La interminable batalla por el presupuesto estadounidense

Kenneth Rogoff
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13 de octubre de 2013  

Tal vez los inversores se están insensibilizando frente al desastre anual del tope al endeudamiento estadounidense, que se desarrolla por tercer año consecutivo. Pero, a medida que las antigüedades de corto plazo se hacen más rutinarias, los riesgos de una disfunción en el largo plazo se tornan más visibles, una cuestión que evidencia la paralización del gobierno federal.

El presidente Barack Obama tiene razón cuando se queja de chantaje. El Congreso estadounidense no puede pretender usar la amenaza de una cesación de pagos como una forma normal de lograr concesiones. Cada vez más, la batalla por el tope a la deuda del gobierno estadounidense refleja una lucha más profunda por el poder constitucional entre el Presidente y el Congreso. Si no se resuelve, este combate podría debilitar profundamente la capacidad del gobierno para tomar decisiones económicas significativas.

Por supuesto, un fracaso en la civilidad política difícilmente implicaría originalidad para Estados Unidos, son demasiadas las naciones que sufren algún grado de disfuncionalidad política. Requeriría cierto esfuerzo igualar el historial italiano de parálisis gubernamental. Pero si el Congreso continúa secuestrando la política económica estadounidense, no augura nada bueno para las perspectivas, por lo demás prometedoras, de su economía en el largo plazo.

Por ahora el resto del mundo demuestra una confianza ilimitada en la capacidad estadounidense de poner su casa en orden. Nadie puede imaginar que un país con tantas ventajas económicas únicas se arriesgue a producirse a sí mismo una herida tan profunda como la que implicaría una cesación de pagos. Pero esta vez podría ser diferente. Obama necesita que sus opositores republicanos depongan su agresividad y no hay garantía de que lo harán. En el pasado fue Obama quien dio un paso al costado; sabía que aún cuando una catastrófica cesación de pagos de la deuda fuese causada en gran medida por los congresistas republicanos, probablemente le tocaría a él absorber parte de la culpa en la siguiente elección. Ahora que la reelección es un hecho, Obama puede verse inclinado a tomar más riesgos en pos de asegurar su legado económico.

¿Cuál será ese legado? A pesar de los impulsos destructivos del gobierno federal, la economía estadounidense muestra gran capacidad de recuperación y parece estar en vías de fortalecerse. A Obama le encantaría que esta tendencia continúe, como a casi todo el resto del mundo. Desafortunadamente, una cesación de pagos de la deuda estadounidense, incluso de carácter técnico, tendría consecuencias imprevisibles que podrían amenazar la recuperación.

Consideren qué ocurrió cuando la Reserva Federal jugó mal sus cartas y difundió prematuramente su intención de «reducir gradualmente» sus compras de activos de largo plazo. Si la mera insinuación de una restricción monetaria enturbió los mercados internacionales de tal manera, ¿qué produciría en la economía mundial una cesación de pagos de la deuda estadounidense?

Gran parte de la cobertura de prensa se ha centrado en diversos trastornos de corto plazo consecuencia de contraproducentes medidas de secuestro, pero el riesgo real es más profundo. Sí, el dólar se mantendría como la principal moneda de reserva en el mundo incluso después de un innecesario brote de cesación de pagos; simplemente no existe todavía una buena alternativa. Pero incluso si Estados Unidos mantuviese la franquicia de la moneda de reserva, su valor podría verse profundamente comprometido.

Irónicamente, la lucha por el tope al endeudamiento no está realmente centrada en la deuda. En lugar de ello, el debate sobre el tope a la deuda está relacionado con el tamaño y el alcance del gobierno. Sí, el gobierno de Estados Unidos debe preocuparse por la gran suba de su deuda pública y los crecientes costos del sistema de pensiones y atención sanitaria que la alimentan. A pesar de las declaraciones que infundadamente sostienen lo contrario por motivos políticos, las investigaciones académicas aún sugieren abrumadoramente que una deuda muy elevada implica restricciones al crecimiento en el largo plazo.

Por supuesto, los estadounidenses deben preocuparse en igual medida por la calidad de la educación y la infraestructura –ni que hablar del medio ambiente– que legarán a las generaciones futuras. Pero, por sobre todas las cosas, debe producir una herencia de toma de decisiones políticas civilizadas. Actualmente, esa característica esencial del gobierno eficaz está en riesgo.

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