
Messi: las lecciones de liderazgo que deja alguien que nunca necesitó parecer un líder
Su paso por la Selección deja algo más que goles y títulos: una manera diferente de entender la conducción, basada en la humildad, la perseverancia, el trabajo en equipo y, sobre todo, en la capacidad de saber cuándo dar un paso al costado
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Durante años nos enseñaron una imagen bastante pobre del liderazgo. El líder debía ser extrovertido, enérgico, dominante, capaz de entrar a una habitación y hacer que todos lo miraran. Tenía que hablar bien, transmitir seguridad y, preferentemente, tener una respuesta para cada problema. Lionel Messi hizo casi todo lo contrario y, quizás por eso, su retiro de la Selección Argentina deja mucho más que estadísticas y goles: deja algunas de las mejores lecciones de liderazgo de nuestro tiempo.
A los 39 años, Messi anunció que deja la Selección después de veinte años. Lo hizo con una frase que sorprende por su crudeza: “Me vacié, ya no tengo más para dar”. También dijo que detrás suyo vienen grandes jugadores que merecen estar. Es una despedida dolorosa después de haber llevado a la Argentina a ganar el Mundial de 2022, dos Copas América y a disputar nuevamente una final mundialista en 2026.
Hay una primera lección, quizás la más obvia: el talento no siempre viene en el packaging que esperamos. Cuando Messi llegó a Barcelona tenía 13 años y un físico que generaba dudas. Horacio Gaggioli, uno de los hombres que participaron de aquella historia, recordó que al verlo en el aeropuerto pensó que era demasiado flaco y bajo para jugar al fútbol. En el Barcelona tampoco existía unanimidad, algunos entrenadores dudaban, otros creían que su físico era demasiado frágil y el club demoraba la decisión. Hasta que Carles Rexach escribió sobre una servilleta el famoso compromiso para contratarlo, asumiendo personalmente la decisión “a pesar de las opiniones en contrario”. Ahí hay una formidable enseñanza para las organizaciones. Detectar talento no consiste en encontrar personas que se parezcan a quienes ya triunfaron, consiste, muchas veces, en ver aquello que todavía no tiene forma de éxito.
En The New Workforce Challenge estudié precisamente el modelo de La Masía, la cantera del Barcelona. Su modelo de desarrollo descansaba sobre cuatro pilares: talento, condición física, personalidad y contexto. Y había algo especialmente interesante: sus responsables reconocían que jugadores como Messi, Iniesta o Xavi probablemente hubieran sido descartados de jóvenes por ciertos sistemas que privilegiaban el tamaño y la fortaleza física. Barcelona eligió otra cosa: desarrollar inteligencia de juego, conocimiento, capacidad de decisión y personalidad.
Segunda lección: la humildad no es lo contrario de la ambición. Jim Collins describió en Good to Great a los líderes de “nivel 5” como una combinación paradójica de humildad personal y voluntad profesional feroz. Messi encaja bastante bien en esa aparente contradicción. Nunca necesitó construir el personaje del líder. No necesitó recordarnos permanentemente que era Messi. Pero detrás de esa personalidad reservada existió una competitividad descomunal. En las entrevistas que realicé en La Masía apareció una frase que ahora adquiere otro sentido: “Si al talento le agregamos humildad y esfuerzo, podemos tener un gran talento. El talento solo no alcanza”, me comentaba el director de La Masía en ese entonces, Carles Folguera.
La tercera lección es quizá la más importante: fracasar no invalida una trayectoria, puede construirla. El Messi que hoy despedimos no fue siempre el Messi amado de Qatar. Fue insultado, cuestionado y comparado permanentemente con Maradona. Se decía que no cantaba el himno, que no tenía personalidad, que era catalán antes que argentino, que en Barcelona jugaba mejor que en la Selección. Carol Dweck, en Mindset, diferencia una mentalidad fija de una mentalidad de crecimiento. La primera interpreta el fracaso como una sentencia sobre nuestra capacidad: “no soy suficientemente bueno”. La segunda lo interpreta como información: todavía no llegué. Angela Duckworth, en Grit, agrega la importancia de la combinación entre pasión y perseverancia sostenidas durante largos períodos. Messi incorpora algo que esos conceptos a veces pierden cuando pasan al lenguaje edulcorado del management: perseverar duele. No consiste en pegar una frase motivacional en LinkedIn, significa volver al lugar donde uno perdió, exponerse nuevamente y aceptar la posibilidad de volver a perder.

Cuarta lección: el líder no está por encima del equipo. Esta quizás sea la transformación más interesante de Messi. El gran futbolista individual terminó convirtiéndose en el centro simbólico de un colectivo. La Argentina campeona de Scaloni no fue Messi y diez acompañantes, fue un equipo extraordinariamente cohesionado que, al mismo tiempo, entendió que poseía a un jugador excepcional. Eso también debería enseñarnos algo sobre las estrellas en las organizaciones. El talento excepcional es maravilloso mientras potencia al sistema pero se vuelve destructivo cuando exige que el sistema exista para servirlo.
Quinta lección: hay muchas formas de liderar. Messi nunca fue un líder de grandes discursos. Durante buena parte de su carrera, esa característica fue presentada como una deficiencia. Se esperaba que gritara, gesticulara y arengara. Es curioso, le reclamábamos que representara nuestra idea de liderazgo en lugar de permitirle construir la suya. Hay líderes que movilizan hablando, otros contienen o desafían, y unos pocos generan credibilidad porque existe una coherencia casi absoluta entre lo que exigen y lo que hacen.
Y queda una última lección, probablemente la más difícil para cualquier persona poderosa: saber cuándo irse. Los líderes suelen aprender cómo llegar, pero pocos aprenden cómo irse. El poder genera una ilusión peligrosa: hacernos creer que somos imprescindibles. Fundadores que no entregan sus compañías, CEO que destruyen su legado tratando de prolongar un mandato, y ejecutivos que bloquean a la siguiente generación porque todavía sienten que pueden jugar un partido más. Messi acaba de decir exactamente lo contrario: “Vienen chicos muy grandes atrás que merecen estar”.
Una de las responsabilidades finales de quien verdaderamente lidera es lograr que la organización pueda continuar cuando él ya no esté. Los grandes líderes no dejan seguidores eternos sino una capacidad instalada y una generación que puede tomar la posta. Hay líderes que dejan una organización y se nota inmediatamente que ya no están, pero los extraordinarios consiguen algo distinto: se van, pero dejan una forma de hacer las cosas que conforma un legado para siempre.



