La inversión es la víctima de los controles

Carlos Balter
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27 de mayo de 2013  

Dada su preocupación por disminuir la inflación, el Gobierno ha decidido intensificar el uso de la herramienta del control de precios. Durante estos últimos años hemos vivido un novedoso sistema de control en el cual los supermercados y grandes cadenas mayoristas se asocian con la Secretaría de Comercio Interior, a la que consultan sobre autorizaciones para aumentar sus precios.

Los índices reales de inflación permiten afirmar que este mecanismo, desprovisto de toda formalidad y cálculo preciso, no ha servido para detener los aumentos. Seguramente haya sido exitoso con ciertos productos que justamente por este control terminaron desapareciendo del mercado.

Los economistas ortodoxos afirman que la tasa de inflación guarda una correlación inexorable con la tasa de expansión monetaria, pero cuando no se puede o no se quiere dejar de emitir aparecen los economistas heterodoxos proponiendo el remedio mágico del control de precios, desconociendo su ineficacia y el tremendo daño que causan.

Analizando la lógica del control como instrumento para evitar un proceso inflacionario, se descubre que hay un error conceptual básico. Cuando una empresa aumenta es porque sus costos se han incrementado y su decisión consiste simplemente en aplicar a sus nuevos costos un margen fijo, denominado mark-up, de utilidad. Si con el control de precios se logra disminuir o eliminar este margen, se habría logrado bajar en este porcentaje el aumento del precio de venta. Por ejemplo: si el margen sobre ventas de una empresa es de 10% y sus costos aumentan 10%, y si el control le impide trasladarlos, la empresa no tendrá utilidad y la tasa de inflación se habrá beneficiado en un 10% con los productos de esta empresa. Pero si en el período siguiente ocurre lo mismo, no hay ningún efecto sobre el proceso inflacionario. O sea, el efecto de un control es por una sola vez, hasta que se agota el margen de utilidad de las empresas controladas.

La fantasía de un congelamiento total de salarios y precios de todas las empresas, que impida todo aumento de costos, es obviamente eso: una fantasía. No existen estudios serios que hayan probado en alguna época de la historia mundial o argentina que el control de precios haya disminuido la tasa de inflación sin disminuir la tasa de expansión monetaria.

Pero lo peor es el daño a la inversión causado por la pérdida de utilidad de las empresas en las cuales el control es exitoso. Dada la complejidad de estos sistemas, el esfuerzo del controlador se concentra en los productos de primera necesidad, cuyos productores, durante el proceso inflacionario, soportan incrementos de costos de aquellos proveedores a quienes no es fácil controlar. Pierden su utilidad, soportan pérdidas para no perder mercado y dejan de invertir. La víctima es la inversión, lo que daña la oferta futura de los artículos de primera necesidad que eran aquellos cuyo precio el controlador no quería que aumentaran.

Lo peor que le puede ocurrir a una economía es que el control de precios sea exitoso. Las utilidades de las empresas argentinas no son monopólicas ni cuasi monopólicas salvo cuando son protegidas por el Estado; las empresas compiten y fijan los márgenes mínimos que les permiten mantener o aumentar su porción del mercado. Las medianas y grandes invierten casi toda su utilidad y toman prestado para invertir sólo si esperan obtener utilidades futuras. Disminuir las utilidades competitivas de las empresas es suicida desde el punto de vista de la inversión. Y sabemos que el volumen de la inversión es el factor clave en el funcionamiento de toda economía.

En un análisis macroeconómico de corto plazo la inversión es quien "lleva la batuta", como decía Mr. Keynes, en la determinación del nivel de recesión y desempleo (Kicillof, Axel, De Smith a Keynes , Buenos Aires, Eudeba). En el largo plazo, la inversión es la determinante de la productividad de la mano de obra, o sea, del nivel del salario real. ¿Por qué entonces este gobierno, que se identifica con el análisis keynesiano, no vacila en dañar ostensiblemente al proceso de inversión privada? Para Keynes, el tema macroeconómico crucial era el comportamiento de la inversión privada. Para la actual administración, todo indica que las utilidades de las empresas, o sea lo que genera incentivos para invertir, no le importan. No le importó eliminar el ajuste de los balances por inflación de un plumazo y ahora, en un alarde de total desprecio hacia la inversión privada, intensifica el control de precios. Si fuéramos creyentes keynesianos o no, deberíamos preocuparnos.

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