierna menos podría hacer desistir al individuo de correr una maratón. Sin dinero no se puede gozar de las vacaciones y sin piernas no se puede gozar de ciertos deportes.

En cuanto a las patologías psiquiátricas, Caplan dice que se entienden mejor si se piensan como preferencias. Para Caplan, una persona drogadicta puede tratarse como alguien que tiene un predilección por consumir estupefacientes por sobre actividades más normales, como dedicarse al ping-pong. Por eso, las enfermedades psiquiátricas deberían ser entendidas no como una restricción presupuestaria externa sino como una preferencia revelada interna.

Caplan presenta estas ideas en un artículo llamado "La economía de Szasz". Thomas Szasz fue un profesor de psiquiatría que escribió sobre filosofía de la mente. Como liberal clásico, defendió siempre que cada persona tome sus decisiones respecto de su cuerpo y de su mente, sin intervención del Estado. En su visión, las enfermedades mentales no son más que construcciones infundadas y arbitrarias. "Si crees que Jesús o los comunistas te persiguen (y no es así), te diagnosticarán con síntomas de esquizofrenia. Pero si crees que Jesús es el Hijo de Dios o que el Comunismo es la única forma científica y moralmente correcta de gobierno, seguramente te rotulen como lo que eres: un cristiano o un comunista", desafía Szasz en un libro.

Quizás un punto a favor de Szasz sea lo que ocurrió históricamente con enfermedades alguna vez consideradas psiquiátricas. Hasta los años 70, la homosexualidad se interpretaba como una patología, pero hoy se reconoce como una preferencia legítima. Las conductas que se juzgaban como antisociales o extremas solían considerarse trastornos médicos, pero esto resultó una mera estigmatización, y con el tiempo estas actitudes se aceptaron como normales. En palabras de Caplan, se trata de simples preferencias.

Pero volvamos a la economía. Para Caplan, la teoría no puede darse el lujo de trabajar con dos tipos de comportamiento humano: uno mentalmente sano y otro enfermo. El homo economicus es uno solo y debe ser liberal y racional.

Por ejemplo, para Caplan es natural preferir ser alcohólico en lugar de privilegiar el trabajo (a veces, otra forma de adicción). Para él, la vida es simplemente elegir y no hay ninguna irracionalidad en pronunciarse a favor del alcohol. Caplan se anima incluso a decir que expresar arrepentimiento por una conducta pasada es una estrategia racional para evitar sanciones legales y sociales por la conducta pasada.

El psiquiatra Scott Alexander, que escribe en su maravilloso blog Slate Star Codex, considera que Caplan ha ido demasiado lejos y propone el siguiente caso. Un alcohólico de varios años toca fondo y decide por sí mismo ir a Alcohólicos Anónimos (AA). Pero un día vuelve a caer en la adicción y, desesperado, intenta suicidarse. Los médicos salvan su vida y él vuelve a AA para recuperarse. Alexander se pregunta por estas preferencias, tan contradictorias que seguramente no cumplen con los axiomas de la teoría del consumidor neoclásica. ¿Caplan interpretaría la asistencia a AA y el posterior intento de suicidio como una cobertura para tapar el gusto por el alcohol?

En la película Adiós a Las Vegas, el personaje de Nicholas Cage es un alcohólico convencido e irrecuperable... ¿una elección racional? Su racionalidad es especial, teniendo en cuenta que, habiendo acumulado tantos problemas, nota el enorme costo de remontar y recuperarse.

La decisión del alcohólico, agrega Alexander, puede estar viciada por varias razones. Por ejemplo, el alcohol suele ayudar a olvidar recuerdos traumáticos que pueden volver si se recupera la salud. Y, a veces, dejar la bebida y no reemplazarla por ninguna otra satisfacción puede retardar la decisión de volverse sobrio. Llamar "preferencia" a esta situación parece excesivo.

Mi sueño libertario

Las ideas de Caplan y Szasz opacan las más liberales. El mismo Milton Friedman reconocía que cierto grado de paternalismo era necesario para tratar con individuos con problemas mentales. Pero defender a toda costa la libertad de cada persona de disponer de sí mismo es en parte una quimera. Para empezar, la mayoría de las personas que sienten que tienen una enfermedad psiquiátrica va al médico por decisión propia. Paradójicamente, estas personas parecen exhibir la preferencia de querer curar lo que se supone que son sus propias preferencias.

Pero, además, la ciencia está poniendo en jaque la idea de que las personas tomamos decisiones propias, de modo que el concepto de libre albedrío se ha vuelto cada vez más borroso. Todo apunta a que no es posible decidir sobre los deseos o sobre si conviene o no ser introvertido. Las decisiones dependen de infinidad de cuestiones biológicas, sociales y genéticas de las que no tenemos conciencia. Para el historiador Yuval Harari, creer en el libre albedrío no es solo ingenuo, sino también peligroso, porque si los gobiernos y las corporaciones logran hackear el cerebro humano, quienes crean ser amos de sus decisiones serán los más fáciles de manipular, y los últimos en darse cuenta.

Y podemos ir más lejos aún. El sueño libertario invoca al homo sapiens como la unidad decisoria definitiva. Pero esta unidad difícilmente sea consistente con la lógica evolutiva. Según científicos como Richard Dawkins la unidad básica sujeta a reproducción no es el individuo sino el gen (que por ello en su libro llama "egoísta"). Y según otros la unidad reproductiva por excelencia son los grupos, no cada humano en particular. De modo que el agente decisor tampoco parece estar bien definido.

Aceptar la generalización racional de Caplan parece demasiado exigente. Muchos de los que padecen problemas psiquiátricos no muestran capacidad estratégica para racionalizar siquiera su propia situación. Y por otro lado, mejor no hacer enojar a los psiquiatras. Imaginen si debido a los fallos sistemáticos de las predicciones de los economistas decidieran incluir a la profesión en el Manual de Trastornos Mentales.

Economista y docente en la UBA

Por: Pablo Mira
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