Los bienes que más valen no tienen precio

Un país puede llegar a su desarrollo sólo si se tienen principios firmes
Alicia Caballero
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17 de enero de 2016  

Las cosas que más valen no tienen precio. La familia, la vida, el amor, la paz, la lealtad. No tienen precio porque no se comercializan, no es posible construir curvas de oferta y demanda, y encontrar el punto en el que éstas se intersectan. Y en la medida en que algunas de estas cosas empiezan a ser objeto de negociación se desnaturalizan (se puede pagar por sexo, no por amor; por obediencia, no por lealtad) o implica que quien las intenta vender tiene un serio problema. Cuando hablamos de valores hablamos de principios que nos definen como personas; son la base de las conductas, las creencias, los ideales y de las ideas.

A pesar de lo que mucha gente cree, la economía está estrechamente vinculada a los valores de una sociedad. No existe un sistema económico que carezca de una escala de valores subyacente. Si un sistema económico pone al hombre, a su bienestar y a su dignidad como centro, y a la igualdad de oportunidades como meta, seguramente la asignación de recursos será diferente a otro que privilegia la acumulación desmedida por parte de unos pocos. Y ese primer sistema será más sustentable que el segundo, porque en una democracia, los ciudadanos valoran ser respetados y procuran una mejor calidad de vida.

El marco institucional es fundamental porque es el conjunto de reglas que define los límites entre lo que es correcto y lo que no, los premios y los castigos. No hay posibilidad alguna de desarrollo económico (definido como crecimiento más promoción humana) sin una significativa reconstrucción institucional, basada en los valores de la sociedad.

Los valores no son conceptos abstractos sin un impacto tangible. Son los pilares de cualquier organización humana. La existencia de valores evita que cantidades ingentes de recursos públicos se desvíen a cuentas privadas, que los hospitales carezcan de insumos, que aún haya chicos desnutridos. Los valores implican una construcción de largo plazo, que resiste vaivenes y crisis originadas en causas diversas.

Es a partir de valores que las mejores ideas surgen. Y porque sólo con esta poderosa combinación de valores y conocimiento técnico lograremos erradicar males endémicos y profundamente arraigados en nuestra sociedad como la corrupción, la marginalidad, la pobreza y la inseguridad. Educar no es sólo dotar de herramientas analíticas y técnicas, sino formar en aquellos valores que hacen al hombre digno y ejemplar.

La Argentina próspera, competitiva, inclusiva, educada e innovadora que anhelamos, y por la cual tenemos que trabajar, requiere de una dirigencia no sólo política, también empresarial, deportiva, sindical e intelectual que sea técnicamente idónea y moralmente íntegra.

Aspiremos a ser un país en el que algunas cosas esenciales no puedan comprarse o venderse. Sólo a partir de valores que no se negocian, un país pasa del crecimiento al desarrollo.

La autora es decana de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA

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