
Las dos caras de la misma moneda
El crecimiento sigue en altos niveles, motoriza el empleo y baja la pobreza, pero es cada vezmás difícil sostenerlo por la falta de inversión y de energía
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Hace diecisiete trimestres que viene creciendo el producto bruto. Caen la desocupación, la pobreza y el empleo en negro. Aumentan los salarios y el consumo; las exportaciones y las importaciones; el gasto público y el privado, y muchos de los defensores del modelo de dólar caro se animan a aconsejar a Brasil que devalúe de una vez, que siga el ejemplo de su socio del Mercosur y deje de crecer a "sólo" el tres por ciento por año. "Menos que España", dicen a coro, culpando a Lula por haber mutado en "ortodoxo", en lugar de imitar al "heterodoxo" Kirchner.
La contracara es que basta con que el termómetro baje para que desde el ministro de Planificación Federal, Julio De Vido, hasta funcionarios de segundo orden se lancen sobre cuanto teléfono esté cerca para exigir a los grandes usuarios que no consuman gas o electricidad.
Apenas basta un poco de frío -normal en los meses de invierno- para que 1,5 millón de automotores que funcionan con gas natural comprimido (GNC) tengan que detener su marcha por no tener combustible.
Alcanza con darse una vuelta por cualquier góndola de supermercado para comprobar faltantes de lácteos -leche, en particular- y de varios cortes de carne vacuna. Ocurre en un momento en que la demanda internacional es muy firme para esta clase de productos y los precios internacionales, muy atractivos, a diferencia de lo que ocurría a finales del siglo XX y principios del actual. Sin embargo, parecería que las reglas de juego de la actual administración no animan a nadie a invertir en esas áreas. Esta vez no son ni el tipo de cambio ni los precios internacionales los que ponen en aprietos a los productores.
Tener que cruzar la Capital Federal a diario para trabajar alcanza y sobra para toparse con los servicios de transporte colapsados. Los autos se amontonan en los accesos a la Capital Federal, cuya última ampliación data de 1996. Los trenes no salen, o salen tarde y repletos, y los colectivos suelen ser compendios de chapa vieja en medio de la ciudad.
Intentar viajar al interior es la mejor manera de tomar conciencia de lo que significa la falta de vuelos, la escasa disponibilidad horaria y los retrasos que provoca la falta de inversión en infraestructura, llámese radar, aviones o aeropuertos. Todo esto sucede en la Argentina del crecimiento que muchos quieren comparar con el de China, aunque ambos procesos no tengan absolutamente nada que ver.
Y los diferentes problemas pueden reconocer diferentes causas, aunque hay una que es común y sorprendente: la inversión es insuficiente para sostener el ritmo de crecimiento, a pesar de que los mercados se ampliaron, la demanda no se debilita y la rentabilidad se había recuperado.
En el caso de los lácteos, se puede culpar al desastre natural de las inundaciones de pocos meses atrás, que ocurrieron en el núcleo de la cuenca lechera más grande de América latina. Pero algún otro problema debe de haber, puesto que el estimador mensual industrial (EMI) del Indec registra caídas en la producción de lácteos desde principios de año.
Tal vez las políticas de precios, retenciones móviles y prohibición de exportaciones tuvieron que ver.
Roberto Socín, presidente de la Mesa de Productores de Leche de la Provincia de Santa Fe, calcula que los faltantes no podrán ser cubiertos por lo menos en los próximos tres meses. "Hay un mayor consumo interno, pero no hay mayor inversión, y mientras eso dure, esto seguirá así", dijo. También reclamó mayor "certidumbre", y aseguró que hay no hay "certeza sobre los precios" en el mercado local.
Lo mismo puede decirse del sector energético. La demanda alcanza niveles completamente desconocidos y el sistema cruje en casi todos sus puntos. La destilación de petróleo está en niveles récord, también según las cifras oficiales del EMI, y la importación de gasoil, también. No alcanza. El Gobierno dice que las petroleras no hacen todo lo que pueden para evitar el desabastecimiento. Las empresas dicen que han hecho todo lo posible, pero que está superada la capacidad de ingresar y almacenar el combustible importado. Con sólo ver los precios del carburante en los países vecinos, se entiende que, además, hay un problema de precios y rentabilidades.
Lo mismo pasa con el gas natural. Se paga a Bolivia un precio varias veces superior al de los productores locales. Así y todo, la producción nacional crece, siempre según las cifras oficiales. No alcanza. La demanda continúa superando a la oferta interna más la importada, al igual que con el gasoil.
Y el sector eléctrico no está mejor. Hay una necesidad urgente de mayor provisión de fluido. No hay un solo proyecto privado de inversión de magnitud que permita tener un horizonte de solución. Aparentemente, el plan Energía Plus, lanzado por el Gobierno, no ha sido lo suficientemente atractivo hasta ahora como para desatar ese imprescindible proceso inversor. Las dos centrales térmicas con las que el Estado quiere paliar el problema, ubicadas en Timbúes (Santa Fe) y Campana (Buenos Aires) tienen un fuerte atraso respecto del cronograma anunciado por las autoridades y hay quienes creen que no están en plena operación hasta dentro de dos años, por lo menos.
Como dice el consultor y ex presidente de YPF Daniel Montamat "desde que se toma la decisión de inversión hasta que aparece la energía pasan un tiempo significativo, no es un proceso inmediato". Tampoco está claro de dónde obtendrán el gas adicional que esas dos grandes centrales térmicas necesitan para operar. Mientras tanto, la Argentina importa energía eléctrica de Brasil y Uruguay, y en este último caso paga un precio altísimo por cantidades verdaderamente pequeñas, lo que demuestra cuál es el estado de necesidad y lo profunda que es la crisis que algunos funcionarios continúan negando.
Transportes
La red vial registra también una cantidad inusitadamente alta de accidentes mortales. Casi ninguna obra importante ha sido inaugurada en los corredores de más intenso tránsito desde finales del siglo XX. Y el nuevo sistema de concesionamiento y peajes parece haber disminuido las normas de calidad. Por ejemplo, es muy notable que en el tramo de la ruta nacional 7 entre Luján y Junín, que es una simple vía de doble mano, se han hecho reparaciones con bacheo, lo que deja parches en lugar de una lámina continua de asfalto que permita circular con mayor seguridad. Es verdad que el nuevo sistema de contrataciones permitió que el precio cobrado en las cabinas no sufriera un fortísimo salto. Pero parte de ese costo parece haber sido esquivado con una notable reducción de la calidad y la seguridad. No es lo mismo circular sobre una lámina continua de asfalto que en una superficie emparchada en la que el vehículo inevitablemente corre a los saltitos.
La misma estructura vial de hace poco más de diez años soporta un récord de tránsito de vehículos de carga y pasajeros.
Sobre finales de la década del 90 la disminución e la inversión privada era producto de la recesión primero y la depresión después. Y la disminución de la inversión pública estaba justificada en el déficit fiscal incorregible. La debilidad de la demanda, además, tornaba innecesario un proceso inversor.
Es más difícil explicar por qué un país con superávit fiscal por quinto año consecutivo casi no tiene radares para la aeronavegación y demora meses en conseguir los repuestos para los pocos que operan.
Nadie creería que todos los meses hay sobrante de dinero en las cuentas públicas si en la principal ciudad del país se quedan sin gas las escuelas y deben suspender las clases en días de frío. Vale recordar la broma del ex presidente del BID, Enrique Iglesias, según la cual hay cuatro clases de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón, que nadie entiende por qué es desarrollado, y la Argentina, que nadie entiende por qué es subdesarrollado.




