El futuro de los dueños de Internet

Aunque puede parecer que los gigantes tecnológicos están en problemas, los analistas consideran que recién se están desperezando
Los headquarters de Apple son uno de los emblemas de Silicon Valley
Los headquarters de Apple son uno de los emblemas de Silicon Valley Crédito: Shutterstock
Aunque puede parecer que los gigantes tecnológicos están en problemas, los analistas consideran que recién se están desperezando
David Streitfeld
(0)
16 de enero de 2019  

SAN JOSÉ, California.- Silicon Valley terminó 2018 de un modo que nunca le había sucedido: asediado. Legisladores de todo el espectro político dicen que las grandes de la tecnología, que durante tanto tiempo han sido exaltadas como la corporización del genio estadounidense, tienen demasiado poder. Vista en un tiempo como una fuerza capaz de hacer mejores nuestras vidas y más inteligentes nuestros cerebros, la tecnología ahora es acusada de inflamatoria, radicalizante, estupidizante y que ahoga a las masas. Las acciones de las compañías tecnológicas han caído a golpes desde lo alto. Se avecina la regulación. Hasta los ejecutivos de empresas tecnológicas lo reclaman.

Frente a un ataque tan sostenido, este podría ser un buen momento para que los grandes de la tecnología cultiven un bajo perfil. Podrían dedicar parte de sus montañas de dinero -Apple sola tiene US$237.000 millones en el banco-a obras genuinamente benéficas y disipar los temores generalizados de que quieren controlar los datos y el destino de todos.

Ese no es el camino que están tomando las compañías. "Nada las ha golpeado en la nariz con suficiente fuerza a las empresas tecnológicas como para decirles que retrocedan. En cambio, se están expandiendo. Están recorriendo el país para adquirir el mejor capital humano, para poder crear la siguiente cosa impactante", asegura el consultor de Silicon Valley Bob Staedler.

Las compañías compiten por adueñarse de la nube, para convertirse, en esencia, en propietarias de internet. Tienen planes para ciudades: Google hizo un acuerdo en 2017 para imaginar un pedazo de la zona costera de Toronto desde cero. Amazon está retrabajando la definición de comunidad desde adentro, al proveer los depósitos en áreas rurales de todo lo que la clase media urbana pueda querer para quedarse en casa todo el fin de semana.

Estos cambios recién comienzan a redefinir la sociedad. Las compañías ya están dando señal de que cuando cada hogar tenga un Echo de Amazon, un Google Home, un HomePod de Apple o algún otro parlante inteligente, se verán cumplidas todas las necesidades humanas y metafísicas. Para los que insistan en aventurarse al exterior, habrá autos sin chofer operados por las grandes tecnológicas. Y las compañías se están lanzando aún más a lo hondo de la inteligencia artificial, con consecuencias que no están claras siquiera para ellas.

Para lograr todo esto, las grandes tecnológicas necesitan cientos de miles de nuevos empleados, lo que significa que necesitan lugares donde ponerlos. Esto no es cuestión de reconfigurar un piso o dos de las sedes corporativas. Significa construir nuevos campus por todo el país.

La ofensiva de las grandes tecnológicas en Nueva York y Washington ha sido bien documentada en los últimos meses, con Google agrandándose en la primera y Amazon planificando oficinas satélites en ambas. Pero incluso en su patio trasero de Silicon Valley, que es un lío de congestión de tráfico y precios de viviendas que han alcanzado niveles que incluso ingenieros con altos sueldos apenas pueden pagar, hay un boom que se está acelerando.

Cualquiera que quiera creer que las grandes tecnológicas están con el copete bajo debieran visitar una zona de San José al oeste del centro, una mescolanza de lavaderos de auto con talleres de chapa y pintura y un espolvoreado de departamentos modernos. En una calle corta hay una casa que tiene casi un siglo, una cosa diminuta con un solo baño. Google la compró junto con otra casa el mes pasado en un paquete por US$4 millones.

Hay que multiplicar esa transacción inmobiliaria por docenas, grandes y pequeñas parcelas, que totalizan cientos de millones de dólares a la fecha.

Facebook también sigue creciendo. En la primavera boreal alquiló 90.000 m2 en la comunidad de Sunnyvale de Silicon Valley para su equipo de operaciones comunitarias en rápido crecimiento, que maneja cuestiones de seguridad que enfrentan los usuarios de Facebook. Pronto se mudará este año a una torre en San Francisco de 22.500 m2, lo que lo convertirá en el tercer mayor inquilino tecnológico de la ciudad, detrás de Salesforce y Uber.

En total, la plantilla de Google creció 21% en el último año. La fuerza laboral de Facebook aumentó 45% en ese período, a 34.000 trabajadores, y está anunciando 2700 puestos adicionales.

La cuenta de empleados de Amazon se triplicó en los últimos tres años, gracias a sus depósitos y la adquisición de Whole Foods. Es solo la segunda compañía en Estados Unidos que emplea más de 500.000 personas y eso sin contar contratistas.

La expansión destaca algo que marea sobre las grandes tecnológicas: apenas se están desperezando. "Desde cualquier ángulo que se lo quiera ver, recién estamos en el año 35 de un proceso de 75 a 80 años del paso de lo analógico a lo digital", explica el consultor tecnológico Tim Bajarin. "La imagen de Silicon Valley como el Nirvana por cierto que se ha visto golpeada, pero la realidad es que los consumidores constantemente votamos por ellos". Eso se hace evidente en lo robustos que siguen los negocios de las grandes tecnológicas. En marzo pasado la firma de estudios de mercado eMarketer dijo que Facebook, incluyendo su sitio de fotos compartidas menos controvertido, Instagram, ganaría US$21.000 millones este año por avisos digitales en Estados Unidos. En septiembre elevó el pronóstico a US$22.870 millones.

La contradicción se está volviendo cada vez más obvia. Una manera importante en que las grandes tecnológicas atienden a sus clientes es rastreando sus movimientos y compras, lo que está poniendo nerviosos a algunos. Pero al mismo tiempo que se dice que hay que confiar menos en las empresas de tecnología, la gente las invita a ingresar aún más a sus vidas.

Apple, Amazon, Facebook y Alphabet, la compañía madre de Google, juntas generaron US$166.900 millones en ingresos en el tercer trimestre de 2018, un 24% más que un año antes, cuando las cuatro compañías sumaron US$134.400 millones. "Al mismo tiempo que mucha gente desconfía o está descontenta con el poder desmedido de Facebook, Google, Amazon, etc., simultáneamente depende mucho de los servicios que proveen", dijo David Autor, economista del Massachusetts Institute of Technology (MIT).

Las grandes compañías tecnológicas tienen que ser reguladas, comienzan a decir muchos, y sin embargo preocupa dar ese poder al gobierno. "El gobierno no tiene idea", asegura Bajarin. "Ni siquiera están haciendo el tipo de preguntas que llevaría a la regulación".

Con tan poco de qué preocuparse, las grandes tecnológicas están planeando un futuro mucho más allá de las conmociones del presente. Google, que tiene 3500 ofertas de empleos, dice que es demasiado pronto para decir qué harán los miles de empleados en la sede de Diridon. Pero Jonathan Taplin, director emérito del Annenberg Innovation Lab de la Universidad del Sur de California tiene una buena idea: todo. "Están en el negocio del transporte, el negocio de la salud, todos los negocios", dijo Taplin, frecuente crítico de cómo las grandes compañías de tecnología tomaron control de la internet descentralizada e independiente. "No hay aspecto de la vida en el que no estarán involucradas".

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Comunidad de negocios

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.