
Los discretos magnates que impulsan el ascenso de África
Empresarios de bajo perfil construyen grupos multimillonarios que empiezan a transformar el mapa económico del continente y desafían el histórico predominio del capital extranjero
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En algunos aspectos, Mohammed “Mo” Dewji es una anomalía. Este empresario carismático es actualmente el único multimillonario de África Oriental y el más joven del continente. A diferencia del perfil reservado que caracteriza a muchos de los grandes empresarios africanos, el tanzano de 51 años se siente cómodo bajo los reflectores. Da entrevistas con frecuencia, incluida una reciente a The Economist, y publica habitualmente contenidos para sus más de dos millones de seguidores en X.
Sin embargo, en otros sentidos, Dewji es un ejemplo típico del nuevo empresariado africano. Es dueño de MeTL Group, un conglomerado tanzano fundado por su padre en la década de 1970. Muchas de las grandes empresas africanas responden a este modelo: grupos diversificados, controlados por familias y con fuerte presencia local.
Según Acha Leke, presidente de McKinsey para África, el fenómeno está ganando escala. Dos tercios de las compañías africanas con ingresos superiores a US$1000 millones ya son propiedad de empresarios locales y tienen sede en el continente. Hace apenas algunas décadas, las filiales de multinacionales extranjeras dominaban gran parte de la economía africana; hoy representan menos del 30%.
La aparición de grandes conglomerados nacionales acompañó los procesos de industrialización en lugares tan diversos como Estados Unidos durante la Edad Dorada, Corea del Sur después de la guerra o la India contemporánea. Por eso, el auge de estos grupos podría tener implicancias transformadoras para África.
Más allá de Dangote
Para muchos observadores extranjeros, el rostro del capitalismo africano es Aliko Dangote, el hombre más rico del continente. El empresario nigeriano construyó un imperio que abarca desde cemento y fertilizantes hasta refinerías de petróleo en 17 países africanos. En 2023 inauguró la mayor refinería del continente y proyecta una segunda en Kenia. Su objetivo es convertir a Dangote Group en la primera compañía africana valuada en más de US$100.000 millones hacia 2030.

Pero ya tiene competidores cerca. Uno de ellos es Abdul Samad Rabiu, fundador de BUA Group y heredero de otra dinastía empresarial de Kano, en el norte de Nigeria. Su fortuna, construida sobre negocios de cemento, azúcar y bienes de consumo, llegó a posicionarlo como la segunda persona más rica de África. Entre sus planes figura convertir a BUA Foods en el mayor fabricante de alimentos de Nigeria para 2027.
En Tanzania, Dewji apunta a expandir MeTL hasta convertirla en una empresa valuada en US$10.000 millones para 2030, apoyándose en negocios mineros y de procesamiento de minerales. A más largo plazo, incluso imagina una transformación hacia el comercio electrónico.
Capitalismo familiar
A pesar de estos avances, las grandes empresas africanas siguen siendo escasas. McKinsey contabilizaba en 2022 unas 345 compañías con ingresos superiores a US$1000 millones, cifra que apenas aumentó desde entonces.
Además, muchas de esas empresas no pertenecen a africanos negros. En África Oriental abundan las familias empresarias de origen asiático, como la de Dewji. En África Occidental, varios de los grandes industriales tienen raíces libanesas.
John Ngumi, banquero de inversión keniano, explica que los empresarios africanos llegaron tarde al proceso de acumulación de capital. Las redes comerciales creadas durante la época colonial por familias asiáticas y libanesas les dieron ventaja durante décadas. En países como Tanzania, donde predominó un modelo socialista hasta los años ochenta, los empresarios locales recién ahora comienzan a cerrar esa brecha.
Diversificarse para sobrevivir
Muchos de estos conglomerados comparten una trayectoria similar: empezaron como comerciantes y luego se expandieron hacia la industria y otros sectores.
La diversificación responde, en parte, a una característica estructural del continente: la fragmentación de los mercados. Las economías nacionales suelen ser pequeñas y las oportunidades limitadas si una empresa se concentra en una sola actividad.

Dewji lo ilustra con la industria molinera. Una empresa que procesa trigo, maíz o arroz necesita bolsas de polipropileno para empaquetar la producción. La consecuencia natural es integrar también ese negocio.
Política y negocios
El éxito empresarial en África suele estar estrechamente vinculado al acceso al poder político. Freda Yawson, investigadora del African Centre for Economic Transformation, asegura que resulta difícil encontrar un gran industrial africano sin conexiones gubernamentales relevantes.
El ascenso de Dangote estuvo favorecido por políticas impulsadas durante la presidencia de Olusegun Obasanjo, que protegieron sectores donde operaban sus empresas. Rabiu es considerado cercano al actual presidente nigeriano, Bola Tinubu. Dewji, por su parte, fue legislador del partido gobernante en Tanzania.
Precisamente por esa cercanía con el poder, muchos empresarios optan por mantener un perfil bajo. Rabiu prácticamente evita la exposición pública. Incluso Dangote, mucho más conocido internacionalmente, suele mantenerse alejado de los debates políticos.
Crecer fuera de las fronteras
Otra manera de reducir riesgos políticos consiste en expandirse hacia otros mercados. Rostam Azizi, magnate tanzano que se convirtió en multimillonario en dólares en 2013, construye en Kenia lo que promete será la mayor terminal de gas licuado de petróleo de África. Además, planea extender su red de distribución desde Etiopía hasta Sudáfrica.
Este proceso se ve favorecido por una mayor integración regional, especialmente dentro de la Comunidad de África Oriental, donde los gobiernos muestran una creciente apertura hacia compañías provenientes de países vecinos.
Los desafíos pendientes
A pesar del crecimiento, persisten obstáculos importantes. El primero es el acceso al financiamiento. Durante la década de 2000, Dewji debía recurrir a bancos sudafricanos para conseguir préstamos. La situación mejoró, pero incluso los grandes grupos todavía encuentran dificultades para obtener capital de largo plazo a costos razonables.
También persiste una escasa profundidad de los mercados bursátiles. La capitalización total de las bolsas africanas equivale a cerca de un tercio del PBI regional, muy por debajo del promedio global. Muchas familias empresarias prefieren mantener el control antes que abrir sus compañías al mercado.
La política sigue siendo otro factor crítico. Algunos especialistas sostienen que en países como Ruanda la desconfianza oficial hacia los empresarios locales contribuyó a la escasez de grandes compañías nacionales, mientras que el capital extranjero suele ser percibido como una opción políticamente menos riesgosa.
El interrogante de fondo es si estos conglomerados serán capaces de impulsar una transformación económica más amplia. Aunque Dangote construyó uno de los mayores imperios empresariales del continente, Nigeria todavía no logró una industrialización masiva. Además, muchos grupos africanos siguen invirtiendo poco en capacidades tecnológicas avanzadas, lo que limita su competitividad global.
Aun así, para David Olurin, ejecutivo del conglomerado agrícola nigeriano Cardinal Torch, más competencia entre los grandes empresarios africanos es una buena noticia. “No se puede esperar un crecimiento extraordinario si todo depende de una sola persona”, resume.



