
La guerra de los cultivos transgénicos
Los semilleros argentinos quieren usar estos productos, resistidos en Europa y aceptados en EE.UU.
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Bienvenidos al futuro. Muchos aún no saben si les gusta, pero bueno, aquí está: la biotecnología llegó para alimentar al mundo. Al menos así lo creen las 67 empresas que componen la Asociación de Semilleros de Argentina (ASA).
El desafío es grande: la humanidad crece a razón de 140 nacimientos por minuto y alcanzará en el 2050, según algunas previsiones, los 11.000 millones de personas. Resulta probable, entonces, que las semillas, como base de la agricultura, terminen transformándose en un elemento de vital preponderancia para lograr esa meta. Las posibilidades de manipular genéticamente una semilla son incalculables. Hoy ya estudian semillas de maíz que contengan sustancias reductoras de colesterol o plantas con propiedades farmacéuticas, como los maíces productores de insulina.
Los alimentos transgénicos son aquellos que fueron elaborados con materia prima genéticamente modificada. Puede lograrse de dos maneras: introduciendo en la simiente un gen de otra especie o cambiando la expresión de sus genes sin inyectar un ADN ajeno. De todos modos, el maravilloso mundo de la transgénesis ha sido fuertemente resistido por la Unión Europea y particularmente por Carlos, el príncipe de Gales, que terminó enfrentándose con el primer ministro británico, Tony Blair. Los argumentos: inseguridad sanitaria para los consumidores, aunque detrás del telón de fondo se esconderían motivaciones comerciales. El flamante titular de la entidad, Oscar Domingo, comentó que los productores, exportadores e industriales del complejo agroalimentario exigen contar con estos materiales para conseguir sostener la competitividad en un mercado cada vez más salvaje.
"Los avances tecnológicos son imparables e irreversibles y lo peor que nos podría pasar sería no incrementar los rendimientos unitarios de los cereales y seguir vendiendo barato", dijo Domingo.
Sucede que la industria semillera argentina, encabezada principalmente por multinacionales, invirtió US$ 40 millones sólo en investigación y desarrollo. Se trata de un sector que creció un 50% en los últimos tres años y desarrolló 946 cultivares nuevos.
Inventos y oposición
"Al principio todos los inventos encuentran oposiciones", fundamentó el titular de ASA, aunque al cabo de una pausa reconoció que el mentado hermetismo de la UE frente a la biotecnología se apoya en elementos puramente económicos y no en una actitud tozuda.
El presidente de Nidera, una de las firmas exportadoras de cereales más grandes del país, Eduardo Leguizamón, percibe que los europeos buscan retrasar el avance tecnológico de otros países, porque "quedaron rezagados en esta carrera" y temen perder preponderancia.
En los viejos tiempos , o sea hace tres años, se hablaba de la revolución de la soja transgénica. Hoy, el 60 % de la soja que produce la Argentina pertenece a esta variedad modificada genéticamente. Esto reditúa, para darse una idea del parámetro del negocio, unos US$ 2000 millones.
"Mucha gente tiene una visión pesimista -explicó Leguizamón- de la biotecnología, porque hasta ahora sólo favoreció el aspecto productivo, pero en 5 o 10 años podrán ver sus beneficios en el factor humano."
Todo indica que nuestro país comparte espiritualmente la línea progresista de los Estados Unidos, que cuenta con un 40% de soja transgénica del total de la superficie sembrada, por un valor de 5000 millones de dólares. De hecho, en la última reunión de Cartagena de Indias -Colombia-, donde se discutió (sin grandes resultados, cabe añadir) acerca de la bioseguridad en el comercio mundial de productos modificados genéticamente, la Argentina tomó una firme posición y se alió con una decena de países en el denominado Grupo Miami.
En la actualidad, la piedra de la discordia se llama Maíz RR. La Secretaría de Agricultura todavía no aprobó su utilización y las empresas acusan que el retraso resulta injustificado.






