
La filial de Miami de la Reserva Federal abrió sus puertas a una delegación argentina para hacer un paseo por la cuna del dólar
En su bóveda se guardan millones de unidades de la moneda de los Estados Unidos bajo estrictas medidas de seguridad
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MIAMI.- ¿Es posible estar a escasos centímetros de fajos de miles de millones de dólares y no tocar ni siquiera alguno, aunque sea uno de muy baja denominación?
La respuesta es sí, por lo menos si los billetes que por momentos parecían ladrillos de color verde están dentro de la Reserva Federal, custodiados por decenas de cámaras invisibles y separados por vidrios blindados que no dejan perforar ningún sonido.
Era el mediodía del lunes pasado cuando un grupo de periodistas, entre los que estaba LA NACION, ingresó en la Reserva Federal estadounidense, más precisamente a la delegación de Miami, una de las 37 sucursales que tiene el banco central de Estados Unidos. Y allí estaba el depósito de dinero capaz de impresionar al más aplomado de los mortales. O bien hacer sentir un mendigo a más de un millonario.
Además de la prensa local, el empresario postal Héctor Colella, dueño de Ocasa, dos de sus hijos y sus colaboradores más cercanos, también formaban parte de la delegación. ¿El motivo? Conocer por dentro el lugar donde a partir del 29 de mayo tendrán acceso las ahora camionetas verdes de la firma que perteneció a Alfredo Yabrán para transportar los dólares que viajarán a América latina.
En las afueras de Miami, en la localidad de Doral, cerca del aeropuerto que es una de las principales puertas de acceso de los latinos a América del Norte, la Reserva Federal se esconde detrás de un predio perfectamente parquizado que, obviamente está fuertemente custodiado.
Fue necesario abrir las puertas del furgón, entregar los pasaportes (cuyos nombres ya estaban adelantados), esperar que el personal de guardia examine con un espejo el piso del vehículo para recién ingresar al lugar. Sucede que en el mismo predio, apenas dividido por un arroyo que cruza el terreno, está instalado el Comando Sur del ejército estadounidense. "Desde allí se controla toda América latina, por lo menos eso es lo que se cuenta", dijo uno de los colaboradores de Colella.
Fue necesario un control más, antes de poder trasponer la puerta de ingreso y, sentir, ahora sí, un fuerte olor a dólares.
"El olor a billetes es muy intenso, especialmente cuando llegan valores de baja denominación que tienen mucha más circulación. Pero uno se acostumbra a todo", dijo el hombre que está a cargo de la delegación de Miami, Robert "Bob" De Zayas. Justamente el estadounidense de origen cubano fue el encargado de hacer las veces de anfitrión y guía por los pasillos del edificio que custodia buena parte de los 700.000 millones de billetes estadounidenses que se han emitido.
"Los billetes nuevos pesan un gramo cada uno, es decir que cada fajo pesa 100 gramos. En billetes de 100 dólares, un millón de dólares pesa 10 kilos", ejemplificó De Zayas, que en todo momento exhibió una notable confianza con Colella.
Después de un almuerzo dentro de la Fed, De Zayas condujo al grupo hacia las entrañas del edificio de una planta, allí donde se guardan celosamente los dólares. "Miren, por allí se ven pasar paquetes de billetes", dijo De Zayas mientras los periodistas dejaban todas sus pertenencias en un despacho.
De ahí en adelante, todo era toparse con carros abarrotados de billetes, estanterías donde se apilaban dólares de todas las denominaciones o carros que llevaban frondosos paquetes con moneda estadounidense.
Trabajo difícil
"Esta delegación tiene 150 empleados. Acá los trabajadores están perfectamente vigilados por cámaras que los toman durante todo el tiempo con un plano de cuerpo entero. Tienen turnos reducidos y se los reemplaza constantemente", dijo De Zayas.
Allí estaban tres operarios, que como si estuviesen en una línea de producción de una fábrica cualquiera, operaban una máquina que examinaba el estado de los billetes. "Venga, mire por acá", dijo el funcionario a LA NACION mientras movía un carro vidriado y con los ángulos de acero, lleno de billetes. Arriba, en un papel, se leía: "6,72 millones".
Justamente esas máquinas que los operarios manejaban con asombrosa rutina son las encargadas de verificar cómo está cada billete. "La máquina cuenta con un sensor que detecta el posible deterioro de los billetes. Los que son rechazados son eliminados automáticamente", relató el funcionario norteamericano que hace 34 años trabaja en la Reserva Federal. Otro de los puntos que destacó fue el sensor. "La tecnología que tiene este sensor no se puede develar. Es desarrollado solamente para la Reserva Federal", explicó.
Por un tubo de aire comprimido -similar al que usan los supermercados para enviar las recaudaciones a la contaduría- pasaban uno tras otro centenares de billetes que hasta un segundo antes mantenían su valor. El paso siguiente será otra máquina donde son reducidos a porciones mínimas.
"En billetes de 100 dólares, se destruyen aproximadamente del 10 al 15% de los que pasan por acá. En los de un dólar, ese porcentaje puede llegar a un 45 por ciento", agregó el funcionario. Detrás había una mesa con 75 fajos de billetes de 100 dólares.
Siguiendo por un pasillo y rodeado de oficinas vidriadas con grupos de tres operarios cada una, estaba la bóveda. "Se calcula que el 20% de todos los dólares que hay están en América latina. Y de esos, gran parte pasaron por acá", agregó. Pocos miraban a la cara a este hombre no muy alto en ese momento, apenas si lo escuchaban. Sucede que detrás de él, reja de acero de por medio, se levantaba un imponente depósito de dólares, custodiado celosamente por cámaras.
"¿Cuánto dinero hay en ese depósito?", preguntó LA NACION. "Mucho, hijo, mucho", se limitó a contestar, sonriente, De Zayas.
Y la visita llegaba a su fin, cuando un colaborador se acercó con una caja. De Zayas tomó una bolsa y repartió un fajo de dólares a cada uno de los visitantes. Eso sí, después de que la máquina los trituró. "Si logran armar uno, nosotros lo reconocemos", desafió De Zayas. Imposible.





