La gran divisoria dentro de las economías en ascenso

Dani Rodrik
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20 de abril de 2014  

Cuando investigadores del McKinsey Global Institute profundizaron en los detalles de los lentos resultados económicos de México, hicieron un descubrimiento notable: un desfase grande del aumento de la productividad entre las empresas grandes y las pequeñas. De 1999 a 2009, la productividad del trabajo había aumentado en un respetable 5,8% en las grandes empresas de 500 o más empleados. En cambio, en las empresas pequeñas, de diez o menos empleados, el aumento de la productividad del trabajo había disminuido en una tasa anual del 6,5%.

Además, el porcentaje correspondiente al empleo en esas empresas pequeñas, que ya estaba alto, había aumentado del 39 al 42% en el mismo período. En vista del enorme desfase entre lo que llaman los "dos Méxicos", no es de extrañar que la economía tuviera resultados tan deficientes en conjunto. Pese a lo rápido que las firmas grandes y modernas mejoraron gracias a las inversiones en tecnología y conocimientos técnicos, la economía se vio arrastrada por sus improductivas firmas chicas.

Parece anomalía, pero es un fenómeno cada vez más común. La novedad no estriba en que algunas empresas estén mucho más próximas a la frontera de la productividad mundial que otras. La heterogeneidad productiva siempre ha sido un rasgo de las sociedades de escasa renta. Lo nuevo es que los segmentos de escasa productividad de las economías en desarrollo no se reducen, al contrario.

Por lo general, el desarrollo económico se produce cuando los trabajadores y los agricultores se trasladan de los sectores tradicionales y con escasa productividad al trabajo en las fábricas y los servicios modernos. Cuando así sucede, ocurren dos fenómenos: primero, la productividad total de la economía aumenta, porque una parte mayor de su fuerza laboral logra empleos en sectores modernos, y segundo, el desfase en materia de productividad entre los sectores tradicionales y modernos se reduce. La productividad agrícola crece durante ese proceso, gracias a unas técnicas mejores y una reducción del número de agricultores que cultivan la tierra.

Ésa fue la tónica clásica del desarrollo de la posguerra en la periferia europea: países como España y Portugal. También fue el mecanismo que engendró los "milagros" de crecimiento asiático en Corea del Sur, Taiwan y China. El rasgo que todos esos episodios de elevado crecimiento tuvieron en común fue una industrialización rápida. La extensión de la manufactura moderna impulsó el crecimiento, incluso, en países que dependían más que nada del mercado doméstico, como Brasil, México y Turquía en el decenio de 1980. Lo que tuvo importancia fue el cambio estructural, no el comercio internacional per se.

Actualmente, el panorama es muy diferente. De hecho, el cambio estructural ha llegado a ser cada vez más perverso: de la manufactura a los servicios, de las actividades del sector de bienes comercializables al de los no comercializables, de los sectores organizados a los no estructurados, de las empresas modernas a las tradicionales, y de las empresas medias o grandes a las pequeñas.

Hay dos formas de colmar el desfase entre los sectores de vanguardia y los retrasados de la economía. Una es la que permite que las empresas pequeñas y las microempresas crezcan, entren en la economía estructurada y lleguen a ser más productivas, todo lo cual requiere la eliminación de muchos obstáculos.

La segunda estrategia consiste en aumentar las oportunidades de las empresas modernas y afianzadas para que puedan ampliarse y emplear a unos trabajadores que, de lo contrario, acabarían en sectores menos productivos de la economía. Ésa puede muy bien ser la vía más eficaz.

Los estudios muestran que pocas empresas de éxito comienzan siendo empresas pequeñas y del sector no estructurado; al contrario, las inician en bastante gran escala empresarios que obtienen sus conocimientos especializados y su conocimiento de los mercados en los sectores más avanzados de la economía.

El imperativo consiste en crear un ambiente económico en el que haya incentivos para que los talentos y los capitales locales inviertan en empresas de los sectores modernos y de bienes comercializables. A veces, basta con eliminar reglamentaciones y restricciones estatales más asfixiantes. Otras, los gobiernos necesitan estrategias más proactivas para subir la rentabilidad de esas inversiones.

Los detalles de las políticas apropiadas dependerán, como de costumbre, de las restricciones y oportunidades locales, pero todos los gobiernos deben preguntarse si están haciendo lo suficiente para apoyar el aumento de la capacidad en los sectores modernos que tienen las mayores posibilidades de absorber a los trabajadores del resto de la economía.

El autor es profesor de Sociología en la Universidad de Princeton

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