Los emergentes brillan en medio de los líos de Europa y EE.UU.

Francesco Guerrera
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8 de mayo de 2012  

"Eso es lo que sucede cuando le das a un ingeniero tiempo para soñar". El hablar rápido de Eike Batista baja el ritmo justo lo necesario para resumir la intrépida ambición de su proyecto más reciente: un megapuerto para enviar recursos naturales brasileños a China.

Un poco después, el magnate brasileño recitó en nuestra entrevista una larga lista de socios extranjeros que respaldan su visión. Un nombre me llamó la atención: Mubadala Development Co. En marzo, el fondo soberano de Abu Dhabi invirtió US$2.000 millones a cambio de una participación de alrededor de 5% en EBX Group, el holding de Batista.

Para recapitular: un empresario brasileño construye un gigantesco puerto para satisfacer la demanda de materias primas de China y recibe apoyo financiero de un fondo soberano de Medio Oriente.¿Notó lo qué falta? Ninguna de estas transacciones involucra a un país desarrollado.

Mientras Estados Unidos y Europa afrontan sus crisis, el centro de gravedad del mundo de la inversión se desplaza lentamente hacia los mercados en desarrollo.

Los fondos soberanos, las empresas y los inversionistas de economías emergentes están esquivando los países desarrollados para volcar su dinero a los mercados en desarrollo.

De continuar esta migración de capital, las repercusiones sobre las economías avanzadas, sus mercados y, posiblemente, el papel del dólar como la divisa de reserva internacional serán profundas.

Se ha escrito mucho sobre los flujos comerciales entre países emergentes como Brasil y China. Ahora, existen señales de que los flujos de inversión siguen sus pasos. Los acuerdos entre compradores y vendedores de mercados emergentes han representado al menos 12% del volumen de fusiones y adquisiciones transfronterizas en cada uno de los últimos tres años, según Dealogic. En 2000, constituían apenas 2%.

Hace cinco años, las fusiones y adquisiciones entre los países BRIC —Brasil, Rusia, India y China— totalizaron cerca de US$600 millones. En 2011, sobrepasaron US$11.000 millones.

No se trata sólo de fusiones y adquisiciones. Un fondo soberano ruso formó hace poco una empresa conjunta de US$2.000 millones con su par China Investment Corp. (CIC) para invertir en compañías con intereses en ambos países. Gao Xiqing, presidente de CIC, dijo en una conferencia la semana pasada que el fondo soberano chino tiene entre 15% y 20% de su capital en países emergentes, pese a que estas economías representan sólo 5% del valor de las bolsas mundiales.

Incluso los gestores de fondos de EE.UU. y Europa se sienten presionados por clientes de mercados emergentes para encontrar blancos de inversión en el mundo en desarrollo. "Más y más, les decimos a los clientes que deberían tener exposición a acciones globales, y lo que escuchamos es: ‘¿qué tienen para mí en América Latina o Asia emergente?’, señala Jim McCaughan, presidente ejecutivo de Principal Global Investors, que tiene más de US$258.000 millones bajo gestión.

Algunas de las razones de este cambio son tácticas. Los gestores de activos de todas las nacionalidades ansían crecimiento y las aletargadas economías de EE.UU. y Europa no están exactamente dotadas de esto en la actualidad.

Pero también hay otros factores en juego, como la geopolítica. Gao fue franco: "Encontramos mucha resistencia de gobiernos occidentales... así que tenemos que diversificarnos y poner un montón de dinero en mercados emergentes".

El deseo de llenar la brecha entre los volúmenes de comercio y de inversión es otro fuerte aliciente. Kirill Dmitriev, director del Fondo Ruso de Inversión Directa, que se ha asociado con CIC, calcula que China y Rusia intercambian US$82.000 millones en bienes y servicios al año, pero que las inversiones transfronterizas representan sólo una diminuta fracción de esa cifra.

Probablemente sea prematuro describir estos episodios como una tendencia estructural, pero para EE.UU. y Europa sería insensato ignorarlos.

Los países emergentes de América Latina y Asia —por mucho tiempo considerados receptores pasivos, y agradecidos, de inversión extranjera— se están haciendo sentir en los mercados globales de capital. Ha llegado su hora de ser los compradores, les guste o no a los países desarrollados.

Una implicancia inmediata es que los inversionistas que buscan exposición a mercados emergentes deberían poner su dinero no sólo en gestores de activos de EE.UU. y Europa que compran en China y Brasil, sino también en fondos locales que invierten en el mundo en desarrollo.

A largo plazo, si las inversiones entre mercados emergentes perdura —y esos países crean una industria de inversión privada que complemente los fondos soberanos—, los mercados de capital de los países desarrollados podrían sufrir y el estatus del dólar como la moneda global predilecta podría verse amenazado.

Estamos a años, si no décadas, de que esa situación hipotética se vuelva realidad. Mientras tanto, poderosas fuerzas de inversión se están gestando en el mundo emergente. Como me dijo el propio Batista: "En EE.UU., tienen el sueño americano. En Brasil, estamos construyendo el sueño brasileño".

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