Ricos de bajo perfil: el desafío de ganar millones sin que se note
A diferencia de los ricos norteamericanos y chinos, los germanos buscan pasar inadvertidos y no les gusta la ostentación
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Si creen que su ranking en la lista de los ricos es demasiado bajo los magnates estadounidenses se quejan. Los alemanes, en cambio, ponen el grito en el cielo cuando su puesto se ve sospechosamente elevado, explica Heinz Dürr. Cuando una revista sostuvo que el empresario alemán tenía miles de millones hace unos años, el propio Dürr llamó al editor para quejarse. Los reporteros habían contado dos veces su tenencia en Homag, un fabricante de máquinas para procesar maderas que la empresa de ingeniería mecánica de la familia Dürr compró en 2014. Los multimillonarios han llegado a la cima de la política en Estados Unidos e Italia, mientras que en Asia los superricos a menudo muestran su riqueza de manera ostentosa. A los magnates alemanes no les gusta estar en el candelero.
No es que en el país falte la gente superrica. Alemania es la tercera nación con más multimillonarios, después de Estados Unidos y China. En febrero la revista Forbes precisó que 114 alemanes más de US$1000 millones, lo que implica más que el doble que Gran Bretaña.
Que estas cifras sean una sorpresa para muchos refleja la persistencia de actitudes definidas por Dürr. Los barones de los negocios alemanes han defendido su privacidad de manera más celosa que los de otras partes. Casi todos saben como se ve Jeff Bezos, el patrón de Amazon. La mayoría de los franceses reconoce a Bernard Arnault, el magnate de los productos de lujo que es el hombre más rico de Francia.
Ni la página alemana ni la inglesa de Wikipedia sobre Dieter Schwarz, que controla Lidl y Kaufland, dos cadenas de supermercados, muestran su fotografía. Y algo parecido ocurre si se busca una foto de los Albrechts, dueños de la cadena Aldi, o los Reimanns, un clan superrico que controla JAB, un conglomerado de capitales privados dueño de Krispy Kreme, Panera y una cantidad de marcas de consumo masivo.
"No queremos llamar la atención", dice Nicola Leibinger-Kammüller, patrona de Trumpf, uno de los mayores fabricantes mundiales de máquinas herramientas. Devota luterana, Leibinger-Kammüller, su padre y sus dos hermanos desarrollaron un código de conducta familiar que los miembros de la tercera generación firman cuando llegan a los 16 años. Cubre temas de sucesión y la venta de acciones, pero también incluye guías de tolerancia religiosa, modestia y respeto por los demás.
Un tercio de las familias empresarias alemanas tienen reglas similares, según un estudio de la Escuela de Management Otto Beisheim y la consultora PWC. La constitución de los Reimanns consagra el secreto, según se dice obligando a los miembros de la familia a firmar a los 18 años un compromiso de no entrometerse en el manejo de los negocios de la familias, evitar las redes sociales, evitar ser fotografiados en público y no dar entrevistas.
Varios factores explican este anonimato. Uno de ellos es la naturaleza de los negocios. En Estados Unidos se han hecho muchas grandes fortunas en las finanzas y la tecnología. Muchos alemanes ricos deben su éxito a negocios más lentos, donde los avances se dan no a través de saltos disruptivos que llegan a los medios sino de avances incrementales nada llamativos. Más de la mitad de la riqueza de los multimillonarios del país proviene de emprendimientos "aburridos" como retail, industria y construcción. Las diez familias alemanas más ricas hacen autos (BMW y Volkswagen), frenos (Knorr-Bremse) y autopartes (Schaeffler) o manejan supermercados.
La cultura, también, tiene su importancia. Dirk Rossmann, fundador de una cadena de farmacias, dice que los alemanes ricos son tímidos porque les preocupa quedar como tontos, en no menor medida por la disposición nacional hacia la "sozialneid" (envidia de los que están mejor) y temor por su seguridad.
Mi pasado me condena
Las historias con algunas manchas son otro motivo para mantener la cabeza gacha. La mayoría de los multimillonarios alemanes no ganaron sus fortunas, sino que son herederos de dinastías industriales. Sus antecesores no fueron particularmente privados ni parroquiales. Eso cambió después de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual algunos prosperaron bajo el Tercer Reich.
Hace pocos años Reimanns, cuya fortuna data de un negocio químico fundado en 1823 por Johann Adam Benckiser (de allí el nombre JAB), pidió a Paul Erker, un historiador de la Universidad de Múnich, que estudiara la conducta de su familia bajo el régimen nazi. Erker descubrió que el entonces patriarca, Albert, y su hijo fueron partidarios de Adolf Hitler. Permitieron el abuso de trabajadores esclavos en su negocio y su casa.
Los Quandt (BMW), Krupp (acero), los Porsch y otros han tenido que vérselas con legados similarmente manchados. En 2000, 4760 compañías alemanas, incluyendo Siemens, Daimler, Deutsche Bank y Volkswagen, crearon una fundación que, junto con el Estado alemán, reunió más de US$4800 millones para sobrevivientes de las atrocidades nazis y el trabajo esclavo.
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