México se debate entre el boom económico y la inseguridad

Kenneth Rogoff
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10 de marzo de 2013  

CIUDAD DE MÉXICO.– Para tener una idea de cómo entiende la relación entre Estados Unidos y México el norteamericano promedio, basta con mirar Breaking Bad, la serie de televisión aclamada por la crítica. Ambientada en Albuquerque, Nuevo México, a unos cientos de kilómetros de la frontera, la serie da cuenta del ascenso y la caída de Walter White, un profesor de química de escuela secundaria que se convierte en un magnate de la metanfetamina.

La mayoría de los personajes del lado estadounidense de la frontera son caracterizados con piedad y profundidad. El descenso paso a paso del protagonista principal en el submundo de la droga muestra con mucha sutileza que cada decisión individual que toma en el camino parece casi razonable. Desafortunadamente, el otro lado de la frontera recibe un trato más superficial. En una escena, dos sicarios mexicanos masacran sin piedad a una docena de compatriotas inocentes que podían ser testigos de su cruce de la frontera. En otro episodio, se ve a miembros de la policía mexicana atacando a un patrón de la droga. Dan a entender que sólo cumplen órdenes de un narcotraficante rival.

Breaking Bad es televisión brillante, pero es lamentable que tantos norteamericanos sólo vean este lado de las cosas. México tiene graves problemas de seguridad, pero también es un país que bien podría estar en el umbral de una enorme transformación política y económica. Desde hace un par de años, las tasas de crecimiento de México superaron las de Brasil.

En lugar de seguir peleando (como en Estados Unidos) después de una encendida elección presidencial, los principales partidos políticos de México parecen dispuestos a cooperar en una cantidad de reformas estructurales críticas que podrían energizar el crecimiento económico en las próximas décadas. La agenda incluye una expansión de la base tributaria para reducir la dependencia del petróleo, una iniciativa para aumentar la competencia en medios y telecomunicaciones y un cambio constitucional que permitirá que la petrolera estatal Pemex se asocie con firmas extranjeras.

México ya goza de un auge industrial que aumentó sus exportaciones a Estados Unidos, luego de una larga caída. En un momento en que los salarios en China se disparan y los crecientes precios del petróleo suben los costos del transporte, la producción en México de repente luce mucho más atractiva. Por supuesto, muchas cosas pueden salir mal. Primero y principal, la elite política podría repentinamente renunciar a implementar las reformas estructurales esenciales, y el optimismo de la comunidad empresaria mexicana podría colapsar. No sería la primera vez.

También hay riesgo de que los inversores extranjeros, a los que ya les empieza a gustar México, lo quieran demasiado. Un enorme ingreso de capital podría derivar en una apreciación significativa del tipo de cambio del peso, lo que causaría un alza en los costos laborales, que hoy resultan muy atractivos.

Luego está la seguridad, que representa un enorme impuesto a las empresas en muchas partes de México. Por ejemplo, un logro importante del gobierno del ex presidente Felipe Calderón fue impulsar la construcción de una autopista de unos 225 kilómetros que conecte la ciudad de Durango, en el interior del país, con el puerto de Mazatlán, en el Pacífico. Al atravesar un terreno extremadamente irregular con 200 túneles y puentes, la autopista promete reducir el tiempo de tránsito en tres o cuatro horas. Excepto por las condiciones climáticas, la autopista tiene todo el aire de Suiza.

Los líderes mexicanos reconocen los problemas internos del país, pero tres de ellos se los adjudican a Estados Unidos. Primero y principal, éste genera la enorme demanda de drogas ilícitas que sustentan a la mafia latinoamericana. Nadie conoce con precisión las ganancias anuales de los carteles de la droga mexicanos, pero ciertamente ascienden a miles de millones de dólares.

Segundo, Estados Unidos, con sus restricciones laxas para la compra de armas, sirve como un depósito de armamentos para los millonarios lores de la droga mexicanos. Es verdad, ellos podrían adquirir armas similares en otra parte, pero no a precios tan bajos y de manera tan conveniente.

Muchos de los problemas que caracterizan la compleja relación entre Estados Unidos y México mejorarán si éste puede sustentar un rápido crecimiento económico. La inmigración neta al Norte, que ya disminuye, podría revertirse. Estados Unidos está en condiciones de beneficiarse tanto como México si las condiciones al sur de la frontera empiezan a andar por la buena senda.

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